cultura

La poesía ágil y emotiva del jerezano Francisco J. Márquez

El libro 'Un mismo idioma' ofrece una poesía ágil y emotiva, de notable maestría métrica, valiente y madura, pero también dotada de esa inocencia que nos reconforta y nos devuelve la capacidad de asombro

  • Francisco J. Márquez con su libro 'Un mismo idioma'. -

Me asomo a las páginas de este nuevo volumen de poemas, Un mismo idioma, obra de Francisco J. Márquez, poeta que por su genialidad pareciera tocado con una varita mágica, pero que conjura una enorme capacidad de trabajo, constancia, buen tino y mimo en este oficio de hacer versos.

Es, además, maestro de primaria y gestor cultural, habiendo participado en el equipo de redacción de la revista literaria Enverso, del Ateneo de Jerez, donde también ha coordinado talleres de creación literaria. Actualmente, es presidente de la Asociación Pie de Página, organizadora de memorables encuentros en torno a la poesía y que tienen un sello editorial especializado, que, aunque incipiente, está en alza, y ya van por el séptimo título en su colección de poesía.

No podemos obviar que este libro que tengo entre las manos, Un mismo idioma, publicado bajo el sello de Cultropía, obtuvo el pasado 2025 el Premio Gerardo Diego de Poesía.

Ya publicado, lo primero que llama la atención son las guardas, esas páginas que antiguamente protegían a los libros sin tapas del ataque del polvo y que en este libro aparecen impresas en un plano y monocromo color turquesa, páginas a color que también separan cada una de las diferentes secciones del poemario, que vuelven al turquesa de Pequeños trazos (Takara, 2017), su primer libro, publicado hace ya casi una década. ¿Casualidad? Imposible, quien conozca a este F. J. Márquez sabe de su gusto por el detalle, sabe que no deja nada al azar.

La infancia, tema recurrente tanto en Pequeños trazos, como en Cantar de grillos (Libros Canto y cuento, 2021), no pasa desapercibida tampoco en este nuevo título. A menudo F. J. Márquez escribe para el niño que fue, para el hombre que serán sus hijos (y puede que los nuestros), pero la niñez se concibe en un sentido amplio, aquella que precede a la etapa adulta y aquella en quien nosotros, los adultos, encontramos el refugio necesario para seguir deshaciendo torpemente los pasos que nos llevan a ese futuro inquebrantable e inexorable. Muestra de ello es, por ejemplo, el poema “Primeras palabras”, donde el poeta nivela con maestría el ejercicio vocal de un niño (inspirado en su hijo Mateo) que encaja los primeros sonidos convertidos en palabras y la torpeza con que el yo adulto del poeta, que cincela las palabras para convertirlas en un poema majestuoso, muy del buen hacer poético al que nos tiene acostumbrados el jerezano.

  • Portada del libro 'Un mismo idioma'.
  •  

Cuatro secciones encontramos entre los turquesas de las guardas: “Un mismo idioma” (que da título al poemario), “Más al sur”, “Los niños” y “Las ventanas”.

Nada más sumergirnos en el primer cuarto de libro, se nos desata la sensación de pasar a otro mundo, y se nos puede venir a la mente aquello que el catedrático J. M. Pozuelo explicaba sobre la teoría de la narración: “autor y lector firman una serie de posibles pactos en la comunicación narrativa”. Décadas después entiendo en todas sus dimensiones aquello que memorizaba torpemente en mis años universitarios, entregándome a la delicia que es la lectura de la poesía de Francisco J. Márquez. Nos topamos con una serie de poemas donde Márquez nos balancea por conceptos ajenos a nosotros, vocablos de otras civilizaciones, sin traducción directa al castellano (el Gurfa de los árabes, el Komorebi de Japón, los árticos inuits o el Tartle de los escoceses). A través de ellos nos va meciendo con la habilidad de un equilibrista hasta establecer un paralelismo con su propio pensamiento: la fugacidad del tiempo y el carácter efímero de la vida; el rescate del olvido de una vida pasada que nos reconforta, o la identificación de la técnica del Kintsugi, que emplea polvo de oro para cicatrizar un jarrón. Identifica esta arte con la destreza con que el niño limpia las cavidades de sus dientes. Nos despedimos de este mismo idioma, formado a base de títulos en distintas lenguas, con la impresión de haber asistido a toda una obra de orfebrería poética. Con precisión geométrica, el poeta ensaya formas para rematar sus poemas: pausas colocadas con acierto e incluso gotas resbalando por una pierna, que, letra a letra, juegan su papel dentro de la estética impecable de Márquez.

Los ocho poemas que siguen integran la segunda parte del libro, que recibe por nombre 'Al Sur', unos poemas escritos al hilo de una breve estancia en Chefchauen. Allí, como le he escuchado o leído en una ocasión, “donde el azul detiene el tiempo”. Un idioma desconocido, una tierra extraña, con una escritura tan lejana a nuestro alfabeto latino, pero que, sin embargo, desde el primer poema “Carretera hacia Ketama”, más que una lejanía, se observa una oportunidad de, desde la distancia, recurrir a lo que nos hace reencontrarnos (“Hemos vuelto a perdernos,/ y sin embargo creo que es la vez/ que más me he aproximado/ al yo que quizás sea”).

La mirada del poeta, en esta serie, busca la óptica especial de quienes miran con otros ojos, y hasta sin ojos. Pasado por el filtro sereno de Francisco J. Márquez, la mirilla del poeta no es la única protagonista, y se sirve de los lugareños para encontrar juntos ese espacio poético en que los azules, nuevamente envueltos en los turquesas, se hacen palabra y sobrevuelan a nuestro alrededor. Los escombros, los matorrales que crecen en el mármol de los cementerios se erigen en materia poética de un mundo que, con su miseria a cuestas (como diría el poeta Julio Mariscal) mutan esa escombrera en belleza a través de la poesía, como podemos observar en el poema “Cementerio” (“Por las grietas de aquella/ tumba han crecido flores,/ como si desde dentro/ la ceniza también nos ofreciera/ un poco de belleza”).

  • Francisco J. Márquez habla de su libro en el Jardín de Berta.
  • -

Y así llegamos a rebasar el ecuador del libro, Los niños, dedicado a esos que nos emocionan en cada gesto, que se vuelve una enseñanza de vida para los que gobernamos la suya. No hay cabida aquí para la guerra, la miseria y la muerte. Solo salvación, como advertimos en el poema “Los olivos” (“Ese niño lo mira desde lejos,/ no conoce los mitos ni las guerras/ pero arranca una hojita y la acaricia/ como quien toca el pulso de su madre”); los únicos tiros que vemos aquí son los vuelos libres de los pájaros, impulsados por el percutor de los árboles, o los de las inocentes criaturas que protagonizan esta tercera parte del libro. Leemos en Guadalete, conmovidos: “Pero aquí estarás tú,/ y estará el eucalipto/ que dispara zorzales/ hacia la primavera/ y ese niño que lanza/ piedras a la otra orilla”. No es de extrañar que encomiende la portada del libro a uno de sus alumnos, para completar el círculo.

Y cerramos la lectura con Ventanas, cuyos marcos son una oportunidad para la esperanza: catástrofes naturales y personales, el cansancio de los días, la desazón y el pesimismo de quien confunde el recuerdo con la sombra. Una simple flor que surge del suelo de una terraza pone la nota de color a nuestras pesadumbres, de la misma manera que este poemario nos alegra y nos ilumina en unos momentos tan volubles y llenos de desesperanza en el correr de los días.

En Un mismo idioma, Márquez logra adentrarse en la fusión de elementos que a priori pudieran parecer irreconciliables, pero que, envueltos en la ilusión poética, afloran con brío y naturalidad. El resultado es una poesía ágil y emotiva, de notable maestría métrica, valiente y madura, pero también dotada de esa inocencia que nos reconforta y nos devuelve la capacidad de asombro. Este poeta jerezano ha logrado una voz propia, reconocible y, al mismo tiempo, originalísima, que prolonga la senda abierta por Pequeños trazos y Cantar de grillos, pero que ahora se adentra en una madurez literaria donde la destreza convive con el asombro y la emoción conserva intacta su capacidad de sorprender. Una voz que merece ser escuchada con atención en el panorama poético actual.

Me asomo a las páginas de este nuevo volumen de poemas, Un mismo idioma, obra de Francisco J. Márquez, poeta que por su genialidad pareciera tocado con una varita mágica, pero que conjura una enorme capacidad de trabajo, constancia, buen tino y mimo en este oficio de hacer versos.

Es, además, maestro de primaria y gestor cultural, habiendo participado en el equipo de redacción de la revista literaria Enverso, del Ateneo de Jerez, donde también ha coordinado talleres de creación literaria. Actualmente, es presidente de la Asociación Pie de Página, organizadora de memorables encuentros en torno a la poesía y que tienen un sello editorial especializado, que, aunque incipiente, está en alza, y ya van por el séptimo título en su colección de poesía.

No podemos obviar que este libro que tengo entre las manos, Un mismo idioma, publicado bajo el sello de Cultropía, obtuvo el pasado 2025 el Premio Gerardo Diego de Poesía.

Ya publicado, lo primero que llama la atención son las guardas, esas páginas que antiguamente protegían a los libros sin tapas del ataque del polvo y que en este libro aparecen impresas en un plano y monocromo color turquesa, páginas a color que también separan cada una de las diferentes secciones del poemario, que vuelven al turquesa de Pequeños trazos (Takara, 2017), su primer libro, publicado hace ya casi una década. ¿Casualidad? Imposible, quien conozca a este F. J. Márquez sabe de su gusto por el detalle, sabe que no deja nada al azar.

La infancia, tema recurrente tanto en Pequeños trazos, como en Cantar de grillos (Libros Canto y cuento, 2021), no pasa desapercibida tampoco en este nuevo título. A menudo F. J. Márquez escribe para el niño que fue, para el hombre que serán sus hijos (y puede que los nuestros), pero la niñez se concibe en un sentido amplio, aquella que precede a la etapa adulta y aquella en quien nosotros, los adultos, encontramos el refugio necesario para seguir deshaciendo torpemente los pasos que nos llevan a ese futuro inquebrantable e inexorable. Muestra de ello es, por ejemplo, el poema “Primeras palabras”, donde el poeta nivela con maestría el ejercicio vocal de un niño (inspirado en su hijo Mateo) que encaja los primeros sonidos convertidos en palabras y la torpeza con que el yo adulto del poeta, que cincela las palabras para convertirlas en un poema majestuoso, muy del buen hacer poético al que nos tiene acostumbrados el jerezano.

  • Portada del libro 'Un mismo idioma'.
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Cuatro secciones encontramos entre los turquesas de las guardas: “Un mismo idioma” (que da título al poemario), “Más al sur”, “Los niños” y “Las ventanas”.

Nada más sumergirnos en el primer cuarto de libro, se nos desata la sensación de pasar a otro mundo, y se nos puede venir a la mente aquello que el catedrático J. M. Pozuelo explicaba sobre la teoría de la narración: “autor y lector firman una serie de posibles pactos en la comunicación narrativa”. Décadas después entiendo en todas sus dimensiones aquello que memorizaba torpemente en mis años universitarios, entregándome a la delicia que es la lectura de la poesía de Francisco J. Márquez. Nos topamos con una serie de poemas donde Márquez nos balancea por conceptos ajenos a nosotros, vocablos de otras civilizaciones, sin traducción directa al castellano (el Gurfa de los árabes, el Komorebi de Japón, los árticos inuits o el Tartle de los escoceses). A través de ellos nos va meciendo con la habilidad de un equilibrista hasta establecer un paralelismo con su propio pensamiento: la fugacidad del tiempo y el carácter efímero de la vida; el rescate del olvido de una vida pasada que nos reconforta, o la identificación de la técnica del Kintsugi, que emplea polvo de oro para cicatrizar un jarrón. Identifica esta arte con la destreza con que el niño limpia las cavidades de sus dientes. Nos despedimos de este mismo idioma, formado a base de títulos en distintas lenguas, con la impresión de haber asistido a toda una obra de orfebrería poética. Con precisión geométrica, el poeta ensaya formas para rematar sus poemas: pausas colocadas con acierto e incluso gotas resbalando por una pierna, que, letra a letra, juegan su papel dentro de la estética impecable de Márquez.

Los ocho poemas que siguen integran la segunda parte del libro, que recibe por nombre 'Al Sur', unos poemas escritos al hilo de una breve estancia en Chefchauen. Allí, como le he escuchado o leído en una ocasión, “donde el azul detiene el tiempo”. Un idioma desconocido, una tierra extraña, con una escritura tan lejana a nuestro alfabeto latino, pero que, sin embargo, desde el primer poema “Carretera hacia Ketama”, más que una lejanía, se observa una oportunidad de, desde la distancia, recurrir a lo que nos hace reencontrarnos (“Hemos vuelto a perdernos,/ y sin embargo creo que es la vez/ que más me he aproximado/ al yo que quizás sea”).

La mirada del poeta, en esta serie, busca la óptica especial de quienes miran con otros ojos, y hasta sin ojos. Pasado por el filtro sereno de Francisco J. Márquez, la mirilla del poeta no es la única protagonista, y se sirve de los lugareños para encontrar juntos ese espacio poético en que los azules, nuevamente envueltos en los turquesas, se hacen palabra y sobrevuelan a nuestro alrededor. Los escombros, los matorrales que crecen en el mármol de los cementerios se erigen en materia poética de un mundo que, con su miseria a cuestas (como diría el poeta Julio Mariscal) mutan esa escombrera en belleza a través de la poesía, como podemos observar en el poema “Cementerio” (“Por las grietas de aquella/ tumba han crecido flores,/ como si desde dentro/ la ceniza también nos ofreciera/ un poco de belleza”).

  • Francisco J. Márquez habla de su libro en el Jardín de Berta.
  • -

Y así llegamos a rebasar el ecuador del libro, Los niños, dedicado a esos que nos emocionan en cada gesto, que se vuelve una enseñanza de vida para los que gobernamos la suya. No hay cabida aquí para la guerra, la miseria y la muerte. Solo salvación, como advertimos en el poema “Los olivos” (“Ese niño lo mira desde lejos,/ no conoce los mitos ni las guerras/ pero arranca una hojita y la acaricia/ como quien toca el pulso de su madre”); los únicos tiros que vemos aquí son los vuelos libres de los pájaros, impulsados por el percutor de los árboles, o los de las inocentes criaturas que protagonizan esta tercera parte del libro. Leemos en Guadalete, conmovidos: “Pero aquí estarás tú,/ y estará el eucalipto/ que dispara zorzales/ hacia la primavera/ y ese niño que lanza/ piedras a la otra orilla”. No es de extrañar que encomiende la portada del libro a uno de sus alumnos, para completar el círculo.

Y cerramos la lectura con Ventanas, cuyos marcos son una oportunidad para la esperanza: catástrofes naturales y personales, el cansancio de los días, la desazón y el pesimismo de quien confunde el recuerdo con la sombra. Una simple flor que surge del suelo de una terraza pone la nota de color a nuestras pesadumbres, de la misma manera que este poemario nos alegra y nos ilumina en unos momentos tan volubles y llenos de desesperanza en el correr de los días.

En Un mismo idioma, Márquez logra adentrarse en la fusión de elementos que a priori pudieran parecer irreconciliables, pero que, envueltos en la ilusión poética, afloran con brío y naturalidad. El resultado es una poesía ágil y emotiva, de notable maestría métrica, valiente y madura, pero también dotada de esa inocencia que nos reconforta y nos devuelve la capacidad de asombro. Este poeta jerezano ha logrado una voz propia, reconocible y, al mismo tiempo, originalísima, que prolonga la senda abierta por Pequeños trazos y Cantar de grillos, pero que ahora se adentra en una madurez literaria donde la destreza convive con el asombro y la emoción conserva intacta su capacidad de sorprender. Una voz que merece ser escuchada con atención en el panorama poético actual.

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