En apenas unas semanas, 22 y 23 de abril, se cumplirán 410 años de la muerte de Miguel de Cervantes y William Shakespeare, respectivamente. Antes de que pasara un siglo de aquellos fallecimientos ya estaba en marcha la venerable hermandad de los Judíos de San Mateo.
Pocos reparan en los bustos de los autores más universales cuando pasadas las cuatro de la tarde empiezan a cruzar a toda velocidad la Plaza del Mercado. Las esculturas de ambos genios de la literatura se han recolocado más cerca de la entrada al Museo Arqueológico, donde reposan los restos fundamentales para comprender la historia milenaria de Jerez.
Al pasar por el centro de la repavimentada plaza, quizás se fijen como nota positiva en el recuperado Palacio de Riquelme o reparen, en cambio, en el despropósito general de una reforma urbanística torpe que ha convertido el corazón del Jerez medieval en una plaza más, pero desordenada y sin alma ni identidad, sin adoquinado histórico, con farolas y mobiliario que parecen sentirse ajenos a su entorno monumental. En realidad, suponemos que a la mayoría que discurre por la zona todo esto le da lo mismo. Pronto San Mateo vibrará como cada Martes Santo.
Dicen que las nuevas, como en Jerez se conoce a las hermandades periféricas de nuevo cuño que llegan de unos años a esta parte al centro, han restado público a una de las grandes salidas de la Semana Santa. Puede ser. Yo veo una plaza atestada, unos bares sin dar abasto y un público expectante por asistir a la primera revirá de esta venerable archicofradía que hunde sus raíces más de tres siglos atrás.
Desde el balcón de la Casa de Hermandad, un año más, Macarena Márquez Rodríguez, Macarena de Jerez. Con vestido negro, chaqueta roja y su medalla de la hermandad colgada del cuello. 35 años cantando saetas nada más echarse a las calles el misterio del Señor de Las Penas y el imponente palio del Desconsuelo. Empezó con 17 años y lo hacía desde la casa del cura, cuando ni había Casa de Hermandad. Ella es también parte de los actos que conforman una de las grandes puestas en escena de la Semana Santa andaluza.
Al final de esto que llaman oración cantada, cuando su garganta se ha puesto al límite para no quebrarse, ha pedido por la salud de un ser querido. Hasta los dos archiconocidos sayones judíos del misterio, conocidos popularmente como El Bizco y El Verruga, se han estremecido al oír su plegaria. Ovación cerrada en una plaza que, vista desde las alturas, experimenta una especie de coreografía coral conforme el cortejo avanza y las necesidades de espacio son mayores. Se recalculan las posiciones. El sol que entra por el Almendrillo de repente empieza a picar y hasta los abanicos hacen acto de presencia.
El misterio se marcha orgulloso con sus cambios de ritmo y a contraluz, mostrando la sufrida espalda del Señor de Las Penas y con una sensación de tiempo detenido ante el paso de los años y las modas. Unos instantes que retrotraen a cualquier año de cualquier década. El tiempo ha pasado, está claro, y muchas cosas fueron a mejor y otras muchas a peor (solo hay que asomarse a la cercana plaza). Y todo esto que acaba de experimentarse en San Mateo puede que sea lo más parecido a lo eterno.
La aparición de La Clemencia y lo que vino luego
Antes de 1998, el Martes Santo era el día con menos procesiones de toda la Semana Santa de Jerez —teniendo en cuenta que durante décadas no hubo desfiles el Sábado Santo—. El Desconsuelo (vulgo Los Judíos) era un imán para la gran mayoría de público echado a las calles, desde la salida hasta la recogida desde plaza San Lucas, mientras que El Amor y La Defensión desfilaron durante años con un único paso cada una y podían verse una detrás de otra tomando algo en el Cuatro Vinos de la Plaza Peones.
El día acababa relativamente rápido si lo que se pretendía era ver todo y volver pronto a casa. Era una Semana Mayor a media escala, lejos de las dimensiones colosales que ha cobrado hoy.
Casi 30 años después de la irrupción de La Clemencia desde San Benito —hermandad que ya se considera de las añejas—, la del Martes Santo se ha convertido en la jornada más abrumadora, con siete hermandades y cofradías adentrándose desde sus templos en la Carrera Oficial y con un despliegue que abarca puntos del núcleo urbano tan alejados del centro como Federico Mayo (El Chicle), con La Salud; Las Torres, con La Salvación; y la Iglesia de San Juan de Dios, en Eduardo Delage, con Bondad y Misericordia.
Al acabar el Martes Santo ya será Miércoles Santo: todo empezó a las 14.43 horas
Un maratón al que se sumó el Cautivo del Amor, lo que significa que este Martes Santo, con menos viento y algo menos de frío, han procesionado diez pasos por las calles de la ciudad. Desde las 14.43 horas que se abrieron las puertas de la Iglesia de San Rafael, en el Distrito Sur, y salió a la calle la Cruz de Guía de La Salud hasta las 2.30 de esta pasada madrugada que se recogió en San Mateo el palio del Desconsuelo.
Casi 12 horas repletas de largos recorridos, grandes bandas y agrupaciones musicales, olores, aglomeraciones, prometedora cantera cofrade, parones, chicotás inolvidables, tallas tan abrumadoras como las del Cristo de la Defensión, misterios tan completos como el del Cristo del Amor y Los Remedios, cirios que se encienden y apagan, cientos de miles de cáscaras de pipas peladas, detalles de dudoso gusto estético, miles de estampitas repartidas (una moda en auge), rezos, devoción, desacralización (el aumento de molías y costales en los bares cercanos a los recorridos procesionales), y muchos más elementos cotidianos de una manifestación que va de lo sagrado a lo secular cada dos pasos.
Un ritual que ha cambiado muchísimo hasta para los menos viejos del lugar, pero que en el fondo, no ha cambiado en nada. Ahí quizás resida su grandeza y su gran misterio. Ya lo escribió el bardo inglés, amante del jerez: "En un minuto hay muchos días".
