A estas alturas de la película, no podemos sorprendernos ya de nada. Vienen ladrando desde allende el Atlántico, con caretas de perro o de lobo y creyendo que la vida animal es más íntima, agradable y cierta que la reservada a los humanos.
Se hacen llamar con un término inglés, Therian, que viene del griego, Therion, o sea, que la propuesta es más vieja que el hilo negro, y de hecho ya surgió a finales del pasado siglo, aunque ahora, con el impulso de las redes, que todo lo levantan y lo revientan a continuación contra el suelo, ha vuelto a ponerse de moda de un modo que parece radical incluso en España.
Sí: se ha puesto de moda entre cierta adolescencia actual -de esa que dura hasta la treintena- vivir, sentir y actuar como un animal no humano, y los psicólogos, los sociólogos e incluso otra mucha gente que de todo entiende se apresuran a analizar el fenómeno en el que confluyen demasiadas razones como para tener listo el diagnóstico de aquí al fin de semana.
Los factores se nos escapan de las manos porque la vida misma, desde que late mucho más en las pantallas, también se nos va escapando sin que nos enteremos, pues hay algo cierto que ni siquiera la IA nos viene a recordar: la vida es la que es y cada cual elige vivirla donde quiere. El problema es que, tantas veces, no se trata de una elección, sino de una sutil imposición por inercia a la que se ven sometidos jóvenes que andaban en busca de un sentido vital que no anida en el móvil, ni en las redes sociales y, por desgracia, ni siquiera en sus hogares, donde todo se articula al otro lado del hogar, es decir, en ese espejo sin fondo que es el mundo virtual de referencia.
La soledad, ese sentimiento tan antiguo y que hace tanto tiempo que afecta a los viejos –también se ha puesto de moda hablar de “soledad no deseada”-, ha empezado, no tan sorprendentemente, a afectar a los jóvenes. Y después de que la infantilización generalizada de las últimas décadas -que tan rentable les está resultando a las grandes multinacionales- haya conseguido que convirtamos de facto las mascotas en miembros de pleno derecho en el hogar, ahora quizás toca asimilarnos con ellas, a ellas, en la fantasía de que nuestros gatos no son gatos sino tigres, de que nuestros perros no son perros, sino lobos, en una fabulosa huida al exotismo de otra vida no vivida y tal vez soñada que nos cure de la que vivimos y no queremos porque no soporta la comparación con esa vida platónica que nos venden tan falsamente en las pantallas. Hasta que estas vuelvan a expulsarnos definitivamente por la misma monetaria razón de siempre. Game over.



