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Cuando una soga limita tu vida o tu muerte todo lo que se encuentra alrededor es como si flotase. Igual que una de esas terrosas serpientes de campo que, ayudadas por la viscosa corriente del canal, nos adelantaba rozando nuestras cabezas que teníamos sumergidas hasta la línea de los ojos. Todo era cielo, pupila y agua.

Insectos de otros mundos y ratas muertas.., eran la otra fauna arrastrada hacia aquel agujero negro que se abría a unos escasos veinte metros de donde nos lanzábamos cada verano; un trecho del canal que limpiábamos y arreglábamos a conciencia en mayo para que nos durase decente hasta el final de agosto.., días en los que el limo y la basura del hombre ya se hacían con aquel pedazo de canalón que habíamos hecho nuestro a base de empujones, refrescos de casera y cortes en las plantas de los pies.

Una cuerda delimitaba el juego de la tragedia. Una cuerda que atravesaba el cauce, de un lado a otro, y a la que nos agarrábamos para salir y escapar de aquella boca negra -hecha caño- que tragaba todo indiscriminadamente hasta no sé dónde.

Hasta aquel día -que ahora relataré-sólo había tenido miedo al pozo que mi padre tenía en Cuartillos; un pozo abierto en medio del maizal, sin filo y muy profundo, el cual temía más seco que en años de abundancia.., ya que si estaba vacío veía aquel fondo infinito con sus animales tristes y pequeños clavados en el barro.

Pero aquella tarde de julio -aquel fue mi ultimo verano- alguien levantó la cuerda que dividía la vida y la muerte y acabé siendo arrastrado por la corriente.

Mis manos no se izaron lo suficiente, las risas pesaban más que el aire, el agua se precipitaba a una velocidad de vértigo, mi cuerpo de trece años -trece- adelantaba a las ratas que días antes se habían ahogado a decenas de kilómetros de allí.., de nuestro trozo de canal de hormigón y jaramago.

Y yo relinché como lo hizo en su momento el caballo de Picasso y me agarré a las cañas como el camaleón se abraza a la espiga para cazar moscas y nadé para poder salvarme como los ranos juguetean sobre el charco para continuar su especie.., pero se me iba sin remedio la vida por la boca hasta que una mano se hizo con mi brazo y comenzó a sacarme de aquel torbellino de agua que ya empezaba a formarse alrededor de mis muslos.

Una mano.., me bastó sólo una mano.



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