Los últimos pisadores de algodón en las marismas de Lebrija: "La juventud se aburre porque esto quema"
Francisco lleva casi 30 años ligado al oficio de compactar, pisada a pisada, las fibras de algodón que posteriormente se transportan para su tratamiento en las desmotadoras. La de 2026 puede ser una de sus últimas campañas debido a la falta de mano de obra y a la mayor mecanización del campo
Francisco, de 44 años, pisador de algodón, en un remolque en las marismas de Lebrija. -
Francisco, 44 años, está pisando algodón cuando llegamos. Es mediodía en uno de los muchos campos que han cultivado algodón en las marismas de Lebrija. A su alrededor, camiones descargan la cosecha y él reparte las fibras con los pies, una y otra vez, hasta conseguir que el algodón se compacte y quepa la mayor cantidad posible en un remolque que irá a parar a la cooperativa de Las Marismas. Él, cuerpo enjuto, luce un moreno marcado por las largas horas al sol, señal de que hablamos de un trabajo de fuerza, repetitivo, de esos que se aprenden con los años y que dejan huella en el cuerpo.
Esta campaña que toca a su fin tiene algo distinto. Un halo melancólico. Junto a los camiones ya hay una máquina preparada para hacer lo mismo que él. "Si los cacharros estos funcionan, es probable que sea la última", dice Francisco. No lo cuenta con dramatismo, pero tampoco con indiferencia. Sabe que su oficio está desapareciendo y que quizá él y sus pocos compañeros sean los últimos en ejercerlo. La modernización del campo, que durante décadas ha ido cambiando la manera de cultivar y recoger el algodón, ha llegado ahora hasta el lugar donde se prepara la carga para su traslado.
Francisco lleva trabajando en el campo desde los 16 años, aunque su relación con el algodón viene de mucho antes. "Yo de chiquitito, con cuatro o cinco años, recuerdo ver a mi padre y a la gente cogiendo el algodón a mano".
El oficio de pisador exige algo más que estar muchas horas de pie. Hay que repartir el algodón de manera uniforme, controlar cómo se va acumulando y compactarlo para aprovechar la capacidad del remolque. El secreto, si es que lo hay, consiste en "pisar, repartir, pisar, repartir, pisar… Así hasta que se llena la canasta", explica.
La máquina compactadora de algodón, en el centro, junto a una cosechadora.
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JUAN CARLOS TORO
En un remolque pueden llegar a entrar hasta 7.000 kilos de algodón, dependiendo de sus condiciones y de cómo se vaya acomodando. La tarea puede resolverse en unas pocas descargas si la carga y la máquina lo permiten, pero el trabajo no termina cuando se completa un remolque.
"Aquí hora no hay. Sabemos cuándo entramos, pero no a qué hora salimos", resume Francisco. Su trabajo comienza temprano y el ritmo depende de la llegada de los vehículos y del volumen de kilos de algodón. Es una ocupación que exige resistencia física. "Como estés mal de la espalda no aguantas ni un día", advierte.
Cuando Francisco comenzó a pisar algodón, había más trabajadores por remolque. "Éramos cuatro pisando el algodón, ahora somos dos o uno", indica. Cuesta encontrar mano de obra para un trabajo en el que prima el esfuerzo físico. "La gente se hace mayor y los jóvenes se aburren porque esto es una cosa que te quema mucho. La juventud quiere poquitas horas y ganar mucho dinero". De ahí la incorporación de nuevos equipos y máquinas para solventar la dificultad de encontrar trabajadores y mantener el sistema tradicional de pisado.
Por eso, cuando habla de la desaparición de los pisadores, Francisco tampoco describe su trabajo de una manera romántica y que deba conservarse a toda costa. Entiende que el campo cambia y que las máquinas terminan ocupando tareas que antes dependían de las personas. "Como esto no se actualice, te quedas atrás", afirma, pero tampoco oculta que, cuando el oficio se pierda, "lo echaré de menos".
Del algodón recogido a mano a las máquinas
José María López Rueda, técnico de la cooperativa Las Marismas de Lebrija, conoce esa transformación de la agricultura desde otra perspectiva. Tiene 57 años y también recuerda haber recogido algodón a mano cuando era pequeño. Su familia era agricultora y, durante la campaña, el trabajo llegaba a condicionar incluso la asistencia al colegio de los más pequeños.
Francisco, repartiendo el algodón en un remolque.
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JUAN CARLOS TORO
"De pequeñito nos quitaban del cole para poder hacer la campañita", cuenta. Recogían el algodón flor a flor, con una especie de mochila en la que iban depositando las fibras. "El que tenía las manos más ligeritas era el que cogía más kilos", recuerda.
En aquella época, la recolección necesitaba muchísima mano de obra. A la marisma llegaban trabajadores de distintos lugares y muchos se alojaban en pequeños barracones durante los meses de campaña. El algodón se recogía desde septiembre hasta enero, muy lejos de las pocas semanas que puede necesitar hoy una explotación mecanizada.
"Una familia cogía para poder sobrevivir unos pocos de meses", explica López Rueda. Aquellos trabajadores enlazaban una campaña con otra. Cuando terminaba el algodón, podían empezar con la aceituna o con otros cultivos. El campo marcaba el calendario laboral de muchas familias y la recolección del algodón constituía una fuente de ingresos fundamental.
La mecanización fue desplazando aquel sistema de forma progresiva. Las primeras máquinas llegaron a la zona hace décadas, "probablemente en los años ochenta, o antes", comenta López Rueda sin recordar la fecha exacta. Sí recuerda que "cuando entraron las máquinas, la gente hacía manifestaciones porque no querían perder el trabajo".
Francisco, pisando algodón en un remolque, días atrás.
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JUAN CARLOS TORO
Con el tiempo, la tecnología se impuso. La recolección manual fue desapareciendo y el campo cambió de arriba abajo. De las cosechadoras que llegaron a finales del siglo XX hemos pasado a drones que realizan fumigaciones, o sistemas de riego que pueden programarse con un móvil, explica José María. Ahora pasa igual con la compactación del algodón que llega a los remolques, que se realiza a medias entre los pisadores y las máquinas que los acabarán sustituyendo en un futuro cada vez más cercano.
La última pisada
El algodón que se acumula estos días en las naves de la Cooperativa Las Marismas es el resultado de meses de trabajo que ya tocan a su fin. Para Francisco, cada remolque que pisa es también una cuenta atrás. De hecho, se lo recuerda la máquina que, a pocos metros suya, aguarda para compactar el algodón que, por falta de tiempo o fuerzas, no pueda pisar.
Algodón Marismas Lebrija, reportaje pisadores
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JUAN CARLOS TORO
Francisco volverá al campo, como ha hecho toda su vida. Lo que no sabe es si el próximo otoño seguirá pisando algodón. "Si los cacharros estos funcionan, es probable que sea la última campaña", repite.
Y esa incertidumbre, más que cualquier cifra oficial de la campaña, es la que anuncia el final de un oficio.
Francisco, 44 años, está pisando algodón cuando llegamos. Es mediodía en uno de los muchos campos que han cultivado algodón en las marismas de Lebrija. A su alrededor, camiones descargan la cosecha y él reparte las fibras con los pies, una y otra vez, hasta conseguir que el algodón se compacte y quepa la mayor cantidad posible en un remolque que irá a parar a la cooperativa de Las Marismas. Él, cuerpo enjuto, luce un moreno marcado por las largas horas al sol, señal de que hablamos de un trabajo de fuerza, repetitivo, de esos que se aprenden con los años y que dejan huella en el cuerpo.
Esta campaña que toca a su fin tiene algo distinto. Un halo melancólico. Junto a los camiones ya hay una máquina preparada para hacer lo mismo que él. "Si los cacharros estos funcionan, es probable que sea la última", dice Francisco. No lo cuenta con dramatismo, pero tampoco con indiferencia. Sabe que su oficio está desapareciendo y que quizá él y sus pocos compañeros sean los últimos en ejercerlo. La modernización del campo, que durante décadas ha ido cambiando la manera de cultivar y recoger el algodón, ha llegado ahora hasta el lugar donde se prepara la carga para su traslado.
Francisco lleva trabajando en el campo desde los 16 años, aunque su relación con el algodón viene de mucho antes. "Yo de chiquitito, con cuatro o cinco años, recuerdo ver a mi padre y a la gente cogiendo el algodón a mano".
El oficio de pisador exige algo más que estar muchas horas de pie. Hay que repartir el algodón de manera uniforme, controlar cómo se va acumulando y compactarlo para aprovechar la capacidad del remolque. El secreto, si es que lo hay, consiste en "pisar, repartir, pisar, repartir, pisar… Así hasta que se llena la canasta", explica.
La máquina compactadora de algodón, en el centro, junto a una cosechadora.
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JUAN CARLOS TORO
En un remolque pueden llegar a entrar hasta 7.000 kilos de algodón, dependiendo de sus condiciones y de cómo se vaya acomodando. La tarea puede resolverse en unas pocas descargas si la carga y la máquina lo permiten, pero el trabajo no termina cuando se completa un remolque.
"Aquí hora no hay. Sabemos cuándo entramos, pero no a qué hora salimos", resume Francisco. Su trabajo comienza temprano y el ritmo depende de la llegada de los vehículos y del volumen de kilos de algodón. Es una ocupación que exige resistencia física. "Como estés mal de la espalda no aguantas ni un día", advierte.
Cuando Francisco comenzó a pisar algodón, había más trabajadores por remolque. "Éramos cuatro pisando el algodón, ahora somos dos o uno", indica. Cuesta encontrar mano de obra para un trabajo en el que prima el esfuerzo físico. "La gente se hace mayor y los jóvenes se aburren porque esto es una cosa que te quema mucho. La juventud quiere poquitas horas y ganar mucho dinero". De ahí la incorporación de nuevos equipos y máquinas para solventar la dificultad de encontrar trabajadores y mantener el sistema tradicional de pisado.
Por eso, cuando habla de la desaparición de los pisadores, Francisco tampoco describe su trabajo de una manera romántica y que deba conservarse a toda costa. Entiende que el campo cambia y que las máquinas terminan ocupando tareas que antes dependían de las personas. "Como esto no se actualice, te quedas atrás", afirma, pero tampoco oculta que, cuando el oficio se pierda, "lo echaré de menos".
Del algodón recogido a mano a las máquinas
José María López Rueda, técnico de la cooperativa Las Marismas de Lebrija, conoce esa transformación de la agricultura desde otra perspectiva. Tiene 57 años y también recuerda haber recogido algodón a mano cuando era pequeño. Su familia era agricultora y, durante la campaña, el trabajo llegaba a condicionar incluso la asistencia al colegio de los más pequeños.
Francisco, repartiendo el algodón en un remolque.
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JUAN CARLOS TORO
"De pequeñito nos quitaban del cole para poder hacer la campañita", cuenta. Recogían el algodón flor a flor, con una especie de mochila en la que iban depositando las fibras. "El que tenía las manos más ligeritas era el que cogía más kilos", recuerda.
En aquella época, la recolección necesitaba muchísima mano de obra. A la marisma llegaban trabajadores de distintos lugares y muchos se alojaban en pequeños barracones durante los meses de campaña. El algodón se recogía desde septiembre hasta enero, muy lejos de las pocas semanas que puede necesitar hoy una explotación mecanizada.
"Una familia cogía para poder sobrevivir unos pocos de meses", explica López Rueda. Aquellos trabajadores enlazaban una campaña con otra. Cuando terminaba el algodón, podían empezar con la aceituna o con otros cultivos. El campo marcaba el calendario laboral de muchas familias y la recolección del algodón constituía una fuente de ingresos fundamental.
La mecanización fue desplazando aquel sistema de forma progresiva. Las primeras máquinas llegaron a la zona hace décadas, "probablemente en los años ochenta, o antes", comenta López Rueda sin recordar la fecha exacta. Sí recuerda que "cuando entraron las máquinas, la gente hacía manifestaciones porque no querían perder el trabajo".
Francisco, pisando algodón en un remolque, días atrás.
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JUAN CARLOS TORO
Con el tiempo, la tecnología se impuso. La recolección manual fue desapareciendo y el campo cambió de arriba abajo. De las cosechadoras que llegaron a finales del siglo XX hemos pasado a drones que realizan fumigaciones, o sistemas de riego que pueden programarse con un móvil, explica José María. Ahora pasa igual con la compactación del algodón que llega a los remolques, que se realiza a medias entre los pisadores y las máquinas que los acabarán sustituyendo en un futuro cada vez más cercano.
La última pisada
El algodón que se acumula estos días en las naves de la Cooperativa Las Marismas es el resultado de meses de trabajo que ya tocan a su fin. Para Francisco, cada remolque que pisa es también una cuenta atrás. De hecho, se lo recuerda la máquina que, a pocos metros suya, aguarda para compactar el algodón que, por falta de tiempo o fuerzas, no pueda pisar.
Algodón Marismas Lebrija, reportaje pisadores
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JUAN CARLOS TORO
Francisco volverá al campo, como ha hecho toda su vida. Lo que no sabe es si el próximo otoño seguirá pisando algodón. "Si los cacharros estos funcionan, es probable que sea la última campaña", repite.
Y esa incertidumbre, más que cualquier cifra oficial de la campaña, es la que anuncia el final de un oficio.
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