Empiezo estas líneas animado por mi amigo Paco Casero (referente histórico del mundo rural y defensor del campo), que siempre insiste en que hay oficios que no se pueden explicar desde lejos. Hay que vivirlos. Escribo en mitad del campo, con el cuaderno apoyado en la rodilla mientras escucho los cencerros y los balidos de fondo. No es una pose, es la única forma honesta que conozco de hablar de lo que significa ser pastor. En mi caso trashumante.
La trashumancia (Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco) es moverse para no cansar la tierra. Llevar el ganado donde hay pasto en cada estación, ajustar la carga ganadera y dejar descansar el suelo para poder volver. Es un manejo eficaz y aprendido a base de caminar y observar, que permite regenerar la vegetación, mantener los paisajes abiertos y reducir el riesgo de incendios. Pero su valor va mucho más allá de producir alimentos, es una forma de gestión ecológica y social que sostiene biodiversidad, cultura y vida rural.
Durante años la figura del pastor ha quedado atrapada en un tópico: el hombre mayor, con gorra, garrota en mano, ropa gastada y rostro cansado. Una figura situada en más cerca del pasado que del presente. Para muchos el pastor es poco más que una estampa bonita pero ajena a la realidad de hoy. ¿Por qué esa visión se ha quedado en los márgenes? Porque resulta cómoda, porque así no obliga a mirar de frente lo que de verdad representa. Parte de mi historia personal tiene que ver precisamente con eso, con desmontar esa imagen. Con demostrar que ser pastor no es quedarse atrás, sino sostener algo que sigue siendo imprescindible.
Hace tiempo escuché a Clemente Mata (ganadero, catedrático, experto en ganadería extensiva y amigo) decir una frase que no se me ha olvidado: “Pastor no puede ser cualquiera, ser pastor solo está al alcance de algunos elegidos”. No hablaba de privilegios, sino de responsabilidad. Porque no todo el mundo está dispuesto a aceptar las exigencias del oficio, la soledad, la toma constante de decisiones y la carga de saber que cada error tiene sus consecuencias reales.
Ser pastor es mucho más que manejar un rebaño. Es ser gestor medioambiental, cuidador del territorio. Es saber cuándo una tierra necesita descanso, cuándo un animal necesita atención, cuándo el monte necesita ser pastoreado para evitar incendios. Es trabajar con la naturaleza, no contra ella. Y es hacerlo sin grandes discursos, desde la constancia de todos los días, con un conocimiento que no se aprende en un libro sino observando cada detalle de la tierra y los animales.
Hay también una parte emocional que rara vez se cuenta. Ser pastor es aprender desde joven (como aprendí yo junto a mi abuelo y mi padre) que el respeto no se exige, se practica, que el campo no tiene atajos y que el trabajo bien hecho muchas veces no tiene aplausos. Es una forma de estar en el mundo basada en la responsabilidad, en la paciencia y en el cuidado silencioso de lo que otros dan por hecho.
Hoy ese saber vive ahí, pero vive en conflicto permanente. Porque mientras se llenan discursos con palabras como sostenibilidad, biodiversidad o mundo rural, el pastoreo real sigue siendo invisible. El que no entiende de campañas, ni de modas, el que sostiene el territorio sin titulares. Se habla mucho del campo, pero se escucha poco al que lo pisa. El pastor no gestiona relatos, gestiona consecuencias. Y cuando desaparece, el problema no es suyo, es de todos.



