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A Pepe Torre -hermano de uno de los mayores genios que ha dado Jerez para la historia del flamenco- le aconsejaron, en un tiempo donde las cosas no le venían de cara, volver a su ciudad natal para buscarse las papas. Éste, ni corto ni perezoso, se agarró el pecho y con sus cinco sentíos, desde su calvario sevillano, gritó a los cuatro vientos que nunca más volvería a pisar la Plazuela porque “Jerez era soñarlo pero no vivirlo”. Hecho que cumplió a rajatabla porque el hermano de Manuel terminaría falleciendo en Sevilla en 1970 con la edad de 83 años.

Es cierto que Jerez entra muy bien por los ojos..., tanto que los de aquí decimos como himno que “como Jeré no hay ná” pero esta sentencia no es verdad. De hecho creo que es la única mentira que los jerezanos todavía no sabemos llevarnos a la cama porque como este achacoso Jerez, que padecemos a diario, hay tropecientos mil pueblos por lo alto..., más respetables y más astutos -que no digo sabios-.

Porque sabiduría tenemos para dar y regalar -por herencia y por descalabro de siglos- pero al tiempo escasean las luces y ese coraje que hace andar a los pueblos; de otro modo no puede entenderse cómo nos siguen lloviendo los mismos palos de siempre.

El pasado fin de semana, sin ir más lejos, mi padre me llevó a ver las tierras donde nació y se hizo un hombre. Hasta llegar a La Liebre -punto de partida de mi familia y frontera en su tiempo de nuestra ciudad- sólo hay tierra y más tierra..., un océano terrero actualmente conquistado por quijotescos molinos de viento subvencionados y un vergonzoso y perpetuo barbecho.

“¿Ves esa ventanita? En el cuarto de dentro nací yo. Y allí -me señaló con el dedo para el otro lado del valle- había un pozo junto a ese castillo moro. No había día que no tuviéramos que ir por agua desde el cortijo”. Me habló de que la finca era un hervidero de gente; de los rancheros venidos del norte que ocupaban algunas parcelas del cortijo cuando asomaba el verano; de la mina de sal que partía en dos la tierra de nadie; del río Álamo y esos inviernos en los que solamente se podía cruzar a lomos de una bestia; de la dureza que suponía tratar con los toros de lidia y llevarlos, a golpe de vara, hasta la plaza de Cádiz por la Cañada Real; de los señoritos a caballo y la gente recogiendo algodón..

“Parece que no ha pasado el tiempo” me dijo mientras se subía al coche dejando atrás el pasado que dejó atado en el tiempo. Y regresando a Jerez sólo tierra; latifundios infinitos en manos de pocos hombres como pasó siempre -y seguirá pasando- hasta que alguien grite que es injusto y que es indigno de seres humanos.

Pepe Torre tal vez lo adivinó y por eso decidió no regresar a Jerez aunque le hablaron de que la gente de los campos ya no cogía algodón con las manos y que los señoritos habían dejado de montar a caballo. No regresó porque intuyó que, a pesar del traje nuevo de la democracia, Jerez seguiría jugando sus únicas cartas y que más temprano que tarde se vendría abajo como sucede con toda baraja que se sostiene en dos únicos naipes: el terrateniente de oro y el bufón refinado.

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