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Como cada mes de marzo los fantasmas retornan a los espejos de los estudios; las losas de los tabancos dejan de oler a vino de Jerez porque somos más dados a la cervecita extranjera.

Como cada primavera las peñas dejan de tener ese replante japonés de Fukuoka o de Osaka; los garitos se cierran y condenan a nuestros crápulas de pueblo a transformarse en forzados amantes cibernéticos, de bye y arrivederci, hasta que llega mayo para borrar todo vestigio de amor edulcorado; las tiendas de lunares terminan llorando por la muerte de su gallina de los huevos de oro y muchos artistas comienzan a recorrer su Vía Crucis hasta la llegada del verano y ese bolo playero de “a veinte euros la media hora de flamenquito”.

Acabó el festival y el torpe latido de esta ciudad no consigue -y van más de veinte años- mantener el compás vital que el certámen imprime y que Jerez no puede permitirse perder cuando todo indica -por artistas, por identidad y por fatigas- que podríamos estar durante todo el año luchando por nuestras vidas a base de bulerías, martinetes y verdad.

Pero poco se puede hacer cuando la Junta mira para otro lado; poco cuando los nativos de Jerez nos creemos descendientes directos del duende y no nos paramos a aprender y todavía menos a escuchar “con las orejas”; poco se puede hacer cuando los artistas nos tiramos unos a otros olvidando que el arte es universal y propio de los seres cabales y no de animales con miras a la cuenta de un banco; poco o nada cuando los barrios flamencos como San Miguel o Santiago son barrios en estado de excepción; cuando se enseña a dar una patada al balón antes que entonar una soleá. Poco cuando nuestro certámen de guitarra quedó reducido a unos pocos carteles del noventa y tantos; nada se puede proyectar cuando los bailaores y las bailaoras noveles tienen que ir a la vecina Ubrique para concursar y poner a prueba su empuje; poco cuando en muchas peñas falta tanta imaginación como dinero; nada cuando el jerezano se siente dueño y destino del flamenco pero no sabe donde nació Manuel Torre o desconoce que la casa de Chacón se está cayendo a pedazos; poco cuando la ciudad del flamenco es un estercolero donde se dilapidaron millones; nada cuando en Jerez ponen estatuas a dedo a falta de dos dedos de frente...

Parece que tras el festival -y por enésima vez- sucederá lo mismo de siempre y volveremos a escuchar en abril eso de: “Ojalá el festival durase tó el año”. Ojalá -digo yo- un día puedan cambiar las tornas y Jerez vuelva a ganarse el derecho de autoproclamarse capital del flamenco. Fatigas y verdad no le faltan.

 

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