Villabúrbula, una pequeña aldea del Este de León. MAITE GARCÍA ORDÁS
Villabúrbula, una pequeña aldea del Este de León. MAITE GARCÍA ORDÁS

Corría el año 1992 y, coincidiendo con los Juegos Olímpicos Barcelona 92, pasé mi primer verano en una pequeña aldea del Este de León, Villabúrbula, perteneciente al Ayuntamiento de Villasabariego. Desde entonces, he disfrutado del pueblo junto a familiares y amigos cada año.

Desafortunadamente, he conocido de primera mano cómo el territorio ha ido sufriendo las consecuencias y derivas que han resultado ser la llamada “España Vaciada”.

Recuerdo cómo uno de los veranos, en aras de optimizar las infraestructuras, mejoraron el acerado y las carreteras. Hoy, por falta de mantenimiento, vuelven a estar algo deterioradas, ¿falta de rentabilidad; falta de inversiones? Lástima que, durante años, esta haya sido la dinámica de la administración pública, reafirmando las palabras de dos grandes Sab/vios, Francisco Casero y Antonio Aguilera, Presidente y Secretario de la Fundación Savia: “el despoblamiento rural es la consecuencia de la suma de muchos otros problemas”, y cuánta razón tienen… Esta, junto a la falta de servicios, son algunas de las grandes dificultades y las consecuencias que han dado como resultado los dos grandes retos a los que nos vamos a enfrentar en los próximos años y décadas, la despoblación y el cambio climático.

Mis abuelos se dedicaban a la agricultura tradicional y la ganadería extensiva. En casa había vacas, gallinas, conejos, “gochos”, ovejas…, así como pequeñas fincas de regadío y secano que proporcionaban los alimentos necesarios para los animales, generando una sinergia equilibrada y estratégica en la que se combinaba la conservación del patrimonio natural con la producción de alimentos, tan perseguida hoy por la Comisión Europea con el Pacto Verde Europeo y las estrategias de Biodiversidad 2030 y de la Granja a la Mesa. Era buena época, siempre comentan que “antes se hacía dinero” con el sector primario.

También, y de manera adicional, teníamos, y seguimos teniendo, un pequeño huerto que, según la estación del año, nos ofrece unos productos inmejorables. Es increíble cómo el mimo y el saber tradicional puede obsequiarnos con alimentos de óptima calidad, de cercanía, de temporada y ecológicos, que proporcionan una salud de “roble”; ahí se encuentra mi abuelo a sus 90 años para demostrarlo.

Con el paso de los años, los habitantes del pueblo han ido desapareciendo, actualmente unas 20 personas empadronadas. Las casas que no se han caído, se han convertido en segundas residencias de unos pocos que se niegan a romper el vínculo con sus raíces natales. Mi madre y mi tía son buena muestra de ello que, entre muchas otras personas y ante la falta de oportunidades, abandonaron el pueblo en busca de nuevas formas de vida que les brindaran empleo y riqueza.

Tengo pocas esperanzas en el futuro, la falta del relevo generacional y de formación, ligada a la falta de rentabilidad de las explotaciones, posiblemente haga que, en pocos años, el pueblo quede desierto.

Alcanzada mi juventud y algún atisbo de madurez, sigo pasando mis veranos allí, me opongo a cambiar la tranquilidad y el disfrute del pueblo por cualquier otro lugar que me pueda ofrecer atractivos de ocio diferentes.

Mis suegros también son agricultores y ganaderos de extensivo. Cada día las ovejas salen al campo, manteniendo el ciclo y la conservación del medio, previniendo los tan temidos incendios, aumentando la biodiversidad, la conservación del suelo y amortiguando el cambio climático. Son, previsiblemente, la última generación que mantendrá una actividad económica en su pueblo, que, con mucho esfuerzo, están consiguiendo llevar adelante, pese a las pocas ayudas y los bajos precios que perciben.

Si las cosas no cambian, su pueblo tendrá el mismo futuro que el mío, una despoblación irreversible que hará que toda la estructura del territorio tenga la obligación de cambiar hacía otro modelo de vida laboral, social y económico que reequilibre la situación.

No muy lejos de allí, se agudiza el entablamiento de macrogranjas, dejando de lado la protección medioambiental y fomentando el aumento de la contaminación de nuestro territorio. Los permisos aumentan, la población y nuestro entorno se deteriora y desaparece.

A día de hoy, casi tres décadas después, mi trabajo está vinculado a “poner en valor lo rural”, tal y como nos gusta resumir los objetivos de la Fundación Savia. Me doy cuenta del largo camino que nos queda por delante. Paco Casero me ha enseñado y demostrado que, sin el medio rural, la armonía del sistema está en riesgo. Necesitamos, de manera urgente, que la administración invierta en las zonas rurales, en la conservación de la gente que lo habita, que cuida del entorno natural y frena, con sus actividades, el calentamiento global. Necesitamos fomentar la agricultura ecológica, la ganadería extensiva, el cuidado del suelo fértil, las comunidades energéticas; necesitamos aumentar y mejorar las infraestructuras y los servicios, frenar la desertización, la pérdida de biodiversidad, la degradación de nuestros valiosos espacios naturales. Cambiar la concentración de la población en las ciudades y la costa… Con Paco y Antonio al frente, seguiremos trabajando, atendiendo al derecho de las generaciones venideras a habitar un planeta sano con una calidad de vida digna, tal y como lo hemos podido hacer las generaciones presentes. Es su derecho, es nuestro deber.

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