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Una tipa está tirada en mitad de la calle. Patalea y tira bocaos, mientras dice que va muy colocada. En realidad nadie le presta mucha atención, ni siquiera sus amigos, que están intentando concentrarse en beber, algo que a veces no es tan fácil como parece. Ella sigue allí, a lo suyo, en el suelo, venga patadas, hasta que alguien decide llamar a una ambulancia, que va a tardar un mundo en llegar. Parece que tiene eso que se da en llamar un brote psicótico. Aparece la Policía Local. La sientan. Toma aire. Parece que está mejor, pero no, es la calma que antecede a la tempestad, ahora viene una nueva oleada de patadas. ¡Estoy muy colocada!, dice una y otra vez, así que va a ser verdad. Realmente a nadie le importa una higa, la gente sigue a su vino y sus cervezas.

Por fin, mientras se la llevan en ambulancia, un nota empieza a opositar a que le partan la cara. Está en la puerta de un bar, justo enfrente de donde ha montado el cisco la Señora Patadas. El sobrao se mete con todo el mundo que pasa, especialmente con las mujeres –hay gente que no falla nunca– hasta que alguien le dice a sus colegas que hagan algo, que es cuestión de tiempo que le den la del pulpo. Los amigos le quitan un rato de en medio, pero es inútil. El tipo ha echado debidamente la instancia para que le den un repaso, lo ha hecho con todas las pólizas y las fotocopias debidamente compulsadas, y es cuestión de tiempo que le caiga una ensalada de hostias. Al final le dan, claro, pero tiene relativamente suerte. Se mete con una chavala, le dice algo sobre la calidad o el tamaño de sus atributos –de los suyos, de los de él– y al novillo de la chica digamos que no le mola y decide aplicarle lo que técnicamente se llama un uno o dos, es decir, dos hostias bien dadas para quien no conozca el mundo del boxeo. En realidad, el sobrao ha salido bien, ya digo, porque el chaval pega, pero sabe que sabe pegar y no se ceba. Un par de hostias de nah. Era pan comido.

Mientras los colegas asisten al venao –por cierto, a ninguno se le ocurre ir a por el fino estilista para comprobar si realmente lo es o ha sido un golpe, vale, dos, de suerte– otro tipo sigue dentro del bar con una charla sobre los pistachos. Por lo visto los pistachos son la leche. La Biblia en pasta. Son todo un mundo. Nadie sabe por qué Wittgenstein no le dedicó un capítulo de su obra a los pistachos. Los pistachos. Cómo se puede vivir sin pistachos. Cómo se puede vivir sin las anécdotas de los pistachos. Pistachos para arriba, pistachos para abajo. Tras la perorata, el Señor Pistachos va otra vez al baño del bar. Algo raro pasa en el baño, nadie sabe qué es… Pero sí. La cola del baño de hombres es más larga que la de las mujeres. Es la única manera de seguir contando las excelencias de los pistachos…

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