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El Lido, a esa última hora de la tarde y contemplado desde la puerta al mar de la plaza de San Marcos, ya era una fangosa línea roja en el horizonte; una barra sangrienta salpicada de bañistas silenciosos que desgraciadamente no sabían tatarear el lastimoso adagietto de Malher. Si se hubieran lanzado a conocerlo y entonarlo al mismo tiempo estoy seguro que el rumor apocalíptico habría llegado a los oídos de toda la ciudad y de aquella pareja de amantes que, ajenos a la tormenta y cogidos de la mano, disfrutaban del infinito vaivén de las góndolas bajo las tripas del milenario león alado.

Los bañistas del mar dulce no supieron proclamarlo pero las campanas de Venecia, acostumbradas al desastre, anunciaron hecatombe y los agotados y últimos turistas del planeta comenzaron a refugiarse en sus respectivos hoteles; todos comprendieron, al ver al cielo arder, que esa noche la ciudad desaparecería para siempre bajo las aguas; que nadie lograría salir con vida de aquel feroz huracán de verano roto que ya comenzaba a devastar la cercana isla de Murano.

Todos los sin corazón huyeron a sus habitaciones salvo la pareja y unos pocos músicos de viento y cuerda que, bajo la arquería de la plaza, continuaron tocando obras de Vivaldi; un trío musical de nobles fantasmas con ánimo de perpetuarse en lo que sería la última fiesta veneciana.

Con el cielo lleno de humo y de cristales rotos la extraña pareja comenzó a andar lentamente hasta los pies de la Torre del Reloj mientras sus dos moros de hierro seguían martilleando el cobre de la campana hasta fundirla en aquella escena del Tintoretto más confuso.

Todo. Lluvia y cobre. La última noche del mundo y de aquel cielo estrellado enclaustrado celosamente en la esfera azul del reloj de los navegantes. La primera de sus madrugadas.

No habían todavía acabado de tocar los músicos cuando la plaza ya se había convertido en una improvisada laguna de un palmo de agua sin peces; en un lujoso salón de baile sin ventanales donde los dos amantes bailaron, sin máscaras y hasta el amanecer, los postreros compases que se oirían en el mundo de los muertos. Sólo cuando dejaron de bailar los nidos anaranjados de los farolas se fueron apagando hasta dejar la plaza a oscuras... ocultando la marcha de los enamorados.

Quedaron a solas la tormenta y dos sombras de viejo espanto; los dos trajes de sombra y cháchara que los amantes tuvieron la valentía de abandonar a su suerte en aquel furtivo mar de verano que horas más tarde terminaría devorándose a sí mismo... como ocurrirá y aconteció siempre con lo maldito.

(Dedicado a mis amigos Rafael y Pepa)

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