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Los hijos de Boulahi Ahmed reciben regalos de sus Majestades los Reyes Magos. “Si sacan buenas notas y se portan bien, así se esfuerzan. Hay que saber sacar lo positivo de todo”. Los miembros de esta familia residente en la zona Sur profesan el Islam lo que no impide que festejen la Navidad, cojan caramelos en la Cabalgata y disfruten de la Zambomba, fiesta típicamente jerezana que conmemora el nacimiento de Cristo. “Lo hacemos de forma laica, igual que mucha gente de aquí”, porque, defiende, “se puede convivir y, sobre todo, compartir las alegrías; nada es incompatible”, -repite como una letanía- , “a mí me respetan y yo respeto”. Sí, hace siglos Jerez fue frontera entre dos mundos distintos: el cristiano y el musulmán. Esa linde física y psicológica quedó diluida hace ya muchos años.

Ahmed tiene 46 años. Llegó a España hace más de dos décadas. Antes vivía en el campamento de refugiados de Dajla, una provincia del Sáhara, antigua colonia española. Al acabar el instituto en Argelia el Ministerio de Exteriores español le concedió una beca para fomentar el habla de la lengua española. Al instalarse aquí cursó los estudios de Empresariales en Sevilla. En la actualidad trabaja como traductor para la Policía, los Juzgados y la Guardia Civil mientras lo compagina con los estudios de Filología Árabe.

Hoy día residen en Jerez 15.000 inmigrantes de diferentes nacionalidades. Entre ellos no se encuentra Ahmed y sus hijos, ya que poseen la nacionalidad española con todas sus consecuencias, aunque sí se incluyen entre los 2.000 musulmanes que residen en Jerez y los 8.000 que hay en toda la provincia.

“Cuando una mujer lleva el pañuelo quiere decir que es musulmana, que tiene a quien la ama y que quiere que la respeten”

[caption id="" align="alignnone" width="2048"] “Cuando una mujer lleva el pañuelo quiere decir que es musulmana, que tiene a quien la ama y que quiere que la respeten”.[/caption]

En España conoció el amor y formó una familia. Su mujer, también saharaui, trabaja como auxiliar administrativa para el Ayuntamiento desde hace más de 15 años. Viste con la ropa occidental y la cabeza cubierta por el pañuelo como lo establece su religión. En este sentido Ahmed no lo duda, recalca que ella lo luce libremente. “Cuando una mujer lleva el pañuelo quiere decir que es musulmana, que tiene a quien la ama y que quiere que la respeten”. En su opinión, algunas mujeres van a veces “medio desnudas”, algo que después de más de 20 años en este país ya no le llama la atención, y por supuesto lo respeta, pero reitera: “La forma de vestir y la apariencia es la identidad de una persona, así la identifican”.Asegura que a sus hijos - el pequeño de diez años y la primogénita de doce- los educa exactamente igual: “Mi hija siempre va a ser para mi una niña, pero los trato de la misma forma. Un padre desea lo mejor para su hija, que triunfe, es lo que yo pienso, pero eso depende mucho del nivel cultural de los padres”, como suele suceder en el resto de la sociedad, independientemente del dios al que recen.

“Van al cine con sus amigos y luego comen en restaurantes de comida rápida o donde vayan los demás, por supuesto. ¿Cómo le vas a negar eso a tu hijo? Ellos ya elegirán cuando tengan edad”

En su tiempo libre Ahmed y su esposa disfrutan como una pareja más con diferentes amigos, sin tener en cuenta sus credos. Cuando salen son capaces de divertirse sin beber. Con una amplia sonrisa y las palmas de las manos mirando al cielo exclama: “Yo le digo a mis amigos: ustedes beben y yo cojo el coche. ¿Qué problema hay?”. También celebran el Ramadán y la Fiesta Grande del Cordero, las reuniones y bodas siguiendo los ritos del Islam, citas a las que invitan a las personas de su entorno. “Nos une mucho más de lo que nos separa”, remacha.

La familia Ahmed compra en las grandes tiendas de alimentación donde lo hace todo el mundo, también van al mercadillo de los lunes. Solo tienen cuidado con lo que comen cuando lo hacen en restaurantes. En cambio sus hijos gozan de plena libertad en ese sentido. “Van al cine con sus amigos, por ejemplo y luego comen en restaurantes de comida rápida o donde vayan los demás, por supuesto. ¿Cómo le vas a negar eso a tu hijo? Ellos ya elegirán cuando tengan edad”, manifiesta este padre de familia musulmán.

De su religión mantiene ritos y costumbres como el rezo cinco veces al día, asistir a la mezquita. Uno de los aspectos fundamentales del Islam que intenta cumplir a rajatabla es el respeto: “Respeto a uno mismo y a los demás aunque no te lleves bien con el vecino. Debes respetarle siempre si eres buen musulmán”.

Ahmed aporta su granito de arena para evitar la propagación de los prejuicios y las generalizaciones erróneas tanto de un lado como de otro. Durante un tiempo ha estado implicado de forma activa dando clase en el centro cívico de San Telmo, en la zona Sur, con el fin de mostrar a las nuevas generaciones que “todos podemos vivir juntos, felices y en paz”, afirma.

Afortunadamente, el paisaje urbano de la provincia de Cádiz está salpicado de mezquitas en localidades como Chiclana, Sanlúcar o Cádiz. Algunos musulmanes de la ciudad se decantan por estas otras para realizar sus rezos. Un jueves por la tarde, durante una visita a la Mezquita An-nur de Jerez se puede ver cómo rezan una decena de fieles del Islam. En la planta baja, los hombres; en la de arriba, las mujeres. El viernes es el día de mayor afluencia, asisten unas 150 personas según su imán, Ibrahim Elilo. Hasta aquí se desplaza Azeddine El Kammoun, natural de Tánger, de 37 años, casado con una vecina de La Barca donde tiene su hogar. Pisó suelo español en 2008, después de pasar un tiempo en Inglaterra. En su país, afirma, ha trabajado “de todo”. Vino en busca de un futuro mejor. Aquí conduce camiones. “Los sueldos son mejores y aquí se respetan más los derechos humanos”.

“Qué voy a querer para la tierra en la que vivo… Yo quiero lo mejor para España. Hay mucha corrupción; necesitamos un cambio, un nuevo horizonte”

Este tangerino prueba que los musulmanes, como los cristianos y el resto de la ciudad, son muy heterogéneos. Asiste a los rezos cuando puede y contrajo matrimonio con una cristiana practicante. “Me casé por la Iglesia porque yo aún no tenía papeles y por el juzgado tardaba mucho y a mi suegra también le hacía ilusión”. Elilo y su mujer van a esperar aún un tiempo antes de tener bebés porque les encanta viajar y en este momento no es la prioridad de ambos.

Una tímida marroquí, con 45 años, divorciada y vecina de la zona Sur, llegó a España a trabajar hace algo más de un lustro. Actualmente cuida a una señora mayor. Casualmente lleva la cabeza cubierta con un gorro de lana, pero a diferencia de la mujer de Boulahi Ahmed, no suele lucir el pañuelo. Pese a ello, admite orgullosa que es musulmana y reza cinco veces al día. Por lo demás sale con las mujeres de aquí y su vida es completamente “normal”. Tiene varias hermanas en Jerez y siempre que puede hace una escapada a Marruecos.

[caption id="" align="alignnone" width="2048"] Afortunadamente, el paisaje urbano de la provincia de Cádiz está salpicado de mezquitas en localidades como Chiclana, Sanlúcar o Cádiz.[/caption]

Ahmed y Elilo comparten con esta mujer marroquí algo más que la religión. Los tres tienen a sus padres y a la mayor parte de sus parientes en el otro lado del Estrecho. En el caso del saharaui, no lo duda, “si pudiese aportar algo a su tierra nativa, se iría”, subraya, “sólo si puedo aportar algo” porque sus hijos son completamente españoles y eso tira. Este musulmán además de ser español se siente español y pese a tener parte de su corazón en los campamentos de refugiados no lo duda: “Qué voy a querer para la tierra en la que vivo… Yo quiero lo mejor para España. Hay mucha corrupción; necesitamos un cambio, un nuevo horizonte”.

Según Boulahi Ahmed, jamás han tenido ningún problema relacionado con la religión más allá de alguna pintada en las paredes a la que no ha otorgado mayor importancia. Pero los más pequeños, son más vulnerables. “Mi hija llegó un día del colegio apenada. Le habían dicho que sus primos eran yihadistas y me preguntó: ¿papá dónde están esos primos? Los niños son una esponja”, cuenta. “Me gustaría que la gente no mezcle el Islam con la lacra del terrorismo; de tanto repetirse en los medios todo el mundo lo asocia”, este es el mayor deseo de Boulahi Ahmed.

'Cuasi' exclusivo para musulmanes

[caption id="" align="alignnone" width="2048"] En torno a 8.000 musulmanes residen en la provincia de Cádiz, de los cuales 2.000 se encuentran en Jerez.[/caption]

En la famosa Carnicería Halal compran la carne que consumen en casa los musulmanes de la ciudad y otros foráneos porque es la única de Jerez, como su nombre indica, con alimentos Halal, es decir, permitidos. El proveedor, un matadero ubicado en barrio Jarana – próximo a Puerto Real-  garantiza el sacrificio de los animales según la sharia, o ley islámica, dando muerte a los animales estando estos orientados hacia La Meca y decir en árabe: “En nombre de Dios”.

Este negocio ofrece productos típicos árabes: especias, dulces, infusiones… Todo sin ningún vestigio de cerdo ni de sus derivados, ni ningún producto Haram o prohibido. Creyentes, no creyentes, jerezanos de otras religiones y agnósticos, demanda los productos árabes (incluida la carne). Así lo señala uno de los empleados que atiende al público, quien también advierte de un aumento de la venta de estos productos muy en boga en los últimos años.

Desde 2001 Jerez también cuenta con un cementerio municipal musulmán, una pequeña parcela de 322 metros cuadrados dentro del cementerio católico, solicitado por el colectivo islámico. La tradición dicta, entre otras cosas, que el cuerpo sea lavado y sometido a abluciones, y después enterrado de lado, orientado hacia La Meca y en contacto directo con la tierra, aunque han incorporado los féretros.

Sobre el autor:

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María Luisa Parra

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