Un escritor y lector tan esencial como Rafael Ávila me obsequia con la última entrega novelística de Arturo J. Gálvez, titulada Los ojos de la jábega. Una novela determinante, ya que tras la publicación de Todas las cartas de Selim (2016), Aquiles y la tortuga (o como Ingrid buenamente quiera) (2017) y Cádiar blues (2021), deja a un lado, Cadiar, su ciudad natal, su espacio mítico, la patria de la infancia si se quiere y se centra inicialmente en Málaga, la zona axárquica y el trágico suceso conocido como la “desbandá”, una masacre de miles de civiles en la National 340 en dirección a Almería, unos accidentados pasos por Cataluña y Bélgica, el estallido de una segunda guerra, y, París, como fórmula liberadora. Un tema histórico que parte de un conflicto, un exodo que se irá extendiendo en la novela, y, en ese viaje incesante, la memoria irá fijando el análisis de historias que no deben olvidarse y al tiempo, entretejiendo nuevas historias, en una brillante fusión de realidad y ficción. El telón de fondo, sin duda, percibe las resonancias de contiendas, huidas, internamientos, y la necesidad de resistencia, supervivencia y superación.
De esta suerte, la hija de Antón Vilaseca, conocedor de su muerte inminente, le encarga a Curro Espadas cuide de la niña, María entonces, con un supuesto parecido a Carmen Amaya en la película La hija de Juan Simón. A todas luces, las referencias cinematográficas desempeñan un rol primordial, además de una pasión visible. María, cambiará su nombre, será Alejandra, siempre será canija para Curro Espadas, luego Alejandro, también Sandrine Doinel que es la otra protagonista, si acaso, la proyección de una misma persona que ha tenido que inventar identidades falsas, o por ser exactos, que ha tenido que renacer. Por consiguiente, se cruzan los relatos de la joven María en su tentativa de escapatoria, y de Sandrine, cineasta de renombre que vuelve a Málaga, después de su vida en París. Vuelve además de la mano del tercer festival de la Semana de Cine de Autor de Benalmádena. Una permanente lucha de la niña María y la mujer Sandrine en un itinerario sinuoso de memoria, identidad y cierta circularidad cuando menos paradójica. De Málaga como punto de partida y de Málaga como punto de regreso. Tampoco escapa la necesidad del amor que conoce intereses, y se presenta como tabla de salvación. De ahí que adopte el nombre de Doinel en un claro tributo al alter ego de François Truffaut (Antoine Doinel).
Las desgracias catastróficas de conocer la muerte de los padres, el abandono del país, de la familia, de ser perseguido y bombardeado sin conocer la razón exacta, salvo la de la crueldad más extrema se reflejan con una inaúdita fuerza singular. Pero, no faltan los detalles de humor, como el hablar de Curro Espadas que la niña no entiende. Un habla que el autor refleja en la escritura, recurso que no solo muestra otro abandono, el del lenguaje académico tradicional, sino que además construye un discurso crítico, polifónico y muy singular. Así cuando el cabo de Marinería de Cádiz, Francisco Espadas dice “No les hagas caso, canija. Esos son pegotes pá asustá a las viejas, aunque lo mejó no es quedarse a comprobarlo, por lo que puede pasá...”, no se trata de un mera imitación de la realidad, sino de fragmentar voces marginales o registros muy particulares para subvertir las normas. Por tanto, esos niños y niñas que conocieron el destierro más inhumano, encontraron algunos pasillos para anidar sus pasiones. Lejos la idea de idealizar al país vecino en esa supuesta y calurosa acogida que no se produjo a lo largo y ancho del territorio, pero, a pesar de las circunstancias conformó una salida. Tal es el caso de la protagonista que, precisamente para entrar en el mundo del cine, tuvo que travestirse. Uno de los fragmentos más nobles y elegantes, así como no exento de humor, fue el caso de Sandrine que tomó el nombre de Alexandre y, un compañero de trabajo, a la postre su marido, François Doinel, se enamora de Alexandre. Para cortar de raíz el asunto, una noche que recibe a François se desnuda, que, entusiasmado le dice “¡Querido!”, al ver que es una mujer, sin inmutarse lo corrige por “¡Querida!”.
La novela participa de elementos varios, el propio y personal discurrir narrativo con documentación histórica, con introducciones de reportajes periodísticos, como por ejemplo, un reportaje periodístico de Camila Weil a Sandrine Doinel en el diario Sol de España, que alguna manera actúa como hilo argumental y memorial. La terminología francesa y cierta distinción por el París turístico, cultural (salas de jazz, el Louvre, los bulevares como el bulevar del crimen, intelectuales, actores,músicos), así como una filmografía relevante que va de La quimera del oro hasta Les enfants du paradis o los principios fundacionales del cine con Napoleon de Abel Gance. Es decir el rigor de lo real con la imaginación de lo ficticio. Sin ser, una novela de recuperación de la memoria histórica, centrada en el aterrador silencio cuando no tortura de los vencedores sobre los vencidos, Los ojos de la jábega nos permite disfrutar del texto y a la vez de reflexionar sobre el tiempo. Un tiempo presente que debe mirar al pasado y enmendar errores para presentarse con garantías ante el futuro.
El autor nos pide que resistamos, en gran medida que nos enfrentemos a la mentira que es ya la nueva fórmula política de los herederos espirituales de lo que se conoce como fascismo. Un fascismo consuetudinario, hoy por hoy, que va lanzando redes y mensajes de imposibilidad de cambio. Precisamente, un apartado de la Ley de memoria histórica es otorgar la nacionalidad española a hijos y nietos de exiliados, que fue aprobado con cierto consenso y que hoy se utiliza como falso y depravado antecedente para menoscabar elecciones y democracia. Jábega. Para los hijos de emigrantes, nacidos en Francia, nos identificamos plenamente con el relato de Arturo Gálvez, a quien, lectoras y lectores solo pueden agradecer la publicación de una novela necesaria.
Un escritor y lector tan esencial como Rafael Ávila me obsequia con la última entrega novelística de Arturo J. Gálvez, titulada Los ojos de la jábega. Una novela determinante, ya que tras la publicación de Todas las cartas de Selim (2016), Aquiles y la tortuga (o como Ingrid buenamente quiera) (2017) y Cádiar blues (2021), deja a un lado, Cadiar, su ciudad natal, su espacio mítico, la patria de la infancia si se quiere y se centra inicialmente en Málaga, la zona axárquica y el trágico suceso conocido como la “desbandá”, una masacre de miles de civiles en la National 340 en dirección a Almería, unos accidentados pasos por Cataluña y Bélgica, el estallido de una segunda guerra, y, París, como fórmula liberadora. Un tema histórico que parte de un conflicto, un exodo que se irá extendiendo en la novela, y, en ese viaje incesante, la memoria irá fijando el análisis de historias que no deben olvidarse y al tiempo, entretejiendo nuevas historias, en una brillante fusión de realidad y ficción. El telón de fondo, sin duda, percibe las resonancias de contiendas, huidas, internamientos, y la necesidad de resistencia, supervivencia y superación.
De esta suerte, la hija de Antón Vilaseca, conocedor de su muerte inminente, le encarga a Curro Espadas cuide de la niña, María entonces, con un supuesto parecido a Carmen Amaya en la película La hija de Juan Simón. A todas luces, las referencias cinematográficas desempeñan un rol primordial, además de una pasión visible. María, cambiará su nombre, será Alejandra, siempre será canija para Curro Espadas, luego Alejandro, también Sandrine Doinel que es la otra protagonista, si acaso, la proyección de una misma persona que ha tenido que inventar identidades falsas, o por ser exactos, que ha tenido que renacer. Por consiguiente, se cruzan los relatos de la joven María en su tentativa de escapatoria, y de Sandrine, cineasta de renombre que vuelve a Málaga, después de su vida en París. Vuelve además de la mano del tercer festival de la Semana de Cine de Autor de Benalmádena. Una permanente lucha de la niña María y la mujer Sandrine en un itinerario sinuoso de memoria, identidad y cierta circularidad cuando menos paradójica. De Málaga como punto de partida y de Málaga como punto de regreso. Tampoco escapa la necesidad del amor que conoce intereses, y se presenta como tabla de salvación. De ahí que adopte el nombre de Doinel en un claro tributo al alter ego de François Truffaut (Antoine Doinel).
Las desgracias catastróficas de conocer la muerte de los padres, el abandono del país, de la familia, de ser perseguido y bombardeado sin conocer la razón exacta, salvo la de la crueldad más extrema se reflejan con una inaúdita fuerza singular. Pero, no faltan los detalles de humor, como el hablar de Curro Espadas que la niña no entiende. Un habla que el autor refleja en la escritura, recurso que no solo muestra otro abandono, el del lenguaje académico tradicional, sino que además construye un discurso crítico, polifónico y muy singular. Así cuando el cabo de Marinería de Cádiz, Francisco Espadas dice “No les hagas caso, canija. Esos son pegotes pá asustá a las viejas, aunque lo mejó no es quedarse a comprobarlo, por lo que puede pasá...”, no se trata de un mera imitación de la realidad, sino de fragmentar voces marginales o registros muy particulares para subvertir las normas. Por tanto, esos niños y niñas que conocieron el destierro más inhumano, encontraron algunos pasillos para anidar sus pasiones. Lejos la idea de idealizar al país vecino en esa supuesta y calurosa acogida que no se produjo a lo largo y ancho del territorio, pero, a pesar de las circunstancias conformó una salida. Tal es el caso de la protagonista que, precisamente para entrar en el mundo del cine, tuvo que travestirse. Uno de los fragmentos más nobles y elegantes, así como no exento de humor, fue el caso de Sandrine que tomó el nombre de Alexandre y, un compañero de trabajo, a la postre su marido, François Doinel, se enamora de Alexandre. Para cortar de raíz el asunto, una noche que recibe a François se desnuda, que, entusiasmado le dice “¡Querido!”, al ver que es una mujer, sin inmutarse lo corrige por “¡Querida!”.
La novela participa de elementos varios, el propio y personal discurrir narrativo con documentación histórica, con introducciones de reportajes periodísticos, como por ejemplo, un reportaje periodístico de Camila Weil a Sandrine Doinel en el diario Sol de España, que alguna manera actúa como hilo argumental y memorial. La terminología francesa y cierta distinción por el París turístico, cultural (salas de jazz, el Louvre, los bulevares como el bulevar del crimen, intelectuales, actores,músicos), así como una filmografía relevante que va de La quimera del oro hasta Les enfants du paradis o los principios fundacionales del cine con Napoleon de Abel Gance. Es decir el rigor de lo real con la imaginación de lo ficticio. Sin ser, una novela de recuperación de la memoria histórica, centrada en el aterrador silencio cuando no tortura de los vencedores sobre los vencidos, Los ojos de la jábega nos permite disfrutar del texto y a la vez de reflexionar sobre el tiempo. Un tiempo presente que debe mirar al pasado y enmendar errores para presentarse con garantías ante el futuro.
El autor nos pide que resistamos, en gran medida que nos enfrentemos a la mentira que es ya la nueva fórmula política de los herederos espirituales de lo que se conoce como fascismo. Un fascismo consuetudinario, hoy por hoy, que va lanzando redes y mensajes de imposibilidad de cambio. Precisamente, un apartado de la Ley de memoria histórica es otorgar la nacionalidad española a hijos y nietos de exiliados, que fue aprobado con cierto consenso y que hoy se utiliza como falso y depravado antecedente para menoscabar elecciones y democracia. Jábega. Para los hijos de emigrantes, nacidos en Francia, nos identificamos plenamente con el relato de Arturo Gálvez, a quien, lectoras y lectores solo pueden agradecer la publicación de una novela necesaria.
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