David Uclés, Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra, con el cartel del ciclo de Fundación Cajasol, que preside Antonio Pulido.
David Uclés, Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra, con el cartel del ciclo de Fundación Cajasol, que preside Antonio Pulido.

Prometo que no tenía ninguna gana de opinar sobre el tema. Me da pereza el bucle en el que hemos entrado de hablar de todo y todo el tiempo como si fuéramos expertos y como si nuestro dictamen fuera imprescindible para entender el estado de la cuestión. Y, a pesar de todo esto, aquí me encuentro escribiendo sobre algo que me parece obvio y que, sin embargo, ha vuelto a ser polémico a cuenta de unas jornadas. No, la guerra no la perdimos todos, aunque coincidiendo con David Uclés, sí la sufrimos todos. Y mira que lo último que hubiera querido es hablar del famoso escritor ubetense, Arturo Pérez Reverte o Jesús Vigorra.

Escribo porque el tema salió de manera relajada en una cena de amigos y tal como vino, se fue. El Carnaval de Cádiz ocupó el siguiente tema de debate, pero a mí esa conversación me dejó dándole vueltas al escuchar ideas-conceptos-palabras que siguen estando en el imaginario colectivo y que, a pesar de las evidencias, investigaciones o testimonios de los familiares de las víctimas, volví anoche a escuchar. 

Más de una década entrevistando a familiares, historiadores, arqueólogos o antropólogos y visitando fosas comunes y, por supuesto, leyendo, no me convierten en experta de nada, pero sí me ha dado una medida de las cosas para decir que no, no la perdimos todos. Algunos, ganaron y mucho.

Por supuesto, que una guerra es un fracaso de la humanidad, un acto execrable que se lleva por delante la vida de mucha gente que, curiosamente, suele ser la más humilde. Pero mientras que se siga entendiendo que la Guerra Civil española fue un enfrentamiento entre hermanos y no la consecuencia de un Golpe de Estado de unos militares que fracasó y derivó en una guerra, los problemas seguirán ahí. Así que anoche volví a escuchar esa teoría de la equidistancia que iguala a unas víctimas con otras, especialmente, una vez terminada la Guerra.

Curioso que mis argumentos sobre las diferencias entre unas víctimas y otras fueran tachados de “materialistas”. Y claro que había razones materiales. Si no, que se lo digan a los franquistas.

En estos casos, me vienen siempre a la cabeza las palabras de la historiadora gaditana Alicia Domínguez Pérez, autora de la obra fundamental El verano que trajo un largo invierno, y una de las protagonistas de nuestro documental Las víctimas sin llanto, en donde decía  (y cito de memoria y casi con las palabras exactas): “es cierto que hubo víctimas en los dos bandos, pero cómo se quedaron las víctimas del bando republicano no tiene nada que ver con la situación en la que se quedaron las víctimas del bando del Glorioso Movimiento Nacional. Para las víctimas del Glorioso Movimiento Nacional hubo pensiones, reconocimientos. Sin embargo, las víctimas del bando republicano tuvieron que acudir al Auxilio Social, tuvieron que echar mano de la caridad que habían instituido los que habían matado a su padre, a su hijo o al marido. Yo me pongo en el lugar de esas personas y tuvo que ser muy duro”. 

Se perdieron vidas (aunque no en la misma proporción) pero lo que vino después fue muy distinto y muy duro según donde estuvieses. Si no, que se lo pregunten a María que, con seis años, vio cómo a su padre se lo llevaban unos falangistas a punta de pistola para nunca verlo más. Lo que sí vio María fue a su madre deslomarse para poder sacar a ella y a sus hermanos adelante, dejando su casa por no poder pagarla, meterse en un cuartucho los seis, echar ‘medios días’ y dedicarse al estraperlo para dar de comer a sus hijos. Lo que sí tuvo que vivir fue una adolescencia adelantada y criar desde los seis años a sus hermanos, aprender a cocinar y esperar aterrada a que la Guardia Civil no hubiera pillado a su madre y se la hubiera llevado presa. 

Por el contrario, en estos años también he escuchado testimonios como el de una profesora de Historia de un instituto público que lamentaba que su familia también había sufrido pérdidas: dos criadas que ya no sirvieron más en casa de sus abuelos por la merma de recursos económicos. Literal.

Pero sigamos con lo material. Los que ganaron la guerra no sólo mataban al contrario. También se hacían con sus bienes. Y si no que le pregunten a Paqui Maqueda, bisnieta de un fusilado y desaparecido, cuyos tres hijos sufrieron cárcel y cuya casa fue incautada por Queipo de Llano. Y como la familia Maqueda, cuántos tuvieron que vivir viendo cómo los que ganaron la guerra también se quedaron con sus casas. 

O a las empresas que utilizaron a presos republicanos como mano de obra esclava. Banús HermanosSan Román, Agromán o Dragados y Construcciones han sido señaladas como algunas de estas empresas que se lucraron de este trabajo esclavo. El historiador gaditano José Luis Gutiérrez Molina ha cifrado en más de 400.000 presos, 100.000 en Andalucía, los que fueron utilizados para trabajos forzados. Por supuesto, no sólo en empresas privadas, sino también en públicas con construcciones tan conocidas como el Canal de los Presos en Sevilla, levantado a pulso por todos ellos.  

Y en este listado de lugares comunes de esa improvisada conversación, dio tiempo, cómo no, para que saliera Paracuellos. Lógico cuando se habla de la Guerra Civil, dada la atrocidad y el número de fusilados, pero siempre como argumento del tú más cuando la realidad es que vivimos en un país que es una gran fosa común, con más de 6.000 fosas repartidas por todo el territorio. Un territorio, donde hubo zonas, como la nuestra, donde no hubo guerra, donde no hubo ese enfrentamiento entre hermanos del que tanto gusta hablar. Donde las matanzas fueron indiscriminadas y preventivas para evitar cualquier levantamiento popular.

Lo más preocupante, lo que no me he podido quitar de la cabeza es la aceptación de que la guerra terminó en 1939 y que, a la vez, se reprochara a Uclés, en este caso, que considere que el fin de la contienda no llegó hasta 1975. Es decir, que después de que se terminara la guerra entre hermanos donde todos perdimos, ya fue todo paz. Como si nunca hubiera existido una dictadura. Como si no se siguiera encarcelando, persiguiendo o ejecutando al que o a la que pensara diferente de esa nueva España.

Explicar por enésima vez que exhumar a personas fusiladas, entregar los restos a sus familias, restituir su honor, anular condenas falsas, recuperar sus bienes es una cuestión de derechos humanos y de justicia, a veces, resulta muy agotador y descorazonador. En estos tiempos, además te coloca en una posición peligrosa, aunque no me dé miedo, pero me molesta que, en un estado democrático, se considere este postura como sectaria o favor de una parte cuando, simplemente, se trata de derechos humanos. 

Me dejo en el tintero, episodios como la Desbandá, el bombardeo de La Sauceda con la consiguiente destrucción del pueblo, el robo de todo lo que encontraron y la detención y posterior fusilamiento de sus vecinos en el Cortijo del Marrufo. No entro en profundidad tampoco en hablar de   la Retirada, por la que medio millón de españoles tuvieron que huir a Francia por los Pirineos, el bombardeo de Gernika, la masacre de Badajoz, el fusilamiento de las 13 rosas, la fosa de las mujeres de Grazalema, el hacinamiento y crueldad del Penal de El Puerto, los campos de concentración franquistas o los barcos del exilio como el Stanbrook o el Winnipeg.

No hace falta decir más. Es mejor, ver una fosa. Ver los cadáveres, los agujeros en el cráneo, las manos atadas, descubrir qué pasó luego con sus familias. La intrahistoria que se esconde detrás de cada fusilamiento que ha sido la inquietud que siempre me ha perseguido y movido a contar en estos años aquellos episodios.

El cine, “sí otra película de la Guerra Civil”, fue mi puerta de entrada a una realidad totalmente desconocida para mí por la falta de educación, desconocimiento y el franquismo sociológico que, desgraciadamente, se repiten hoy en día. Y vuelve a mi memoria la mítica escena final entre un jovencísimo Gabino Diego y Agustín González, como su padre en Las bicicletas son para el verano.

  • “Y mamá que estaba tan contenta porque había llegado la paz”
  • “Es que no ha llegado la paz, Luis. Ha llegado la victoria”. 

La victoria de los que ganaron. 

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