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El político siempre es el último responsable de lo que suceda en todo lo que atañe a la prestación de un servicio público y a la deficiente aplicación de un derecho fundamental de la población.

Como sabéis, en mi columna semanal me ocupo de escribir sobre cualquier tema concerniente a la zona intramuros de la ciudad, la que queda dentro del perímetro de la antigua muralla almohade, por eso se llama Amurallados. En alguna ocasión muy puntual me he salido de esa área, pero siempre la temática ha estado relacionada con el patrimonio, como ocurrió en el caso de la columna que le dediqué en su día al estado de las antiguas instalaciones de las bodegas Díez Mérito, frente a la estación de ferrocarril. Claro está, luego hay otros aspectos, como el incivismo, la suciedad o el vandalismo, que son extrapolables a cualquier otro lugar de la ciudad, pero no recuerdo haber realizado nunca ninguna mención expresa a un caso ajeno a la zona amurallada. Pero en este caso voy a hacer una excepción para terminar el año, tanto en la temática como en la zona, que bien pudiera servir para cualquier lugar de Jerez, la provincia, Andalucía o España. Bueno, en realidad en temática no, ya que no tenemos un patrimonio mayor que preservar que el de nuestra propia vida, la de nuestros hijos, padres, abuelos o de cualquier persona que uno mínimamente aprecie. Ya me ocuparé de realizar los balances oportunos del año que se va en próximas entregas.

No hay nada que más asociemos a la Navidad que la nieve, aunque sea en esta época cuando menos podemos encontrar en comparación con las semanas y meses que le suceden. En la provincia de Cádiz la vemos poco y nunca caída del cielo, sin embargo nos afanamos en hacer un ejercicio enorme de imaginación y querer verla en las bolitas de corcho blanco que sin mesura desparramamos sobre el belén de casa (en mi caso para ocultar defectos de montaje, lo reconozco) o las que hacemos recoger a los niños en las nevadas artificiales de los centros comerciales. Y sabemos también, por los dibujos animados, películas o porque nos interese un poco la física, que una pequeña bolita de nieve se va haciendo cada vez más y más grande, si no se detiene cuando es pequeña y aún se puede manejar.

Eso precisamente es lo que está sucediendo con la sanidad, la que pagamos todos y que constituye un derecho fundamental inalienable de cualquier ciudadano, sobre el papel, claro está. Veréis, el otro día acudí al centro de salud con mi hija de cuatro años y con cita asignada desde hacía una semana, o sea, que ni iba por urgencias ni nada por el estilo. Entré a mi hora y la pediatra nos atendió estupendamente. También es verdad que era bastante antes de las nueve de la mañana y aún estaba la cosa tranquila. La pediatra ya nos confesó a esa hora que era la única en toda la semana en el centro (lo omitiré aquí para no poner en un apuro a la profesional, aunque en facebook sí aparece y ha sido compartido por bastantes personas), que no se habían cubierto las vacaciones o bajas de sus compañeros y que ella estaba solamente en horario de mañana y que temía la que se le avecinaba. No sólo eso, fue tan profesional que su mayor temor no era el aluvión de personas que preveía que se le iban a venir encima requiriendo un servicio de urgencias, el estrés al que iba a ser sometida, sino que lo que de verdad le preocupaba era que entre tanta vorágine se le pasara cualquier detalle de algún paciente (hablamos de niños) o que se equivocara a la hora de recetar en las dosis que debía prescribir.

En la puerta de su consulta un papel avisaba que, debido a la falta de personal suplente, ni había pediatras pasando consulta en horario de tarde ni iba a haber servicio de urgencias pediátricas en el centro por la tarde durante toda la semana, a excepción de dos días. Ni que decir tiene que por la mañana la que había de urgencias era la misma que pasaba consulta rutinaria. Se emplazaba a acudir directamente al hospital ante cualquier necesidad, paradójicamente aunque no suponga un motivo por el que normalmente te dicen que no se vaya nunca al hospital para no colapsar sus urgencias. Como dije, yo entré a mi hora y mi hija fue bien atendida y su dolencia prescrita debidamente, pero como ciudadano no puedo permanecer impasible ante estas injusticias que se producen a la sombra de unos recortes que no se dan en otros ámbitos de la cosa pública. Hice lo que siempre te dicen que hagas: poner una hoja de reclamaciones y decirle al personal administrativo que animase a otras personas a hacer lo mismo.

Esto sucedió el día después de ver cómo muchas personas colgaban en las redes sociales el estado de las urgencias del nuevo centro de La Milagrosa, sus largas horas de espera y sus vómitos en el suelo sin recoger porque no había personal de limpieza. También sucedió tras comprobar quejas prácticamente generalizadas en muchos centros de salud o en el propio hospital de Jerez, cuyas imágenes de salas de espera y pasillos invadidos por camillas y sillas de rueda son ya parte recurrente de nuestra información casi diaria. Sucedió después de que una mujer muriera reventada en un hospital sevillano porque los ascensores no estaban en las condiciones que debieran. Lo mismo sucede en el hospital de Cádiz o también es suficientemente conocida la situación en Granada, con ese gigante social que se llama Jesús Candel (el famoso Spiriman), que se encuentra absolutamente despreciado por lameculos varios dentro de la sanidad o en los medios de comunicación, pese a tener claramente la razón desde la mayoría de su sociedad. Recomiendo a quien no lo siga en facebook que lo haga, porque las imágenes que está subiendo en los últimos días sobre los tiempos de espera en las urgencias de los hospitales granadinos son para conocerlas y concienciarnos con ellas.

Vuelvo a repetir que estamos hablando del bien más preciado que tenemos: nuestra salud y nuestra vida y la salud y vidas de los nuestros. Si en el moribundo año 2017 no se garantiza ni la atención personalizada porque no se cubren vacaciones o bajas por el preceptivo personal suplente; si las urgencias en los centros médicos se colapsan y los ingresos se eternizan porque se cierran camas al no querer contratar personal; si las esperas se hacen interminables hasta que por fin te atiende una persona estresada y superada por hacer frente a una situación desbordante; si no hay personal de limpieza que recoja los fluidos que los enfermos van dejando durante esas esperas que nunca acaban; si te dicen durante todo el año que no vayas al hospital por una cosa que se puede solucionar en el centro de salud, pero cuando de verdad se necesita el centro de salud (vacaciones escolares, por ejemplo) te mandan al hospital para tratar algo que se podría hacer en el centro de salud; y si la ciudadanía permanece impasible y sigue tragando ante estas situaciones, esta bola de nieve que cada vez se hace más grande e incontrolable, es que parece que estamos a gusto con estas situaciones que ponen en peligro nuestra salud y la de las personas que más nos importan.

El político siempre es el último responsable de lo que suceda en todo lo que atañe a la prestación de un servicio público y a la deficiente aplicación de un derecho fundamental de la población, pero en este caso no son los únicos. Existe un personal facultativo, funcionarios de carrera muchos, que forman parte de los equipos directivos de los centros de salud y de los hospitales. Ese personal, olvidando flagrantemente los principios del juramento hipocrático (y para un sanitario no hay nada más degradante o así debiera ser), anteponen complementos, suplementos, premios o sus propios cargos directivos a la eficiencia en la prestación del servicio a los ciudadanos o al bienestar del propio personal que tienen a su cargo. Sucede así que al político, que suele enterarse motu proprio de aquello que le conviene, en estos casos casualmente no le llega la información, al igual que ocurre con los técnicos de la Consejería de Sanidad. Ni unos ni otros parece que lean las noticias ni conozcan las manifestaciones masivas que se han producido y producen, pero un simple papel, una reclamación de las quejas legítimas de los ciudadanos, sí les da miedo. Y les da miedo porque ello supone dejar constancia, escrita y firmada, de lo que está pasando y los pone en una clara posición responsable de la que no pueden huir de ninguna de las maneras, llegado el caso (judicial, se entiende).

Mirad, si hay algo que los políticos saben hacer bien y procuran por encima de cualquier cosa, es salvar su propio culo y  tener los menos problemas reales posibles. Por eso es indispensable reclamar y reclamar y reclamar por escrito hasta que se sientan tan arrinconados en esa realidad paralela en la que viven y no tengan más remedio que volver la cara y mirar directamente la realidad social y ciudadana que pasa directamente por delante de sus narices como si fuera un fantasma invisible a sus ojos. Denunciar en las redes sociales está muy bien, pero lo verdaderamente efectivo son esas hojitas con copias de colores que en su encabezamiento pone “Junta de Andalucía”. Debemos poner nuestros nombres y nuestros datos, sí, debemos dar la cara, pero es que necesitamos convertirnos en una sociedad valiente y luchadora de una puñetera vez, al menos para que se garantice lo más básico que tenemos y nos hemos proporcionado tras muchos años de lucha y reivindicaciones.

Claro que habrá personas que criticarán este artículo y dirán “si tu hija fue atendida, no sé de qué te quejas”, como queriendo eliminar esa conciencia social que todos tenemos y, peor, creyéndose con el derecho a hacerlo. Son esas mismas personas que critican cualquier reclamación como esta, esos mismos estómagos agradecidos, parásitos del sistema, que te refriegan que uses los mecanismos que el propio sistema te proporciona para reclamar, porque para ellos lo recomendable es que todos seamos parte de ese sistema para mantenerlo con nuestros impuestos, solamente para eso, pero nunca para reclamar derechos o denunciar las injusticias que se producen dentro de él. Porque esas personas viven como Dios a costa de recortarnos prestaciones y de eliminar la eficiencia de un servicio público que, no me canso de decirlo, constituye un derecho fundamental para todos; porque, como bien dice el doctor Candel desde hace meses, a esos parásitos se les acabaría el chollo. Por eso juegan a manipular y a desprestigiar, a denigrar y ningunear, a insultar y mofarse de los que osan a reclamar.

Ante eso la solución es universal, la misma que sirve para resolver cualquier situación como esta: conciencia social, valentía y apertura de miras, o lo que es lo mismo, no encerrarse ni conformarse con lo que pasa en nuestra casa ahora y observar más a menudo lo que sucede en la casa del vecino y solidarizarnos con su situación, porque a la larga la misma situación terminará golpeándonos a nosotros mismos. Así que toca despertar, levantarse y luchar para conseguir romper esta inmensa bola de nieve que ningún muro logra contener y ninguna muralla puede encerrar. ¿Qué dices tú?

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