No creo que sea necesario que glose desde esta columna lo correlativo que es el concepto de belleza con el topónimo “Grazalema”. Cualquiera que haya ido a esa tierra y aledañas, o simplemente haya podido ver fotografías, videos o escuchado comentarios sobre el lugar, no precisa que me tenga que explayar para que se entienda como epítome de belleza a nuestro pueblo serrano. Seguramente será un porcentaje muy alto de habitantes de nuestra provincia gaditana y de las que nos circundan, Sevilla, Málaga, Huelva..., que han ido alguna vez en su vida a nuestro paraje más singular –y si no lo han hecho, deberían, es como una bula pontificia–, a ese sitio que solo nombrarlo transforma la palabra es una sonrisa, en un gesto de placer. En mi generación –supongo que ahora igualmente, espero–, era habitual el ir de camping, o para hacer senderismo y, desde luego, esperar a que algún día de invierno nevara en el pueblo para visitar la zona. No hay nevada más bonita que las que se dan en Grazalema, cuya fugacidad, su efímera duración, las hace casi mágicas. Y hoy es difícil sustraerse a un sentimiento de emoción y tristeza ante la situación que viven sus calles, sus plazas, sus casas... sus gentes.
Como casi siempre, la actualidad hace que cuando llega la hora de escribir esta columna, tenga en mente muchas posibilidades de llevar mi torpe opinión a vosotros los lectores. Llevo muchos artículos donde precisamente esa actualidad ha sido la recurrencia de mis escritos, pasando por lo alto en incontables ocasiones el hablar de otras cosas: de lo bello, de lo que conmueve, de los sentimientos, de la vida más allá de lo inmediato. Pasar de los contenidos políticos, que últimamente son mi referencia para escribir en este medio –evidentemente, no puedo dejar pasar el que nuestra vida democrática está en peligro y creo que como ciudadano que tiene el privilegio de poder hacer públicas mis opiniones, vuelco aquí mi modesto grano de arena por lo que pudiera servir– y adentrarme en otros vericuetos, posiblemente más agradables que hablar de cómo se está poniendo el mundo, no ha sido lo habitual. No obstante hoy mezclo todo, actualidad y sentimientos, porque, con permiso de los gilipollas que niegan el cambio climático y llenan, como con otras conspiranoias y perversos mensajes, la cabeza de nuestros jóvenes de ideas terribles –lo de prohibir las redes a los menores de 16 años será complicado llevarlo a la práctica, pero necesario, y lo de Elon Musk y compañía, es solo el bramar de unos megarricos que creen de verdad que ellos deberían ser los amos y directores del mundo–, estamos nuevamente ante el aviso, extraordinario, de la naturaleza, convirtiendo nuestros paisajes más queridos en lugares de desolación y ruina. Y ante esa situación, no solo cabe exigir a las autoridades que trabajen, codo con codo, para paliar los efectos de esta desgracia, sino también el luchar para que, desde la lección de prudencia, sensatez y
solidaridad mostrada por los habitantes de todas estas tierras tan castigadas, se combata enérgicamente todos esos discursos locos que nos dejan desamparados ante la desgracia.
Grazalema nos duele y nos duele Jerez y su mundo rural. Nos duelen todos y cada uno de los territorios inundados de desesperación. Como humanos que somos, tenemos el defecto de sentirnos compelidos ante el dolor de lo cercano, de lo que está en nuestro campo sentimental más próximo. Hubo DANA en Valencia, donde la gestión criminal de un imbécil como Mazón, concluyo con más de dos centenares de fallecidos; tuvimos el Covid y nos pellizcábamos de incredulidad cuando veíamos la cifras de muertos mientras los “cayetanos” y en general los sinvergüenzas de Vox y similares, desde sus casoplones, exigían la apertura de los bares, campos de Golf y todas sus “mierdas”. Pero ahora nos toca nuestro terruño, el lugar más cercano que conocemos que tenga que ver con el prometido paraíso. Sus habitantes, sabios y prudentes, con resignación pero sin dejar de pensar en el mejor porvenir, cogieron cuatro mudas, algún papel de documentación y se fueron a Ronda sin rechistar, sabiendo que algún día volverán aunque solo sea para constatar la desolación.
Esperemos que todo el conocimiento humano se confabule para impedir que Grazalema se convierta en el mito que fue y consigan devolvérnoslo tal y como es: un paraíso.





