Nuria enfiló por primera vez el reducto, con sus bengalas rojo cardenalicio, con sus silencios, con su bullicio, con su tumulto a los pies de la Catedral de Jerez, en la barriga de su madre. Hace 26 años ya de aquella vez nonata. Luego vinieron 19 años consecutivos como hermana nazarena de La Viga. Falleció su madre y no volvió a vestir la túnica. Ahora contempla la recogida más icónica e internacional de la Semana Santa de Jerez desde una azotea. En la penumbra que rodea este momento místico, único en el universo semanasantero de España.

En el rooftop del hotel cinco estrellas gran lujo Sidonia, al acabar los pases del menú degustación del restaurante Asidonia, donde es una de las responsables de sala, Nuria graba con su móvil los últimos metros que recorrerá la Virgen del Socorro este Lunes Santo.

Abstraída frente al enorme gentío en la Calzada del Arroyo, en los alrededores de la Cuesta del Aire y de La Encarnación, la joven ha encontrado un lugar de privilegio para contemplar sus devociones en un breve parón tras un intenso servicio de cena este día grande. Los recuerdos se le agolpan, pero espantan el enorme frío de este gélido Lunes Santo —aunque con un impresionante cielo estrellado—. La joven no puede contener la emoción en uno de los instantes que hacen única y especial la Semana Santa jerezana.
Un solo botón para 150 bengalas
A bastantes metros más abajo, Nicolás Flores se estrena por primera vez en una recogida de La Viga en Jerez. Lleva vinculado a la pirotecnia desde que era un juego, "con 8 años". Ahora tiene 45 años y ha llegado a Jerez desde Umbrete, en la provincia de Sevilla, para preparar, como responsable de Pirotecnia San Bartolomé, un circuito eléctrico con 150 bengalas.

Cuando él pulse el botón, un solo botón, se activarán todos los artefactos químicos y envolverán durante unos minutos con sabor a eternidad al Santísimo Cristo de La Viga, una talla de nogal del gótico tardío (siglo XV), la más antigua de cuantas procesionan en la Semana Santa de Jerez, en una atmósfera insólita de humo púrpura.
Anthony Fitts Rubiales, de 30 años, es hijo de padre norteamericano y madre jerezana, fruto de una de tantas relaciones entre militares de la Base Naval de Rota y españolas. Ya contamos hace poco la historia de este joven de Kentucky bajo las trabajaderas del Cristo de la Viga: el costalero de padre norteamericano y madre jerezana, que vuelve a su segunda tierra tras una vida en tres continentes para cumplir una promesa y dedicar su estación de penitencia a la memoria de su hermana.

"El Cristo de la Viga lo es todo para mí. Yo sabía que cuando tuviera la oportunidad de poder volver, iba a ser su costalero", contaba recientemente Anthony a lavozdelsur.es. Ahora se entienden los vivas que explotan bajo las trabajaderas mientras avanza hacia su templo el crucificado de factura anónima que apareció suspendido sobre una viga de madera en la antigua Colegial del Salvador.
"¡Viva el Cristo de La Viga! ¡¡Vivaaa!!", resuena bajo un paso que recorre los escasos metros del reducto entre el humo y el potente conglomerado de unas bengalas artesanales que cada año encarga esta hermandad para hacer inolvidable su recogida tras su estación de penitencia.

"Esto impresiona, claro; es nuestra estrella en Semana Santa, es lo más especial y a lo que dedicamos más tiempo", cuenta Nicolás, artificiero que detalla que en esta ocasión "se ha reducido el impacto sonoro de las bengalas, que ya arden tal cual; bajo una fórmula de perclorato, carbonato de estroncio, pvc… son muchas cosas las que llevan…", apunta como el que guarda una fórmula mágica. De hecho, su empresa solo pone los cinco sentidos en Semana Santa en La Viga, pues su ocupación principal el resto del año está en otros eventos festivos de Andalucía como las decenas de ferias que colorean la primavera al Sur de la Península.
"Cuando llegué en 2005 había quien se metía en el reducto y se llevaba incluso una marquita de la bengala en el brazo"
Con el perímetro de seguridad cerrado a cal y canto, dos bomberos hacen acto de presencia en el reducto catedralicio una hora y pico antes de que la cruz de guía asome por la plaza del Arroyo desde la calle Cruces. Junto a ellos, Tobías Perdigones, un clásico de las emergencias en Jerez. El responsable de Protección Civil recuerda las recogidas de La Viga cuando empezó hace más de dos décadas al frente de un servicio de apoyo en las emergencias.


"Esto —abunda— ya no tiene nada que ver: es la recogida más segura de todas las que hay en Semana Santa. Al principio costó trabajó, ya ha cambiado bastante y hay personas que esperan horas sobre la valla, pero cuando llegué en 2005 había quien se metía en el reducto y se llevaba incluso una marquita de la bengala en el brazo para demostrar que había estado en la recogida de La Viga". En el arranque de una semana frenética de controles y Cecop, "algo se trabaja, algo se trabaja…” —recalca irónicamente—, Perdigones sentencia: "Ahora hay un dispositivo amplio, con un gran perímetro de seguridad, que controla muy bien cualquier posible riesgo".
Aunque no lo parezca, hace cien años hermandades como La Coronación ya usaban estas bengalas para generar un efecto imborrable entre el público al fervoroso paso de sus titulares. Un siglo después, es La Viga la que ha hecho de esta tradición un elemento singular y atractivo que cada Semana Santa atrae a más propios y extraños a una recogida que, paradójicamente, destacada por su sobriedad.
El móvil de Nuria, como tantos otros cientos de móviles al unísono, graba un momento para la posteridad. Suena Nuestro Padre Jesús, la marcha que interpreta la banda Agripino Lozano de San Fernando. Unos sones que se pierden entre los aplausos cuando se consumen las bengalas y el Cristo de La Viga queda varado mirando al pueblo, con el palio del Socorro enfilando el reducto. Otro Lunes Santo más. Otro Lunes Santo menos.


