Maduro y María Corina Machado, protagonistas no hace demasiado tiempo en Venezuela.
Maduro y María Corina Machado, protagonistas no hace demasiado tiempo en Venezuela.

Maduro es uno de esos dictadorzuelos de la izquierda mal entendida, y los que lo aplauden son unos pelotas insufribles. Pero jalear ahora al nuevo bárbaro del orden mundial por capturarlo como se captura a los conejos es hacerle la ola al mayor engañabobos de la libertad del mundo. El problema es que esa otra secta de la libertad mal entendida, incluso con cervecitas de por medio, cala demasiado bien en un rebaño con pinta de no entender jamás la diferencia entre personas y animales.

Algunos creíamos que el objetivo era Rusia, pero Rusia son palabras mayores, y tal vez no haya que ir tan lejos a por un petróleo gestionado como el perro del hortelano. Trump, el mayor tramposo de la democracia contemporánea, ha atacado ya a siete países –los atacables para sus fuerzas- con la falacia argumental de preocuparse mucho por el narcotráfico o el terrorismo, pero en ni uno solo de esos siete países ha mejorado la vida de sus ciudadanos, sino que en algunos casos incluso se ha emponzoñado la situación hasta límites insoportables como para reportajearlos en los medios con un mínimo de independencia, decencia y autonomía.

El bombardeo ha comenzado y el mayor ejército del mundo no cesará hasta que no lo vea conveniente, y no solo el bombardeo de bombas, sino el ideológico, y me refiero a ese gazpacho vomitivo de justificaciones para elegir siempre el mal menor. Elegir entre Maduro y Trump es la gran falacia internacional que le conviene al segundo, la gran estrategia trumpista o trampista por la que se persigue combatir nuestra presunta madurez, y disculpen este juego de apellidos que nos retrotrae a lo peor de la Edad Media y la lucha de los bárbaros contemplada por los desgraciados que somos todos los demás.

Precisamente desde esta isla inaudita de desarrollismo democrático que ha querido ser la Unión Europea no podemos conformarnos con elegir entre Trump y Maduro, sino combatirlos a los dos con las armas activas de la dialéctica, pero ya vamos tarde.

El presidente estadounidense no solo ha conseguido un segundo mandato después de aquel intento golpista en la rabieta de su primer trompazo electoral, sino que, al margen de violar cuantas soberanías se le han antojado, nos ha puesto a los demás el máximo arancel posible para recordarnos quién manda aquí, y todo ello mientras ha aspirado seriamente al Premio Nobel de la Paz.

El presidente venezolano se ha reído de la democracia manipulando como se le antojaba los resultados electorales que no le agradaban y, lejos de ser recriminado por la izquierda internacional, ha seguido oyendo el eco de sus aplausos para pintarlo como la víctima predilecta de los yanquis.

Y, mientras tanto, las verdaderas y silenciosas potencias temibles que se llaman Rusia o China continúan en su pespunteo de conquista internacional escondiendo toda ideología para demostrar la omnipotencia del pragmatismo más cínico. Ese presunto pragmatismo, vuelto como un calcetín, es el que nos caerá encima, ardiente como la lava, cuando la Unión Europea clame con aquello de “vinieron a por los comunistas pero guardé silencio porque yo no era comunista; luego vinieron a por los sindicalistas pero no protesté porque yo no era sindicalista; más tarde vinieron a por los judíos pero no protesté porque yo no era judío; y cuando vinieron a buscarme no había nadie más que pudiera protestar”.

Cambien comunistas, sindicalistas o judíos por lo que quieran, pero asúmanlo antes de que Carlos Baute termine convenciéndonos de este regalo navideño y antes de que la UE se conforme con arrebatarnos la fiesta de los Reyes Magos.

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