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La "última selva de Europa" está en Cádiz, y la Junta la usa para pelear contra el cambio climático

El Parque Natural Los Alcornocales, con más de 168.000 hectáreas entre Cádiz y Málaga, se ha convertido en el gran banco de pruebas de la Junta de Andalucía frente al calentamiento global

  • El Parque Natural de los Alcornocales, en una imagen de archivo.

Junto al Estrecho de Gibraltar, donde chocan los vientos de levante y poniente, se extiende un bosque que pocos imaginarían al pensar en Andalucía. La humedad que generan esas corrientes ha creado un paisaje de alcornoques y quejigos tan denso que ha merecido el sobrenombre de "la última selva de Europa". Y es precisamente esa rareza la que ha convertido al Parque Natural Los Alcornocales en un laboratorio a cielo abierto.

La Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente ha decidido aprovechar ese entorno único para ensayar respuestas al cambio climático antes de aplicarlas en otros lugares. Aquí se estudia cómo capturar CO₂, cómo frenar la erosión, cómo evitar que un incendio se descontrole y cómo dar nueva vida a la madera del monte. Todo, a la vez, en un mismo territorio.

El bosque que compensa emisiones

Parte de ese trabajo pasa por el corcho, la gran riqueza histórica del parque. La Junta ha puesto en marcha técnicas forestales pensadas para que los alcornoques absorban más carbono del que ya absorben de forma natural, dentro de un sistema andaluz que permite compensar emisiones invirtiendo en el propio monte. La fórmula ha despertado interés más allá de la comunidad, con socios en Portugal e Italia sumados al proyecto.

Pero de nada sirve cuidar el bosque si no hay quien lo trabaje. Por eso, la Junta también se ha volcado en formar a nuevos corcheros: más de 120 ya han sido acreditados desde el año pasado, y este 2026 se está montando un centro de formación específico para que el oficio no desaparezca con la generación que lo sostiene hoy.

  • Descorche en los Alcornocales.
  • -

De Cádiz a Francia, pasando por Jerez

El quejigo, primo del roble que antes se usaba mucho más que ahora, también tiene su propio experimento. Se estudia si su madera podría emplearse en barricas, con la vista puesta en el Marco de Jerez como posible destino final. La idea ha cruzado incluso el país: en Francia, la región de Alsacia ha llevado semillas de este árbol gaditano a sus propios viveros, por si en el futuro necesita sustituir a robles que no resistan el nuevo clima.

El parque suma además estaciones que miden la niebla, sensores que cuentan cuánta gente camina por sus senderos y estudios sobre cómo evitar que el agua se lleve la tierra del cauce del Barbate. Ninguno de estos experimentos actúa en solitario: todos forman parte de un mismo propósito, comprobar aquí, en este rincón gaditano, si la naturaleza aún tiene margen para adaptarse a lo que viene.

Junto al Estrecho de Gibraltar, donde chocan los vientos de levante y poniente, se extiende un bosque que pocos imaginarían al pensar en Andalucía. La humedad que generan esas corrientes ha creado un paisaje de alcornoques y quejigos tan denso que ha merecido el sobrenombre de "la última selva de Europa". Y es precisamente esa rareza la que ha convertido al Parque Natural Los Alcornocales en un laboratorio a cielo abierto.

La Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente ha decidido aprovechar ese entorno único para ensayar respuestas al cambio climático antes de aplicarlas en otros lugares. Aquí se estudia cómo capturar CO₂, cómo frenar la erosión, cómo evitar que un incendio se descontrole y cómo dar nueva vida a la madera del monte. Todo, a la vez, en un mismo territorio.

El bosque que compensa emisiones

Parte de ese trabajo pasa por el corcho, la gran riqueza histórica del parque. La Junta ha puesto en marcha técnicas forestales pensadas para que los alcornoques absorban más carbono del que ya absorben de forma natural, dentro de un sistema andaluz que permite compensar emisiones invirtiendo en el propio monte. La fórmula ha despertado interés más allá de la comunidad, con socios en Portugal e Italia sumados al proyecto.

Pero de nada sirve cuidar el bosque si no hay quien lo trabaje. Por eso, la Junta también se ha volcado en formar a nuevos corcheros: más de 120 ya han sido acreditados desde el año pasado, y este 2026 se está montando un centro de formación específico para que el oficio no desaparezca con la generación que lo sostiene hoy.

  • Descorche en los Alcornocales.
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De Cádiz a Francia, pasando por Jerez

El quejigo, primo del roble que antes se usaba mucho más que ahora, también tiene su propio experimento. Se estudia si su madera podría emplearse en barricas, con la vista puesta en el Marco de Jerez como posible destino final. La idea ha cruzado incluso el país: en Francia, la región de Alsacia ha llevado semillas de este árbol gaditano a sus propios viveros, por si en el futuro necesita sustituir a robles que no resistan el nuevo clima.

El parque suma además estaciones que miden la niebla, sensores que cuentan cuánta gente camina por sus senderos y estudios sobre cómo evitar que el agua se lleve la tierra del cauce del Barbate. Ninguno de estos experimentos actúa en solitario: todos forman parte de un mismo propósito, comprobar aquí, en este rincón gaditano, si la naturaleza aún tiene margen para adaptarse a lo que viene.

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