Hay ausencias que llegan de golpe. Para una familia, la muerte de un ser querido significa enfrentarse a una pérdida que se intenta asumir entre despedidas, recuerdos y una casa que, de repente, parece distinta. Para un animal de compañía, la escena puede ser mucho más desconcertante: la persona con la que compartía cada día simplemente deja de aparecer.
Durante años, la despedida de un fallecido ha tenido unos espacios y unos rituales reservados a los humanos. Puerto Real ha abierto una pequeña excepción. El tanatorio de la localidad permite ahora que las mascotas puedan acceder a las instalaciones funerarias para encontrarse por última vez con su propietario, siempre de manera controlada, acompañadas por un responsable y bajo la supervisión del personal.
La iniciativa, bautizada como Protocolo Haru, fue aprobada en 2025 y ya ha comenzado a utilizarse. Las primeras despedidas se produjeron en 2026 y han dejado una imagen poco habitual en un tanatorio: un perro entrando por una zona reservada, acercándose al túmulo y utilizando durante unos minutos aquello que para él es una de sus principales formas de reconocer el mundo.
Diez minutos para reconocer una ausencia
La despedida no se produce por la entrada habitual del público. El procedimiento está pensado para preservar tanto la intimidad de la familia como la tranquilidad del resto de personas que se encuentran en las instalaciones. Cuando llega el momento, el animal accede por la parte trasera y entra en una sala privada junto a la persona responsable de acompañarlo.
Allí dispone de un tiempo limitado. "Se le permite durante unos diez minutos como máximo que el animal huela al propietario o la propietaria", explica el responsable José Luis Ferrer. No se trata de convertir el tanatorio en un lugar de paso para mascotas, sino de facilitar un encuentro concreto, breve y supervisado. Hasta ahora, quienes han utilizado el servicio han sido principalmente perros.

- Un perro junto a su dueño. FOTO: MANU GARCÍA
El olfato adquiere en ese instante un protagonismo evidente. El animal puede acercarse, investigar y reconocer el cuerpo de quien hasta entonces formaba parte de su rutina. La intención del protocolo, según explica su responsable, es que pueda identificar lo ocurrido y afrontar después la ausencia desde esa experiencia, en lugar de encontrarse simplemente con una desaparición inexplicable.
El problema no sería la muerte, sino que alguien deje de estar
La iniciativa parte de una distinción que resulta fundamental para entender el planteamiento del protocolo. Desde el cementerio sostienen que los animales pueden comprender la muerte como parte del ciclo de la vida, pero que la desaparición repentina de una persona con la que mantenían un vínculo estrecho puede resultar diferente.
"Lo que no entienden es el abandono", resume el responsable. En su explicación aparece el ejemplo de Canelo, el perro que durante años permaneció en las inmediaciones del Hospital de Puerto Real acompañando a su dueño. Su historia se convirtió en una referencia local de lo que puede ocurrir cuando un animal pierde de repente a la persona que constituía su principal vínculo.
La escena que se pretende evitar es, precisamente, la de un animal esperando que alguien vuelva a cruzar la puerta de casa sin comprender por qué ya no lo hace. Paseos, comidas, horarios y compañía desaparecen al mismo tiempo. El Protocolo Haru plantea una alternativa sencilla: permitir que el animal tenga la oportunidad de acercarse a esa persona por última vez.

- Perros en una imagen de archivo.
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Una despedida que también ayuda a la familia
Hasta ahora, el procedimiento ya ha dejado experiencias concretas. Una de las primeras usuarias fue una mujer que acudió acompañada de su animal para despedirse de su propietario. El momento se produjo dentro de las condiciones previstas por el protocolo, en un espacio reservado y con el animal bajo control.
La situación, naturalmente, no deja de estar marcada por la pérdida. Pero el responsable del servicio cuenta que la mujer vivió aquel momento con una mezcla de emociones. "Se emocionó y, siendo una situación desagradable, porque la realidad de un ser querido siempre es muy dolorosa, se sintió en parte aliviada y reconfortada", explica Ferrer.
El animal también pasó a ocupar un lugar distinto dentro de aquella escena de duelo. Para su acompañante, poder llevarlo hasta allí significaba compartir con él una despedida que, de otro modo, habría quedado reservada exclusivamente a las personas. "Volcó sus sentimientos positivos en el animal", relata el José Luis, que considera que este tipo de medidas pueden ayudar a las familias durante un momento especialmente delicado.
El objetivo del cementerio no es interpretar las reacciones del perro como si fueran idénticas a las de una persona. La propuesta parte de otra idea: acompañar también a quienes tienen un animal integrado en su familia y ofrecerles una posibilidad que hasta ahora no estaba contemplada en estos espacios.
El perro huele, reconoce y después se marcha
La investigación científica sobre el comportamiento animal ante la muerte ha encontrado modificaciones en la conducta de algunos animales después de perder a un compañero. Estudios con perros han observado cambios relacionados con el estado de ánimo, el sueño, la alimentación o el miedo. Eso no permite afirmar que vivan el duelo exactamente como lo hace una persona, ni que comprendan necesariamente la muerte con el mismo significado.

- De luto. Flores ante un ataud como señal de respeto y luto.
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El olfato sí ofrece una vía de reconocimiento especialmente importante para los perros. Una investigación publicada en Scientific Reports observó que una amplia mayoría de los animales analizados olfateaban e investigaban el cuerpo de otro perro fallecido. Los propios investigadores advierten, sin embargo, de que ese comportamiento no permite establecer por sí solo qué significado tiene para el animal.
Una puerta que se abre también para los animales
El acceso está sujeto a unas condiciones concretas. El animal debe ir acompañado por una persona responsable y permanecer bajo supervisión. La entrada se realiza por una zona diferente a la utilizada por el público y el encuentro tiene una duración limitada. La intención es que la presencia de la mascota no altere el funcionamiento habitual de las instalaciones ni incomode a otros usuarios.
La medida se ha concebido para perros y gatos, aunque las primeras experiencias comunicadas hasta ahora corresponden a perros. En el caso de cada despedida, además, la decisión de acercar al animal al fallecido corresponde a sus responsables. No hay una obligación de que el perro o el gato se acerque, huela o permanezca junto al cuerpo durante los minutos establecidos.
Cuando termina el encuentro, el animal vuelve a salir por el mismo circuito reservado. Para la familia, la despedida continúa. Para él comienza otra parte de su vida, ahora marcada por una ausencia que quizá no pueda explicar como lo haría un ser humano, pero que dejará de ser una espera indefinida. Puerto Real ha decidido que, al menos, pueda tener la oportunidad de saber que aquella persona a la que buscaba ya no va a volver.
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