Los géneros en la literatura son una construcción inajustable para algunos autores. Ciertos clásicos lo fueron. ¿Dónde encuadrar La Odisea, que ahora está de moda? ¿Qué es la Tragicomedia de Calixto y Melibea? ¿Qué el Ulises de Joyce? ¿Qué Rayuela de Julio Cortázar? Guardando la distancia, los textos de Concha Pérez Rojas tienen ese problema de la indefinición, de la dificultad de encuadrarlos, de saber si estás ante un texto poético, narrativo o de pensamiento. Esa circunstancia, junto con la falta de secuencialidad, dificulta su lectura. La complica o te envuelve, esa es la realidad, porque en ambos episodios se podrá encontrar el lector. Las manos de José, de Concha Pérez Rojas editado primorosamente por Huerga y Fierro, con unas guardas rojas que harán las delicias del lector, es su última propuesta.
Pérez Rojas escribe poesía sin pretensión de serlo, y la poesía, que ya de por sí puede ser hermética y un juego de sensaciones con espacio para lo subliminal, en ella se hace además un corpus misterioso que insiste en ideas que nacen desde dentro de todos nosotros, en ese lugar en el que la realidad es un fragmento difuso, con sentido solo para sus protagonistas y solo a momentos, e inconexo pero conectado con los hilos que nos unen con un universo en el que suceden al mismo tiempo el amor y el odio, lo sublime y lo ruin, las ratas y los ángeles, los perpetradores y los perpetrados, los verdugos y sus víctimas, la verdad y la mentira. Tal como en la vida, por mucho que la falsa velocidad de los días nos haga insensibles y olvidadizos.
Las manos de José es eso y cuatro relatos. Al leer sus títulos (Réquiem en Catay, El cráneo número cinco, Me llamo William y Las manos de José), e incluso haciendo lo propio con la contraportada, se puede creer que son independientes. Y quizás lo sean, no sería capaz de negarlo, pues pareciera que nada tiene que ver el uno con el otro. Sin embargo, la lectura te lleva de la mano por un mosaico de nombres, espacios, hechos, amor y tragedia, por un tapiz en el que miles de hilos entretejen una realidad o muchas realidades, mundos opuestos y mundos espejos, que finalmente convergen en el mismo mundo para bien o para mal. Un universo en el que todos somos opresor y oprimido, agresor y agredido, como si solo fuese un juego necesario e infinito de relaciones que dibujan un mundo en el que la vida se explica solo con la vida.
Pero la poesía, o esa prosa esencialmente lírica de Concha que decíamos al principio, no es necesariamente dulce, es —diríamos— de una dureza apta para insensibles: “no se amar pero nos habíamos pasado la vida/ toda la vida amando” (p.23). La complicidad de lo indeseable aparece una y otra vez y te recuerda que ninguno de nosotros somos ajenos ni al mal ni el bien que nos rodea y apresa: “como una geisha en tus jardines a los pies del fuego la mujer madura la mujer rica la mujer silenciosa la mujer que aparecía en mis sueños la mujer cobarde/la mujer que tus lágrimas rompieron/ la mujer cobarde/la mujer que se hizo pequeña mientras temblabas y al verte llorar por primera vez al verte llorar desapareció” (24).

- Portada del libro.
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Verá el lector además que en el texto se van incrustando las realidades históricas con la ficción, desde Ucrania a las Sinsombreros, desde la expulsión de los judíos de los reinos castellanos en 1492 a la Guerra Civil en 1936… Hay una necesidad de que, en este caleidoscopio que es Las manos de José, todos seamos todo, igual que “William Sidis éramos todos. Era yo, niña, en el patio del colegio. Era él José sobre su bicicleta, conquistando las montañas. Era él, el hijo de Oisín, el de los blancos brazos” (93). He querido entender que el relato Me llamo William es una bisagra que funde toda la novela (permítanme esta clasificación), porque al fin y al cabo “las manos blancas del muerto, las manos moradas del muerto, eran las manos de José. También José tenía un dios en las manos y un dios en la entrepierna, también José exudaba ante los ojos de las mujeres, ante las latas de cerveza” (147). Un fragmento del mismo, uno de los pocos relatos en los que la gramática es la de todos, nos ayudará a comprender esto que advierto: “En los ojos de William, vi el pasado de José, el tiempo de los hombres buenos. Vi también el futuro del hombre calvo, el tiempo de los hombres malos. En los ojos de William, vi el presente, el tiempo eterno del hombre de la mirada clara, el más noble, el más estúpido, el más devastado de los hombres.
En los ojos de William, vi la amargura vieja, la inocencia de los santos y de los cobardes. Vi el desencanto, vi la conmiseración, el cansancio. En los ojos de William, vi el terror de la niña rubia.
Vi los ojos que habían visto todo. Yo también había tenido esos ojos. William había conservado la mirada y, en ella, perdería la vida” (98).
La poesía tiene esa capacidad de afirmar todo lo que somos, fuimos y seremos. Esa es la virtud de esta lectura apta para la inmensa minoría que reclamaba Juan Ramón Jiménez. Seguramente usted está dentro porque ya sabe, como se anuncia en el texto, que la inteligencia es un arma dolorosa.
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