Nadie sabía muy bien qué era eso de la "colaboración especial de Plácido Domingo" en el primero de los dos espectáculos que el Teatro Villamarta acoge de la propuesta lírico-gastronómica que lleva por nombre Original Xérès. Ni siquiera quedaba claro si iba a cantar, a dirigir puntualmente la orquesta o tan solo hacer acto de presencia en una velada que se planteaba como homenaje a sus padres, en su momento embajadores de nuestra zarzuela en México.
Su madre, concretamente, fue la aclamadísima Pepita Embil, allí toda una figura. Pero finalmente ayer jueves cantó. ¡Vaya si cantó! Tres romanzas, un dúo y varias páginas de mariachis. El público del Villamarta, que le recibió con una tremenda standing ovation – término anglosajón para los aplausos con todo el mundo de pie–, pudo así convertirse en testigo de ese milagro que es nuestro cantante lírico más universal.
Un momento del espectáculo.
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SAMUEL VEGA
Lo de milagro es literal, aunque hay quienes afirman que se trata más bien de un pacto con Mefistófeles. Y es que este señor tiene ya ochenta y cinco años. Eso, oficialmente. Corre la leyenda urbana, que muchos melómanos creemos porque si no las cuentas no salen, de que el artista nacido en Madrid se quitó cuatro o cinco años en el carné de identidad. De ser cierto tendría ya cerca de noventa. Pero vamos, aunque sean los ochenta y cinco oficiales ya el asunto entra en el terreno de lo sobrenatural: jamás un cantante lírico de primera fila ha cantado durante tantísimo tiempo, menos aun manteniendo el timbre de voz reconocible. Flaquean otras cosas, las propias de la edad, y a nadie que estuvo ayer en el teatro de la plaza Romero Martínez le pasó desapercibidos que en algunos momentos cantó con problemas, pero estos no se refieren a la voz propiamente dicha.
El timbre sigue ahí, insultantemente bello y sin apenas rastro de ese molesto trémolo que afecta a la inmensa mayoría de los cantantes cuando rebasan los sesenta y tantos. La voz del madrileño suena a casi a lo mismo que hace unas décadas: a Plácido Domingo. La intervención divina o satánica está garantizada.
El cantante madrileño junto a una de las invitadas de la noche.
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SAMUEL VEGA
¿Por qué este hombre se ha convertido en el más famoso tenor de los últimos cien años?
¿Por qué este hombre se ha convertido en el más famoso tenor de los últimos cien años? Sin duda ha influido una buena gestión de sus agentes artísticos, que se resumen en uno solo: su segunda esposa Marta Ornelas, a la que ayer quiso susurrarle en persona las canciones mexicanas. También está la cuestión del marketing, que en este caso es él mismo: la educación de Plácido Domingo a la hora del trato humano con el público es extrema, hasta el punto de que por muy entrada que esté la noche, siempre espera hasta al último fan para firmar un autógrafo, sacarse una foto y darle un “que Dios le bendiga” con la sonrisa en los labios. Eso no lo hace casi nadie, menos aún las estrellas consagradísimas.
A pesar de lo dicho, la razón más importante de su éxito no es otra que la más obvia: Plácido Domingo ha de ser considerado, por razones puramente artística,s como uno de los cantantes del mundo lírico más grandes que hayan existido. Como tenor, quizá haya sido el más completo de todos, pero en estos últimos años en los que ha perdido el agudo ha cantado con mediana, apreciable y a veces enorme fortuna papeles escritos para barítono. Quien esto firma le escuchó en Madrid un Simon Boccanegra de Verdi en el que estuvimos ovacionando durante media hora. ¿Cómo lo consigue? Primero, con una voz bellísima, con mucha carne en la parte central de su tesitura; esta es algo corta en el agudo al tiempo que muy holgada en el grave, lo que le ha alejado de papeles habituales de muchos tenores hasta acercarle al Verdi más exigente –es el mejor Otello que haya existido– e incluso a varios roles de Richard Wagner.
Segundo, con una perfecta mezcla entre pasión y control, de tal modo que la incandescencia está ahí, la comunicatividad se pone en primer término, pero jamás ha caído en la trampa del exhibicionismo. Además, haciendo gala de un portentoso dominio de los medios –antes intuitivo que fruto de la reflexión–, ha sabido administrar, guardar prudencia, preparar y depurar cada momento del fraseo para ofrecer retratos psicológicos de la mayor altura. Aunque no es quien haya ofrecido mayores matices en la gama dinámica, si ha sido uno de los tres o cuatro tenores del pasado siglo que mejor ha retratado las complicadas turbulencias internas de sus personajes que ha abordado.
¿Cómo estuvo en Jerez? En lo que a la voz se refiere, lo dicho arriba: casi tan hermosa como siempre. Por lo que respecta a la edad, pues evidenciando problemas que por momentos limitaron de manera seria la línea de canto. Y en cuanto al arte, tan inmenso como siempre. No empezó bien, a pesar de que ha hecho del Vidal Hernando de la maravillosa Luisa Fernanda escrita por Moreno Torroba uno de los papeles de su vida: en Por el amor de una mujer que adoro el instrumento estaba frío, Plácido perdió fuelle en algunos frases y hasta se merendó notas, aunque aquí y allá brillaron destellos de tiempos pasados.
Otro momento del espectáculo inaugural de 'Original-Xérès'.
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SAMUEL VEGA
El público percibió los problemas y aplaudió con respetuosa cortesía, solo eso. Menos incómodo estuvo durante el dúo En mi tierra extremeña del mismo título, sorteando los problemas con inteligencia, estudiando muy bien la dosificación de la respiración –lo que técnicamente llamamos el fiato–, haciendo gala de una inconfundible nobleza en la línea de canto y permitiéndose unas cuantas licencias que en estas circunstancias no son censurables. De hecho, bajando la tesitura pudo permitirse una interpretación del No puede ser de La tabernera del Puerto que levantó de sus asientos a un público que no solo había percibido la mejoría del nivel cánoro, sino que también se emocionó por la enorme entrega, sinceridad y fuerza expresiva de quien ha sido quien, con diferencia, más jugo ha sacado de esta formidable romanza de Pablo Sorozábal.
Lo mejor por su parte llegó con la entrada de Juan de Los Gavilanes, la celebérrima Mi aldea escrita por Jacinto Guerrero. Sin el fuello de antaño, cierto, pero muy bien cantada, de un gusto exquisito, una nobleza que no encuentra parangón y frases que no son los de un gran cantante, sino las de una figura única de la historia del canto.
Ya en la segunda parte, dedicada íntegramente a México, derrochó sensibilidad acompañado del Mariachi Femenil Nuevo Tecalitlán que actúa este viernes dentro de estas mismas jornadas, aunque aquí las trompetas no dejaron oír del todo su voz en el patio de butacas. También aquí derrochó estilo Plácido, pero eso no es sorpresa alguna en quien es cien por cien español al tiempo que cien por cien mexicano.
Visiblemente emocionado, recibió un sombrero charro honorífico como hijo de quienes fueron grandes de la zarzuela en tierras de México, además de ser el cantante que con mayor excelencia artística haya abordado nunca este género. Su presencia en el Villamarta nunca la olvidaremos quienes estuvimos allí.
Pero hubo más esa noche, mucho más, en lo que fue una globalmente muy notable gala de zarzuela. La Filarmónica de Málaga, que en el foso del teatro jerezano ha realizado buenas prestaciones y otras bastante menos, sonó de manera satisfactoria bajo la batuta de Allen Vladimir Gómez, quien ayer demostró que dirige este género mejor que unos cuantos colegas españoles. ¿El secreto? Nada tan sencillo, ni tan difícil de conseguir, como el buen gusto musical. Fraseo cálido, de los que permiten que las melodías vuelen, alejamiento de la rigidez y rechazo total de la vistosidad de cara a la galería o el efectismo. Todo apunta, por otra parte, a que realizó un trabajo cuidadoso con los cantantes.
Entre ellos brilló un formidable tenor, Alejandro del Ángel, voz soberbia al servicio de una mente expresiva y apasionada, esto último hasta el punto de que su entrega le puso al borde de algún accidente vocal. Nada importó esto: se le ovacionó con un entusiasmo más que justificado. Igualmente fresca y de calidad la voz baritonal de un sensible, venturosamente nada monolítico Carlos López.
El instrumento de Laura Pulido es el de una soprano ligera cuyo timbre no es suave, sino metálico: plata en lugar de metal, lo que permitió brillar en los agudos. Eso y la inteligencia con que evitó lo pizpireto le hizo llamar la atención en la Canción del ruiseñor de Doña Francisquita, en la que las diabluras de corte belcantistas estuvieron satisfactoriamente resueltas. Zayra Ruiz es también soprano, pero el color de su instrumento le llevó a hacer las veces de mezzo: su éxito fue grande por el despliegue de garbo, de salero, de temperamento nada impostado, de sinceridad musical en definitiva, aunque también es cierto que debe mejorar la dicción.
Las pocas intervenciones vocales del veterano tenor Polo Falcón no fueron muy allá, pero paradójicamente él fue máximo responsable, como coordinador artístico, del triunfo de una gala que por su parte estuvo sabiamente diseñada en la elección del repertorio, en la continuidad escénica que se preparó entre los diferentes números y en la feliz idea de rescatar varias páginas de El orgullo de Jalisco, zarzuela de Moreno Torroba desaparecida durante décadas y que aquí se recuperaba porque fue escrita precisamente para Pepita Embil. Su triunfo pasó desapercibido tras el buen hacer de las jóvenes voces que él mismo fue encargado de congregar, pero ahí quedó en una noche para el recuerdo.
Nadie sabía muy bien qué era eso de la "colaboración especial de Plácido Domingo" en el primero de los dos espectáculos que el Teatro Villamarta acoge de la propuesta lírico-gastronómica que lleva por nombre Original Xérès. Ni siquiera quedaba claro si iba a cantar, a dirigir puntualmente la orquesta o tan solo hacer acto de presencia en una velada que se planteaba como homenaje a sus padres, en su momento embajadores de nuestra zarzuela en México.
Su madre, concretamente, fue la aclamadísima Pepita Embil, allí toda una figura. Pero finalmente ayer jueves cantó. ¡Vaya si cantó! Tres romanzas, un dúo y varias páginas de mariachis. El público del Villamarta, que le recibió con una tremenda standing ovation – término anglosajón para los aplausos con todo el mundo de pie–, pudo así convertirse en testigo de ese milagro que es nuestro cantante lírico más universal.
Un momento del espectáculo.
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SAMUEL VEGA
Lo de milagro es literal, aunque hay quienes afirman que se trata más bien de un pacto con Mefistófeles. Y es que este señor tiene ya ochenta y cinco años. Eso, oficialmente. Corre la leyenda urbana, que muchos melómanos creemos porque si no las cuentas no salen, de que el artista nacido en Madrid se quitó cuatro o cinco años en el carné de identidad. De ser cierto tendría ya cerca de noventa. Pero vamos, aunque sean los ochenta y cinco oficiales ya el asunto entra en el terreno de lo sobrenatural: jamás un cantante lírico de primera fila ha cantado durante tantísimo tiempo, menos aun manteniendo el timbre de voz reconocible. Flaquean otras cosas, las propias de la edad, y a nadie que estuvo ayer en el teatro de la plaza Romero Martínez le pasó desapercibidos que en algunos momentos cantó con problemas, pero estos no se refieren a la voz propiamente dicha.
El timbre sigue ahí, insultantemente bello y sin apenas rastro de ese molesto trémolo que afecta a la inmensa mayoría de los cantantes cuando rebasan los sesenta y tantos. La voz del madrileño suena a casi a lo mismo que hace unas décadas: a Plácido Domingo. La intervención divina o satánica está garantizada.
El cantante madrileño junto a una de las invitadas de la noche.
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SAMUEL VEGA
¿Por qué este hombre se ha convertido en el más famoso tenor de los últimos cien años?
¿Por qué este hombre se ha convertido en el más famoso tenor de los últimos cien años? Sin duda ha influido una buena gestión de sus agentes artísticos, que se resumen en uno solo: su segunda esposa Marta Ornelas, a la que ayer quiso susurrarle en persona las canciones mexicanas. También está la cuestión del marketing, que en este caso es él mismo: la educación de Plácido Domingo a la hora del trato humano con el público es extrema, hasta el punto de que por muy entrada que esté la noche, siempre espera hasta al último fan para firmar un autógrafo, sacarse una foto y darle un “que Dios le bendiga” con la sonrisa en los labios. Eso no lo hace casi nadie, menos aún las estrellas consagradísimas.
A pesar de lo dicho, la razón más importante de su éxito no es otra que la más obvia: Plácido Domingo ha de ser considerado, por razones puramente artística,s como uno de los cantantes del mundo lírico más grandes que hayan existido. Como tenor, quizá haya sido el más completo de todos, pero en estos últimos años en los que ha perdido el agudo ha cantado con mediana, apreciable y a veces enorme fortuna papeles escritos para barítono. Quien esto firma le escuchó en Madrid un Simon Boccanegra de Verdi en el que estuvimos ovacionando durante media hora. ¿Cómo lo consigue? Primero, con una voz bellísima, con mucha carne en la parte central de su tesitura; esta es algo corta en el agudo al tiempo que muy holgada en el grave, lo que le ha alejado de papeles habituales de muchos tenores hasta acercarle al Verdi más exigente –es el mejor Otello que haya existido– e incluso a varios roles de Richard Wagner.
Segundo, con una perfecta mezcla entre pasión y control, de tal modo que la incandescencia está ahí, la comunicatividad se pone en primer término, pero jamás ha caído en la trampa del exhibicionismo. Además, haciendo gala de un portentoso dominio de los medios –antes intuitivo que fruto de la reflexión–, ha sabido administrar, guardar prudencia, preparar y depurar cada momento del fraseo para ofrecer retratos psicológicos de la mayor altura. Aunque no es quien haya ofrecido mayores matices en la gama dinámica, si ha sido uno de los tres o cuatro tenores del pasado siglo que mejor ha retratado las complicadas turbulencias internas de sus personajes que ha abordado.
¿Cómo estuvo en Jerez? En lo que a la voz se refiere, lo dicho arriba: casi tan hermosa como siempre. Por lo que respecta a la edad, pues evidenciando problemas que por momentos limitaron de manera seria la línea de canto. Y en cuanto al arte, tan inmenso como siempre. No empezó bien, a pesar de que ha hecho del Vidal Hernando de la maravillosa Luisa Fernanda escrita por Moreno Torroba uno de los papeles de su vida: en Por el amor de una mujer que adoro el instrumento estaba frío, Plácido perdió fuelle en algunos frases y hasta se merendó notas, aunque aquí y allá brillaron destellos de tiempos pasados.
Otro momento del espectáculo inaugural de 'Original-Xérès'.
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SAMUEL VEGA
El público percibió los problemas y aplaudió con respetuosa cortesía, solo eso. Menos incómodo estuvo durante el dúo En mi tierra extremeña del mismo título, sorteando los problemas con inteligencia, estudiando muy bien la dosificación de la respiración –lo que técnicamente llamamos el fiato–, haciendo gala de una inconfundible nobleza en la línea de canto y permitiéndose unas cuantas licencias que en estas circunstancias no son censurables. De hecho, bajando la tesitura pudo permitirse una interpretación del No puede ser de La tabernera del Puerto que levantó de sus asientos a un público que no solo había percibido la mejoría del nivel cánoro, sino que también se emocionó por la enorme entrega, sinceridad y fuerza expresiva de quien ha sido quien, con diferencia, más jugo ha sacado de esta formidable romanza de Pablo Sorozábal.
Lo mejor por su parte llegó con la entrada de Juan de Los Gavilanes, la celebérrima Mi aldea escrita por Jacinto Guerrero. Sin el fuello de antaño, cierto, pero muy bien cantada, de un gusto exquisito, una nobleza que no encuentra parangón y frases que no son los de un gran cantante, sino las de una figura única de la historia del canto.
Ya en la segunda parte, dedicada íntegramente a México, derrochó sensibilidad acompañado del Mariachi Femenil Nuevo Tecalitlán que actúa este viernes dentro de estas mismas jornadas, aunque aquí las trompetas no dejaron oír del todo su voz en el patio de butacas. También aquí derrochó estilo Plácido, pero eso no es sorpresa alguna en quien es cien por cien español al tiempo que cien por cien mexicano.
Visiblemente emocionado, recibió un sombrero charro honorífico como hijo de quienes fueron grandes de la zarzuela en tierras de México, además de ser el cantante que con mayor excelencia artística haya abordado nunca este género. Su presencia en el Villamarta nunca la olvidaremos quienes estuvimos allí.
Pero hubo más esa noche, mucho más, en lo que fue una globalmente muy notable gala de zarzuela. La Filarmónica de Málaga, que en el foso del teatro jerezano ha realizado buenas prestaciones y otras bastante menos, sonó de manera satisfactoria bajo la batuta de Allen Vladimir Gómez, quien ayer demostró que dirige este género mejor que unos cuantos colegas españoles. ¿El secreto? Nada tan sencillo, ni tan difícil de conseguir, como el buen gusto musical. Fraseo cálido, de los que permiten que las melodías vuelen, alejamiento de la rigidez y rechazo total de la vistosidad de cara a la galería o el efectismo. Todo apunta, por otra parte, a que realizó un trabajo cuidadoso con los cantantes.
Entre ellos brilló un formidable tenor, Alejandro del Ángel, voz soberbia al servicio de una mente expresiva y apasionada, esto último hasta el punto de que su entrega le puso al borde de algún accidente vocal. Nada importó esto: se le ovacionó con un entusiasmo más que justificado. Igualmente fresca y de calidad la voz baritonal de un sensible, venturosamente nada monolítico Carlos López.
El instrumento de Laura Pulido es el de una soprano ligera cuyo timbre no es suave, sino metálico: plata en lugar de metal, lo que permitió brillar en los agudos. Eso y la inteligencia con que evitó lo pizpireto le hizo llamar la atención en la Canción del ruiseñor de Doña Francisquita, en la que las diabluras de corte belcantistas estuvieron satisfactoriamente resueltas. Zayra Ruiz es también soprano, pero el color de su instrumento le llevó a hacer las veces de mezzo: su éxito fue grande por el despliegue de garbo, de salero, de temperamento nada impostado, de sinceridad musical en definitiva, aunque también es cierto que debe mejorar la dicción.
Las pocas intervenciones vocales del veterano tenor Polo Falcón no fueron muy allá, pero paradójicamente él fue máximo responsable, como coordinador artístico, del triunfo de una gala que por su parte estuvo sabiamente diseñada en la elección del repertorio, en la continuidad escénica que se preparó entre los diferentes números y en la feliz idea de rescatar varias páginas de El orgullo de Jalisco, zarzuela de Moreno Torroba desaparecida durante décadas y que aquí se recuperaba porque fue escrita precisamente para Pepita Embil. Su triunfo pasó desapercibido tras el buen hacer de las jóvenes voces que él mismo fue encargado de congregar, pero ahí quedó en una noche para el recuerdo.
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