Llegar a Algeciras desde Tarifa parece a veces una prueba iniciática: obras interminables, conos, desvíos, máquinas, carriles estrechados, como si la ciudad hubiera decidido poner una aduana simbólica para decirte que aquí no se entra de cualquier manera, que hay que venir con paciencia, con hambre, con oído, con una cierta disposición a la intemperie. Quizá sea esa su primera forma de retenerte. No dejarte pasar limpiamente. Enredarte un poco antes de abrirse. Ya lo experimenté al principio, por amor, y en estos últimos tiempos, con la agenda ajena hirviéndome en las manos, sin ser yo la copiloto de la calma de descubrir el camino. Pero he logrado escuchar la voz de ese sur fronterizo que te ordena que te detengas. Que aceptes su carácter. Que comprendas que la belleza, cuando es verdadera, no siempre llega peinada.
En marzo me salté ciertos protocolos para sentir la pertenencia, y en Algeciras recibí una mención como finalista en los premios José Luis Tobalina por uno de mis artículos. No fue un simple reconocimiento añadido a una lista: tenía algo de justicia poética. Como si la ciudad, su Ateneo, su buena gente, querían regalarme la ilusión en una caricia: Charo, no te vayas. Y allí estaba yo, cuando más desorientada he estado, iluminada por los encuentros más bonitos que existen, los que te devuelven al lugar donde puede haber refugo. Un búnker protector de mi propia identidad. Me supo a poco, y en la Feria del Libro pude volver a la resistencia. Porque en Algeciras, la literatura no aparece como un adorno culto. Aparece como una forma de ganar muchas batallas. Paloma Fernández Gomá, Juan Emilio Ríos, Carmen Melgar, Mar Marchante, Chus Feteira. Nombres que siempre repito porque me hacen bien porque acompañan la vida cultural y la custodian. Cada ciudad tiene sus guardianes secretos. En Algeciras muchos llevan cuadernos, memoria, ironía, ternura y una forma muy seria de íntima alegría.

- La autora, fotografiando Algeciras.
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Qué quieren que les diga, no me pesa volver a Algeciras, y las gaviotas me reciben siempre insolentes, teatrales, dueñas de los tejados y del cielo. Cruzan sobre la Plaza Alta, sobrevuelan el puerto, gritan sobre los coches, se posan donde quieren, como si conocieran todos los secretos de los que llegan y de los que se marchan. Ellas saben lo cerca que está la otra orilla, a un paso. Y es que el Estrecho se cruza sin barco, entrando en La Gloria a desayunar, para entender Algeciras mejor que muchos discursos. Allí Marruecos no es una postal lejana ni una metáfora turística: es presencia cotidiana, familiar, viva. Es la otra orilla respirando dentro de la ciudad. Tantas cosas juntas que la emoción se desborda y rebosa por los límites de los prejuicios. Ah, y la otra feria. La del cartel polémico y con gafas. La de la ciudad que juega con los símbolos como le da la gana, a merced de los artistas más temerarios: los inteligentes.
Y casi la mayoría de ellos dejan reposar el ánimo en CasaLeonora, un faro urbano, en el donde las cosas pasan con una naturalidad que no tiene nada de casual. Allí la cultura no se coloca en una vitrina ni se sube a un pedestal: se sienta cerca, conversa, respira, se mezcla con la vida. Stewart Mundini, María de Grandy, Diego Calvo, las voces que llegan, las que empiezan, las que cruzan, las que dejan huella. CasaLeonora tiene algo de refugio y de faro doméstico.
Algeciras no te suelta
En una ciudad acostumbrada al tránsito, crear un lugar donde quedarse ya es una forma de belleza.
Algeciras no te suelta porque sabe unir lo que otros separan. El libro y el desayuno. La gaviota y el cartel. El puerto y la pizarra. La feria literaria y la feria popular. La entrada en obras y el mar quieto de Getares. El café marroquí y el artículo periodístico. La cultura de CasaLeonora y la felicidad elemental de un bocadillo. Todo convive en una misma respiración contradictoria, como si la ciudad hubiera aprendido hace mucho que la pureza es una tontería y que lo mezclado, cuando es verdadero, tiene más vida.

- Un detalle de un negocio de Algeciras.
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Y cuando llega la hora de comer, la literatura continúa en la mesa. Ahí aparece El Taller, junto a la Plaza Alta, con esa forma suya de convertir una pizarra en una poética. El Taller no parece un restaurante construido para la pose, sino para el hallazgo. Tiene pulso propio, una cocina que se mueve, que cambia, que mira al producto con inteligencia y sensibilidad. Nada rígido.
Nada impostado. Platos que no quieren deslumbrar a gritos, sino quedarse.
En El Taller una zanahoria puede tener argumento. Una verdura deja de ser comparsa. Una tarta puede tener carácter. La cocina no se disfraza de concepto, pero tampoco se conforma con ser trámite. El Taller es un lugar donde la comida parece escrita a mano, en una pizarra, con tiza, alma y con intuición.
Surban aporta otra energía. Sur y urbano, raíz y movimiento, guiso y calle. Su nombre ya parece una declaración de intenciones. En Surban, Algeciras se vuelve contemporánea sin perder fondo. Cocina con brújula, producto cercano, memoria del guiso, ganas de no quedarse quieta. Hay una modernidad que presume demasiado y otra que trabaja. Surban pertenece a la segunda. La que entiende que el Sur no es un decorado, sino una despensa, una temperatura, una manera de tocar los alimentos.
Si El Taller escribe en pizarra una cocina de intuición, Surban parece cocinar desde una ciudad que se sabe puerto: abierta, mezclada, atenta a lo que entra y sale. Ninguno de los dos lugares necesita convertir la gastronomía en sermón. Cocinan. Y cocinar bien, en estos tiempos, ya es una forma de pensamiento.

- Detalle de uno de los rincones de Algeciras.
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La felicidad de un bocadillo bien hecho
Luego está el Desavío. Pequeñito, sin aparato, sin pose, casi escondido en esa grandeza menor de los sitios que no necesitan explicarse. Sus bocadillos son sublimes porque no pretenden ser otra cosa. Pan, relleno, oficio, generosidad. Qué poco se habla de la felicidad de un bocadillo bien hecho. Qué poco se respeta esa alegría sencilla de comer con las manos algo que no necesita vajilla ni relato para quedarse en la memoria.
Pero Algeciras no se entiende del todo sin mirar al agua. Y ahí está Caetaria, ese club de buceo maravilloso que parece recordarnos que bajo la superficie existe otra ciudad. El Estrecho no es un paisaje: es un mundo. Bajo el agua, Algeciras se vuelve todavía más misteriosa.
Corrientes, fondos, vida marina, historia sumergida, esa frontera líquida donde el Atlántico y el Mediterráneo parecen hablarse en una lengua antigua.
Caetaria enseña algo esencial: el mar no está delante de Algeciras, sino dentro de ella. Bucear allí debe de parecerse a leer una página escrita con sal, una página que cambia con la
corriente, con la luz, con la respiración. La ciudad portuaria, ruidosa, gaviotera, de obras y de tráfico, tiene debajo un silencio azul. Y ese silencio también la explica.
Rincones de Getares
Y Getares. Getares los días de calma, cuando el agua se vuelve de plata y una entiende que el Sur también sabe callarse. Hay un Getares bravo, de viento y espuma, pero hay otro Getares casi secreto, con la superficie quieta como una bandeja de luz. En esos días, el mar no parece mar, sino una promesa extendida. Una lámina de plata donde Algeciras, de pronto, se suaviza.
Quizá por eso conmueve tanto Getares. Porque después del ruido, de las obras, de las gaviotas, de los carteles discutidos, de las calles vivas, de la intensidad portuaria, la ciudad te entrega ese remanso. El agua de plata los días de calma parece una disculpa y una declaración de amor. Como si Algeciras dijera: ya sé que soy difícil, pero mira esto. Mira cómo también puedo quedarme quieta. Mira cómo también sé brillar sin gritar.
La gastropoesía era esto. No adornar la comida con palabras bonitas, sino comprender que una ciudad también se prueba. Se entra en ella por la boca, por los ojos, por el oído de las gaviotas, por la memoria de quienes escribieron antes, por los espacios que siguen abriendo ventanas, por los cafés que cruzan el Estrecho sin moverse, por los bares que salvan mañanas, por los bocadillos que devuelven la fe en lo sencillo.
Algeciras quiere ser verdadera
Algeciras no te suelta porque no quiere ser una ciudad cómoda. Quiere ser una ciudad verdadera. Quiere que aceptes su contradicción, su belleza sin domesticar, su carácter difícil, su ternura escondida bajo el ruido. Quiere que comprendas que también hay poesía en una entrada en obras, en una pizarra de restaurante, en un cartel que divide opiniones, en una gaviota que grita sobre la Plaza Alta, en un café marroquí donde parece que Tánger ha dejado una silla libre, en un club de buceo llamado Caetaria, en una playa de Getares cuando el mar se pone de plata y el mundo, por fin, respira despacio.
La Feria del Libro terminó, como terminan todas las ferias: con bolsas, cansancio, fotos, conversaciones pendientes y una nostalgia dulce de lo que salió bien. Pero Algeciras no terminó. Algeciras siguió en el cuerpo. En La Gloria. En El Taller. En Surban. En el Desavío. En CasaLeonora. En Caetaria. En Getares. En los Tobalina. En Casco de Bodega. En las gaviotas. En esa entrada por Tarifa que parecía una trampa y quizá era una manera torpe, muy suya, de decirme que no me fuera todavía.
Una vuelve de Algeciras con la sensación de haber comido algo más que comida y de haber leído algo más que libros. Vuelve con la ciudad pegada al paladar, a la ropa, a la memoria. Vuelve sabiendo que algunos lugares no buscan enamorarte de inmediato, sino complicarte un poco la vida para quedarse mejor.
Algeciras te abraza fuerte, y al cerrar los ojos no necesitas ya estar en otro lugar.
Deseo y riesgo de volar
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