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Cuando vas a una Zambomba sabes que ese momento tiene que llegar: el de la Micaela, nuestra ‘enferma’ imaginaria, la querida seductora de médicos. 

Cuando vas a una Zambomba sabes que ese momento tiene que llegar: el de la Micaela, nuestra ‘enferma’ imaginaria, la querida seductora de médicos. En realidad puede que no suceda, que todo se quede en ‘El marinerito Ramirez’ (escrito así, sin acento; en los villancicos de Jerez Ramírez es aguda), pero cuando pasan un par de horas de villancicos es inevitable empezar a pensar que está al caer. La Micaela. Dirty Micaela. Pero no solo le ocurre al cronista. Para mi amigo Manolo (ya sé que se dice el pecado, no el pecador… salvo si te llamas Manolo o Pepe, que da igual) si se canta la Micaela, Hot Micaela, es exactamente el momento en que una Zambomba se convierte en una ‘zambombá’.

Este fin de semana, estuve el sábado tres horas en una Zambomba (es más que suficiente) y el domingo estuve de sujeto pasivo en una de esas que son más o menos improvisadas, un grupo grande de amigos dándolo todo. En la primera no hubo ni rastro de la lúbrica Miki (que no quiere decir que no sonara luego, cuidado), mientras que en la segunda sí apareció, sí. Y lo hizo después de Ramírez, el Little Sailor con su estupendo estrambote ‘poró popó, con sus muertos tós’, como debe ser.

Lo cierto de Horny Micaela es que, efectivamente supone un clímax en cualquier Zambomba. Cantar la Micaela, nuestra Bitch Micaela, y decir todo el personal “bueno, y ahora qué”. Después del “por ahí se va derecho” y lo de la pringue, claro, lo de la pringue, las cosas tarden en volver a la normalidad porque… ¿ya qué queda? A toda interpretación de la pecaminosa —o no— Micaela le siguen tres o cuatro carcajadas, habitualmente de mujeres, y varios minutos de descanso, frecuentemente porque el personal se levanta y se acerca a aprovisionarse de bebidas y a charlar de cómo ha ido el fútbol, si llueve o no, o cualquier otra cosa, que hay que volver poco a poco a la vida ordinaria. Tras la ordinaria Micaela… 

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