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Cuando viajo en el tiempo a la Porvera, por los caprichos del sueño, termino siempre aterrizando en los inviernos dulces que tuve la suerte de vivir en la escuela de Angelita. Será porque las jacarandas amortiguaban las tempestades y la estrechez de la calle calmaban el paso de los coches haciéndolo todo más pacífico; será por la olorosa neblina con sabor a castaña que provenía y proviene de la Alameda Cristina y que por aquellos años —a falta de pesetas— agudizaba las pobres excusas de la pobre de mi mare que siempre me llevaba con prisas a todas partes.

Esa querencia de soñar con esta calle vendrá determinado por el gusto que tengo a esta pequeña babel jerezana donde se entrelazan sencillas conversaciones hasta formar una inocente bola del mundo a punto de estallar. Porque todos se hablan de todos pero no hay nadie que no quiera al vecino como a un hermano que decidió en su momento salir del nido; estas cavilaciones nocturnas vendrán determinadas por el cariño a sus locos de andar por casa y a sus mendigos de alta cuna y traje de lino.

En esas madrugadas de desvelo vuelvo a subirme a mi famélica Derbi Variant —y embutido en mi plumífero de ocasión tres veces más grande que yo— y espero a que mi novia de mentirijilla salga de la academia. No acababa Blanca el último escalón de la escuela de baile cuando ya huía —subido a los lomos de mi guitarra y al roído sillín de mi ciclomotor— a mi barrio y lamentándome de otra ocasión desperdiciada.

No cabe otra que soñar la Porvera porque me llenan años de zapateados; escobillas y replantes que parecían anunciar mi llegada a la academia aunque en la mayoría de los casos entraba casi sin ser visto. Faldas, lunares, cantes por seguiriyas y silencios por alegrías me servían de escondites perfectos para poder dejar reposar mi timidez y mi guitarra hasta que La Gómez se hacía cargo de mi presencia. Luego todo iba solo, de forma natural, como cogido de la mano porque es lo que tiene el arte: que invita a mirarse al espejo —todavía hoy— en un mundo donde nadie quiere contemplarse los fallos; que hace buena la regla de tres (cante, toque y baile) en estos tiempos donde se bastan dos para una guerra; que enseña a escuchar y a conversar en el lenguaje universal de las bellas artes y que sirve tanto para mudos como para charlatanes.

Me asombra cómo mi órbita —como la de los viejos planetas— sigue guiándome el camino. Contemplo a niños que rompen a bailar antes que a hablar y a adultos que rompen a conversar antes que a llorar; a extranjeros que terminan convertidos en jerezanos por convicción y a vecinos nuestros chapurreando un inglés de wellcome, a gitanos bailando las peteneras de mi hermana María y agachés disfrutando con la pataita traída del barrio de La Asunción.

Otro, en mi lugar, lo vería agotadoramente eterno. Vería un viaje sin retorno. Yo no lo veo así y menos el tiempo que estuve viviendo en Japón, Francia o esos brillantes meses malteses.

Me faltaron sus cafés lentos, el dibujo en la pared donde follan desde hace años una línea con formas de hombre y un triángulo con maneras de mujer, la tienda de antigüedades donde se hacen antiguos los hombres y sus ciegos de bastón blanco y sus crápulas de mirada perdida.

Me faltaron el 22 y sus salas moradas donde los niños —y los no tan niños— aprenden que bailar bien merece y llena toda una vida.

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