El penúltimo vaquero del campo andaluz

José Antonio Macías gestiona una explotación ganadera en El Torno, una ELA de Jerez donde antes había una veintena vaqueros. Los escasos beneficios que consigue, alerta, lo terminarán abocando al cierre

El vaquero José Antonio Macías, junto a sus vacas, en El Torno.
El vaquero José Antonio Macías, junto a sus vacas, en El Torno. JUAN CARLOS TORO

Antes de llegar a la Entidad Local Autónoma (ELA) de El Torno, en el extenso término municipal de Jerez, hay que circular muy despacio por una estrecha carretera, llena de baches, para girar a la derecha, antes de cruzar sobre el río Guadalete y llegar así a la explotación ganadera de José Antonio Macías, de 50 años. Antes que él, la gestionó su padre, y antes el padre de éste, abuelo de José Antonio. Ya son tres generaciones de vaqueros... y siete generaciones de vacas, ya que conserva la estirpe de las primeras que tuvo la familia. 

A lo lejos, antes de llegar, se vislumbra a las vacas, en un cercado dentro del que interactúan entre ellas, duermen y comen. Las más afortunadas, cogen sitio debajo del techo de chapa que hay en un extremo, junto a los restos de muro del antiguo cortijo que ocupaba estas tierras. Unas sacan la cabeza por el vallado para alcanzar las zanahorias que hay amontonadas junto a la entrada a la finca. Otras están tumbadas o, simplemente, andan un poco. José Antonio llega montado en un tractor. Polar gris, camisa a cuadros, pantalones oscuros y botas de agua, llenas de barro. Su outfit habitual. De hecho, pasa la mayor parte de su vida junto a sus vacas. Entre diez y doce horas diarias, calcula. Cuando no más. 

El cercado con las vacas, un gran garaje para la maquinaria agrícola, la sala de ordeño y otra sala con un tanque se acumulan los litros de leche que, cada día, producen los animales, componen las instalaciones. El centenar de vacas que tiene José Antonio —aunque solo unas 40 producen leche— le proporcionan unos 850 litros diarios, aproximadamente. En otras fincas que cuida, produce alimento para ellas, para intentar ahorrar costes. Pero es difícil con la luz, el gasoil o el pienso por las nubes. 

El vaquero José Antonio Macías, junto a sus vacas, en El Torno.
El vaquero José Antonio Macías. JUAN CARLOS TORO

"No es un buen negocio ahora mismo", señala Macías. "Hay que vender la explotación... eso o reventar". Si no es ahora, en unos pocos años confirma que lo dejará. No puede más. Después de trece años como vaquero, dejándose la piel en la explotación, cuidando y mimando a sus vacas para que produzcan buena leche, ha llegado a la conclusión de que "no merece la pena". A final de mes, una vez que paga seguros sociales, sueldos y gastos fijos, se queda con una cantidad que oscila entre los 500 y 1.000 euros. "Pero es ilusorio, cuando pasa el tiempo hay que pagar un recibo de agua, arreglar una avería... y se te va", relata. 

El mayor gasto que tiene es el pienso. Cada mes, le dedica unos 4.000 euros a este fin. "Ha tenido una subida muy grande", asegura, "nos quedan muy pocos beneficios". Y eso siempre que "no pase nada", aunque "siempre pasa algo". Organizaciones como UPA y COAG ya han alertado de que "ciertas industrias lácteas están abocando a la ruina a las explotaciones ganaderas de leche". Unas 700 granjas lecheras echaron el cierre en España durante 2019, último año del que se tienen datos. 

Al bajo precio que le pagan a los ganadero por la leche —en torno a 33 céntimos por litro, un 5,7% menos que la media europea—, hay que sumar el descenso del precio de la carne, que bajó recientemente su precio entre 40 céntimos y un euro por kilo. Los beneficios cada vez más bajos, y los costes, más altos. La energía, imprescindible para que funcionen las salas de ordeño o para refrigerar la leche en los tanques, ha sufrido un importante aumento este principio de año, en pleno temporal, aunque en las últimas semanas ha bajado. Los piensos, que suponen entre el 60 y el 70% de los costes totales de una explotación ganadera, han aumentado su precio entre 20 y 30 euros por tonelada.

"Hace poco hasta pensé en alquilar la parcela de mi vecino, para producir comida para las vacas y no depender tanto de la subida del pienso", cuenta José Antonio, "pero me lo pensé mejor". A sus 50 años, tiene dolores de todo tipo. "Esta noche me ha costado dormir", cuenta cuando lavozdelsur.es visita su explotación. "Un día me duelen los hombros, otro día el aductor... Estoy hecho una mierda", expresa. Hace un mes recibió la patada de una vaca, en el pecho, cuando estaba en la sala de ordeño. El doctor le propuso darse de baja. Ni se lo pensó. "¿Cómo me voy a dar de baja? ¿Y quién cuida de esto?".

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José Antonio enseña el tanque donde acumula la leche de sus vacas.  JUAN CARLOS TORO

"Siempre conocí las vacas", dice José Antonio, hijo y nieto de vaqueros. Eso sí, antes probó en otros sectores. Estuvo trabajando unos años en un hotel de Canarias, por ejemplo. "A mí me gusta", señala, "pero no puedes meterte desde chico porque te quemas. Tienes que trabajar en otro sitio, de lo que sea, y cuando veas lo que es el mundo, compruebas que lo que te gusta es esto", señala. Eso hizo, pero su paciencia, por mucho que le guste, tiene un límite. 

"Durante el confinamiento estuvimos trabajando todos los días", recuerda. Los trabajos esenciales como el suyo no se interrumpieron para que, en su caso, no faltara leche en la nevera de unos ciudadanos que estaban confinados por el virus. "Estábamos como ahora, que no ves a nadie por aquí", dice José Antonio, que se sometió a controles sanitarios y realizó una inversión para tenerlo todo en regla. Todo para que en diciembre "bajara el precio de la leche", apunta. "Vamos a cobrar la leche al mismo precio que el año pasado", incide. Por 1.000 litros de leche cobra 330 euros. El mismo precio tras aumentar costes... Las cuentas no le salen.  

La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) confirmó, a mediados de 2019, la sanción de 80,6 millones de euros a ocho empresas y dos asociaciones del sector lácteo por pactar los precios. El organismo de control argumentó que los sancionados intercambiaban información que les permitía coordinar estrategias comerciales en detrimento de los intereses de los ganaderos, a los que impedían fijar sus propios precios, entre los años 2000 y 2013. Vaqueros como José Antonio Macías son los perjudicados por estas prácticas, que les quitan las ganas de seguir. Muchas veces lo consiguen. "Estoy decidido a dejarlo y dedicarme a la agricultura", confirma.

Cada mañana, sobre las seis, José Antonio llega a su explotación ganadera, echa de comer a las vacas, que empiezan a levantarse, y a pasar por la sala de ordeño. Cuando acaba, se encarga de las múltiples tareas que le requiere la finca. Por la tarde, ordeña de nuevo. Así, todos los días. "Los fines de semana vengo solo, para poder librar un día a la semana harían falta tres personas", cuenta, pero no tiene beneficios suficientes para permitírselo. "A la comunión de mi hijo fui el último en llegar", recuerda. "Entré, nos hicimos una foto y me vine a ordeñar", dice, a modo de ejemplo. La expectativa es que el futuro será aún más negro. "¿Y todo eso para qué?", se pregunta.

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El vaquero José Antonio Macías pasa doce horas diarias junto a sus vacas.  JUAN CARLOS TORO
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Las botas de José Antonio, llenas de barro.  JUAN CARLOS TORO

Durante su infancia, cuando ya hacía sus pinitos cuidando vacas, recuerda que había una veintena de vaqueros en El Torno, que se han ido retirando, con el paso de los años, sin que nadie coja el testigo. "Yo le echo la culpa al Gobierno de turno", dice Macías. "Esto es materia prima y nos están ahogando". Las organizaciones agrarias y ganaderas comparten el diagnóstico de José Antonio, y señalan que las industrias lácteas ofrecen contratos que están fuera de lo que marca la Ley de Cadena Alimentaria, ya que no cubren el coste efectivo de producción y "provocan la destrucción del valor en el primer eslabón de la cadena".

"Estas condiciones son inasumibles para los ganaderos, puesto que con los precios presentados no pueden hacer frente a los incrementos de los costes de producción. Además, no tienen margen para la modificación de las cotizaciones que perciben, puesto que muchos de los contratos son a precio fijo por periodos de un año", insisten las organizaciones. "Consideramos necesario que todas las industrias lácteas cumplan con lo que exige la Ley, y tengan en cuenta estos costes para elaborar los presupuestos de compra de la leche que necesitan, evitando así llevar a la ruina y a la desaparición a los productores". Quieren que se ponga en valor la Ley, que entró en vigor a finales de 2020, como "herramienta válida para establecer unos precios mínimos en todos los eslabones de producción". José Antonio Macías y sus compañeros, llegado el caso, lo agradecerán.

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