El albero mojado, identidad de nuestros pueblos

Ese albero nos llevaba de niños a la búsqueda de tesoros escondidos en el mismo y sin saber muy bien la razón encontrábamos restos de caracolas de mar, almejas, y todo tipo de trozos de conchas

Juan Hurtado

Agricultor y técnico en Patrimonio

Montaña de albero mojado.
Montaña de albero mojado.

En los años 60, cuando paseábamos por nuestro pueblo y jugábamos en las calles, nos llamaba la atención ese olor tan característico de los pueblos en los que las panaderías tenían un especial protagonismo. Alcalá de Guadaíra era un pueblo muy panadero y fue conocido como Alcalá de los panaderos por sus 40 tahonas que en años pasados estaban en plena producción.

Pero todo esto estaba acompañado por el olor de cuando se regaban algunas calles o plazas, llovía o salías al campo, el olor del albero mojado constituía el aroma de todo nuestro entorno. Pan y albero, albero y pan son identidad de nuestro pueblo.

Ese albero nos llevaba de niños a la búsqueda de tesoros escondidos en el mismo y sin saber muy bien la razón encontrábamos restos de caracolas de mar, almejas, y todo tipo de trozos de conchas dentro de esa dura roca y tierra amarillas.

Más tarde, cuando se la llevábamos a nuestro maestro Don José Luis, de Los Salesianos, y nos explicaba su procedencia y sobre todo el valor del tesoro recuperado se convertía en parte de la colección de fósiles de la que aún hoy sigo conservando algunas piezas.

El albero procede de una época en la que el agua marina inundaba parte del valle del Guadalquivir, durante el Mioceno, época en la que se van depositando por el paso de miles de años arcillas con una capa superficial llamada Calcarenita, que formaliza la parte superior de la comarca de los Alcores en la provincia de Sevilla, tierra de color amarillo intenso y muy utilizada en la cubrición de parques, jardines y en las plazas de toros del mundo entero. Hace unos años se descubrió el fósil del esqueleto de una ballena, pieza exclusiva expuesta hoy en día en el Museo Municipal de Alcalá de Guadaíra.

Pero todo va cambiando, y ese color de albero tan cercano y común en nuestros patios de recreo colegial, en nuestros parques y plazas, se va sustituyendo por materiales que diluyen nuestra identidad, con la utilización de elementos de tonos grises muy planos y agresivos, quedando en el olvido la anterior paleta cromática de ocres y amarillos, dando, en consecuencia, un resultado final a nuestros lugares de esparcimiento fuera de todo contexto.

Aquel albero y roca de albero, el granito rosa cordobés, el mármol de Macael, la piedra de la sierra de Elvira, la piedra ostionera de la Bahía gaditana, el granito de Gerena etc., se han convertido en materiales eliminados, dando una fisonomía etérea a pequeños rincones de nuestros pueblos que son tratados con actuaciones de falsa modernidad y en las que igualamos lugares de Andalucía con otros territorios de España fuera de todo contexto.

La sorpresa nos la llevamos cuando al cabo de los años volvemos y paseamos por estos lugares transformados por los aludidos elementos grises, con un mobiliario urbano que en infinidad de ocasiones no son aptos para las altas temperaturas del sur, se trata, a mi entender, de error de diseño de este urbanismo mal llamado “moderno” que pretende que nos parezcamos a no sé muy bien qué.

Hace unos años y, cuento este detalle como anécdota, en un Congreso internacional de patrimonio y molinología, coincidí con un equipo de urbanistas navarros que al conocer mi procedencia alcalareña, y coincidiendo en la defensa de la utilización de nuestro albero autóctono, quedaron altamente extrañados de que esta maravilla no fuera más utilizada en nuestro territorio, con la riqueza medio ambiental que ello conllevaría.

Efectivamente la utilización de materiales no adecuados nos lleva a un cambio de fisonomía e identidad de nuestros pueblos, a un cambio de hábitos, la transformación de plazas de albero por plazas duras, hace en ocasiones inviable la utilización de las mismas a determinadas horas del día, aquellas plazas con encanto como punto de encuentro de vecinos donde se desarrolla la vida social se convierte en espacios desiertos e inhóspitos por la falta de sombras con la eliminación de la masa vegetal, y encima estamos elevando los grados de temperatura de nuestro entorno más cercano.

Después estos sabios del diseño urbano, se dan cuenta del error, y acudimos como medidas de urgencia a la utilización de las tan aliadas sombras con toldos de lona que tan familiares son en Andalucía, creándose en las ciudades y pueblos una atmosfera más habitable, pero, en mi opinión hemos de pensar más en la plantación de arboleda y manta vegetal que nos aporte la auténtica sombra fresca.

Hoy en día vemos actuaciones de Ayuntamientos en espacios urbanos o rurales en los que podríamos recuperar la utilización de estos materiales tradicionales de nuestro entorno más cercano, dejándose en desuso la utilización de estos nuevos materiales para desarrollos urbanísticos en nuevos espacios más apropiados. No conviene distorsionar las raíces de nuestros pueblos, la utilización de elementos cercanos nos hace más visibles en la defensa de nuestros orígenes, de nuestro patrimonio y de nuestra historia, hemos de evitar la utilización de materiales traídos de otros puntos remotos que nos aleja de la realidad paisajística del entorno propio.

Es de elogio que en algunos pueblos y ciudades, los Ayuntamientos requieren opinión a vecinos, comerciantes, usuarios y en general a ciudadanos afectados para la elección de materiales y demás elementos urbanos previamente a una actuación  tanto de gran o pequeña transformación urbana, creando una identidad colectiva y participativa.

En mi pueblo, por desgracia, no pasa esto y hasta se olvidan del empleo de nuestro albero.

Apostemos por  acercarnos más al horizonte de la Agenda 2030 y dejemos a las generaciones futuras pueblos más habitables y más sostenibles.

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