Pintura de una bailaora flamenca de Patricio Hidalgo.
Pintura de una bailaora flamenca de Patricio Hidalgo.

Hoy estoy regulá. La mujer se refugia en los bordes gastados del cristal. Quién me diría a mí meterme en este jaleo. Se lamenta en el camerino del Nacional, que a pesar de ser uno de lo más reconocidos del país se reduce a ese espejo, una silla y tres perchas de plástico. La observa Krauss hecho papel. Estaría ahora yo en mi casa, tirá en el sofá, y escuchando mi radio tranquilita. Cuando lo que oye la artista por las rendijas del hilo musical es el murmullo del público en la platea. Quedan diez minutos y al teatro no le cabe ya un alfiler.

En la otra habitación ríen. Y lo peor que he hecho es poné al Gorri en el camerino con los cantaores. Me los va a dejá muo antes de trabajá. Las guitarras apenas conversan entre ellas. Una dialoga en menores y la otra se debate en mayores. Le voy a pedí a La Carmen que me traiga una pastilla pá la fiebre. Así no puedo salí medita.

Un par de tacones de bailar, negros como una noche cansada, la observan de reojo desde una esquina. Son los viejos tacones que la bailaora se reserva para sus seguiriyas. La gente que no le gusta el baile es la que se fija en esas cosas de los colores y las ropas suele decir la bailaora en sus clases. Ahora más que bailá hay que ser modelo pá subirse encima de un escenario. El par de zapatos se acuesta todas las noches con la esperanza de sumar otra vida más.

Y La Carmen que no llega. Dónde se ha metío esta mujé. Llega uno de los técnicos del teatro para ponerle el inalámbrico. Porque ella baila y canta y si fuese necesario se cortaría las venas para poder seguir bailando la vida entera. Pero esta noche tiene el cuerpo roto como las maderas viejas de los barcos. Así crujían mis carnes, de lo mucho que te quiero retumba en la cabeza de la artista. Cuidao que hay mucha mentira.

Su espina dorsal, en cinco minutos, se llenará de alambres y de historias verdaderas. Hoy será su madre, su abuela, tú también. Para ti sucederá en cinco minutos, cuando levanten los titanes el telón de terciopelo. Para ella ya es ahora. Dame fuerzas reza bajo la luz azul. No pide en plural. Sabe de la falta de otros. Gracias, gracias. Las piernas dejan de temblar.

Dos minutos. Los cantaores ya están en su sitio, sobre la cruces blancas del esparadrapo. Los guitarristas en sus sillas de enea. Los palmeros en su oscuridad. Ella en el de todos como muchas mujeres desde tiempos remotos. Mierda susurran los técnicos.

Una cosa sólo os pío habla la bailaora durante sus clases. Que bailéis como si fuera el fin del mundo. Lo hagáis aquí, en el salón o en el cuarto baño. Suena la campana de los avisos. El público se calla de golpe. Se levanta el velo de los templos. Las alumnas escuchan atentas bajo las aspas del viejo ventilador. ¿Y sabéis por qué lo digo? Porque tó lo que hacemos en esta vida, seas albañil o maestra o dentista, es posteridá.

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