El algodón andaluz que viste al mundo busca su futuro: "Una buena cosecha no garantiza la rentabilidad"
La cooperativa Las Marismas de Lebrija valora la campaña de 2026, que deja buenas perspectivas de producción, pero el cultivo ha perdido casi un tercio de su superficie en siete años
Trabajadores de la Cooperativa Las Marismas, de Lebrija, manipulando algodón antes de pasar por la desmotadora. -
En la carretera que une Trebujena con Lebrija, el algodón no solo se divisa en el campo. Miles de pequeñas fibras blancas, que han escapado de los camiones que recolectan este cultivo, quedan pegadas al asfalto, prendidas en la vegetación que ocupa los márgenes de la vía o en las entradas de los caminos agrícolas.
Una de las muchas montañas de algodón que se concentran en la cooperativa de Las Marismas, de Lebrija.
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JUAN CARLOS TORO
También las hay desperdigadas por las calles del polígono industrial donde se encuentran las instalaciones de la Cooperativa Las Marismas, punto al que llega un gran porcentaje de todo el algodón que se recoge en la provincia de Sevilla. Es el rastro de una campaña que entra en su recta final, el camino que sigue un cultivo que, antes de convertirse en hilo y después en ropa, pasa por las manos del agricultor, por la caja de un camión y por las máquinas de una desmotadora.
A mediados de octubre, cuando realizamos este reportaje, el movimiento de tractores, camiones y personal demuestra que estos no son días cualquiera. En las parcelas, las máquinas avanzan entre las plantas recogiendo el algodón, mientras que en la cooperativa lebrijana las entradas y salidas de vehículos se suceden durante buena parte de la jornada. En el interior, el algodón se acumula en naves formando grandes montañas blancas que, vistas desde lejos, podrían pasar perfectamente por nieve. La imagen, para un neófito en la materia como el que suscribe, es espectacular.
Algodón, en balas, a la espera de ser tratado en la desmotadora.
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JUAN CARLOS TORO
La campaña de 2026 se ha producido después de una primavera y un verano favorables, con suficiente disponibilidad de agua tras las lluvias del pasado invierno y sin plagas que hayan afectado al cultivo. Pero el blanco que cubre las instalaciones de Lebrija no oculta que Andalucía cultive cada vez menos algodón. Y si bien la cosecha de este año es buena, el futuro del cultivo puede continuar reduciéndose en años venideros.
En cifras, Andalucía ha pasado de las 66.107 hectáreas de algodón de 2019 a las 45.630 en la campaña de 2026, lo que significa que en apenas siete años la superficie se ha reducido alrededor de un 31%. La previsión de producción de la Junta de Andalucía para este año, sin embargo, alcanza las 120.700 toneladas, un 7,3% más que en 2025.
Detrás de esa aparente contradicción de menor tierra cultivada pero mayor cantidad están las condiciones que se dan en cada campaña, los rendimientos de las parcelas y, sobre todo, la pregunta de si las cuentas le seguirán saliendo al agricultor el año que viene.
Una cosecha que llega a buen puerto
El algodón forma parte de la historia agrícola de Andalucía desde hace décadas. Su expansión se produjo especialmente a partir de los años cuarenta del pasado siglo y alcanzó grandes dimensiones en los años sesenta, cuando llegó a cultivarse una superficie de hasta 300.000 hectáreas, incluyendo zonas de secano. Hoy el cultivo se concentra principalmente en regadío y tiene su principal núcleo productivo en el valle del Guadalquivir.
La provincia de Sevilla encabeza la producción andaluza –que a la postre es también la nacional–, con aproximadamente un 50% del total. La previsión para 2026 le atribuye 89.330 toneladas, mientras que Cádiz, el otro gran productor andaluz, se sitúa en 21.470. Junto a estas dos provincias, la recolección en Andalucía se produce igualmente, aunque en menor medida, en Huelva, Córdoba y Jaén, mientras que fuera de las fronteras andaluzas, de manera muy testimonial, en la Región de Murcia.
Vista aérea de la caja de un camión, repleta de algodón.
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JUAN CARLOS TORO
Enrique González, que es presidente de Coalsa —Colectivo Algodoneras del Sur de Andalucía— y de Espalgodón, la interprofesional del sector, considera que la de 2026 está siendo una buena campaña. La recolección comenzó sobre el día 20 del pasado mes de septiembre y, a mediados de octubre, calculaba que ya se había recogido en torno al 70% del algodón, con previsión de terminar la recogida en el campo a finales de este mismo mes.
En las zonas más productivas del Bajo Guadalquivir, los rendimientos pueden situarse "entre los 4.500 y los 5.500 kilos por hectárea", aunque González señala que estas cifras varían "según la parcela, el manejo y las circunstancias de cada explotación".
La mecanización sigue cambiando profundamente la forma de recoger el algodón. De hecho, ahora hay nuevas máquinas que permiten compactar el algodón bruto en grandes bolas de alrededor de 2.500 kilos, protegidas con un plástico, que pueden permanecer temporalmente en la parcela hasta su traslado, lo que no solo facilita la logística, también reduce la dependencia inmediata de los camiones para retirar la producción.
José María López Rueda, 57 años y técnico de la cooperativa de Las Marismas, conoce bien esa transformación. Procede de una familia de agricultores, por lo que su relación con el algodón no comenzó en una oficina ni entre las máquinas de la cooperativa, sino en el campo, cuando todavía era un niño.
José María López, técnico de la cooperativa Las Marismas.
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JUAN CARLOS TORO
"De pequeñito, en la temporada nos quitaban del colegio para poder hacer la campañita", señala recordando una época en la que la recolección dependía de muchas manos, todo lo contrario a lo que pasa ahora, en la que la mano de obra humana ya escasea. "El algodón se recogía florón a florón. Los trabajadores llevábamos una especie de mochila para depositar las fibras y después se pesaban las sacas", añade José María para explicar lo que era "un trabajo minucioso", condicionado por el ritmo de cada persona y por la cantidad que pudiera recoger a lo largo de la jornada.
"El esfuerzo físico era enorme. Antes venía gente de todas partes a la marisma", cuenta López Rueda, que explica que algunos trabajadores se instalaban en barracones durante los meses de recolección. Eran tiempos en los que muchas familias vivían únicamente del campo y de enlazar una campaña con otra. Sin embargo, la llegada de las máquinas fue reduciendo esa necesidad de trabajadores.
Trabajo de recogida de algodón, en el campo.
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JUAN CARLOS TORO
Pero la transformación del sector algodonero no se limita a la manera de cosechar. También ha cambiado la manera de regar, de controlar las parcelas y de organizar las explotaciones. De hecho, el agricultor que antes se desplazaba a diario para comprobar una instalación puede hoy manejar buena parte de esas tareas gracias a la tecnología. "Hace 40 años tenías que estar cada dos horas mudando tuberías y ahora estás regando desde casa con el teléfono móvil", explica el técnico.
El precio de seguir sembrando
La de 2026, como está dicho, será una buena cosecha. Pero eso no significa necesariamente que sea una buena campaña para el bolsillo del agricultor. El rendimiento por hectárea es clave, pero el resultado final depende también de cuánto cuesta producir y del precio que se obtiene por el algodón.
Enrique González estima que el precio de esta campaña mejora "entre un 20% y un 25%" respecto al año pasado. Los anticipos que maneja el sector se sitúan aproximadamente “entre 45 y 50 céntimos por kilo de algodón bruto”, aunque la cantidad final depende de las condiciones de comercialización. González considera que el producto "debería pagarse mejor", pero recuerda que el mercado internacional – donde compiten con productores de otros países que operan con estructuras de costes y condiciones muy diferentes– "condiciona buena parte de los precios".Los datos de COAG ayudan a entender la presión económica que soportan las explotaciones. Entre 2015 y 2024 los costes de producción del algodón aumentaron un 41%, mientras que los ingresos apenas crecieron un 0,53%.
Enrique González, en una nave repleta de algodón.
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JUAN CARLOS TORO
José Luis Ibáñez, responsable del cultivo de algodón en esta organización agraria, advierte que el cultivo necesita "rendimientos elevados para que las cuentas salgan". En determinadas condiciones, la organización sitúa "en torno a los 3.000 o 3.500 kilos por hectárea" el nivel a partir del cual puede empezar a plantearse "una rentabilidad suficiente".
En algunas zonas del Bajo Guadalquivir, añade, las producciones pueden superar ampliamente esas cifras, pero no todas las parcelas tienen las mismas condiciones, ni todos los agricultores afrontan los mismos gastos.
La ayuda específica de la Política Agraria Común (PAC) es también fundamental para mantener el cultivo. En 2025, Ibáñez explica que esa ayuda se situó aproximadamente en 1.241,56 euros por hectárea. Para muchas explotaciones esta cuantía permite sostener las cuentas en un contexto de costes elevados y precios condicionados por el mercado mundial.
Las naves de la cooperativa acumulan miles de kilos de fibra.
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JUAN CARLOS TORO
El descenso de la superficie de cultivo –la de referencia en España se sitúa en las 48.000 hectáreas– tiene además consecuencias para estos fondos europeos. COAG calcula que no alcanzar ese umbral puede traducirse en una pérdida de alrededor de tres millones de euros de Europa. Así, la cuestión no es tanto saber cuánto algodón se recogerá este otoño, sino cuántos agricultores decidirán volver a sembrarlo la próxima primavera.
Cinco cooperativas para mantener una desmotadora
En Las Marismas de Lebrija, la campaña no termina cuando las cosechadoras abandonan las parcelas. Buena parte del trabajo comienza precisamente cuando el algodón llega a las instalaciones. Allí pasa por un proceso industrial que separa la fibra de la semilla y prepara el producto para su comercialización.
La desmotadora, explica Enrique González, trabaja durante la campaña prácticamente las 24 horas del día, mientras que la recepción del algodón se concentra en torno a 12 horas diarias. Este ritmo tan intenso de trabajo responde a la necesidad de procesar la producción en el menor tiempo posible para que el algodón pueda continuar su recorrido comercial.
Un técnico, trabajando con la desmotadora.
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JUAN CARLOS TORO
La planta lebrijana forma parte de Coalsa, una estructura creada en 2009 por la unión de una decena de cooperativas sevillanas, entre ellas Las Marismas, de Lebrija. Esta unión permitió mantener una infraestructura en un sector que había ido perdiendo instalaciones. De hecho, según Enrique González, de 28 desmotadoras que había antaño hoy quedan solo ocho. Además, añade González, "para las cooperativas, compartir recursos permite reunir producción y sostener una infraestructura que sería más difícil mantener de forma individual".
El proceso industrial que se lleva a cabo en las instalaciones lebrijanas separa la fibra de la semilla. Esta última encuentra salida en la alimentación animal, en concreto para vacas lecheras. Mientras tanto, la fibra, una vez procesada y prensada en grandes balas, queda preparada para enviarse en grandes contenedores al continente asiático e incorporarse a la cadena textil.
La desmotadora trabaja estos días en turnos de casi 24 horas.
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JUAN CARLOS TORO
Las instalaciones de Lebrija han vivido también momentos difíciles. El 15 de octubre de 2017 un incendio afectó a balas de algodón y a una nave de la cooperativa. El suceso obligó a revisar y reforzar las medidas de seguridad. A Enrique González aún se le hace un nudo en el estómago cuando recuerda ese día y de hecho su teléfono móvil guarda todavía las imágenes de ese fuego, que convirtió a la cooperativa, por unas horas, en un pequeño infierno.
Por eso, además de los sistemas contraincendios, se tiene muy presente el algodón sospechoso de poder salir ardiendo, que se separa fuera de las naves y, llegado el caso, incluso se quema de manera controlada fuera de las instalaciones de la cooperativa.
Un algodón que se exporta y apenas se reconoce
El algodón que se recoge en Andalucía, una vez separado y preparado, entra en una cadena comercial internacional en la que intervienen intermediarios y compradores de distintos países.
González calcula que alrededor del 90% del algodón andaluz se exporta, principalmente hacia mercados asiáticos como India, Bangladesh y China, además de otros destinos. La producción española, no obstante, representa una parte muy pequeña del mercado mundial, aproximadamente "entre el 1,5% y el 2%", según apunta González.
Enrique González, comprobando parte del algodón recogido.
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JUAN CARLOS TORO
Que la industria textil española no absorba directamente la producción de algodón nacional se debe, según Enrique González, a la escasez de instalaciones de hilatura y transformación del producto, lo que limita las posibilidades de cerrar en nuestro país una cadena que comienza con la siembra y termina en la confección. Por eso, en un mercado global como el actual, el algodón “se vende en función de sus características y de las condiciones comerciales, no necesariamente por su origen geográfico”.
Aun así, también apunta a que un algodón cultivado en las tierras del Bajo Guadalquivir puede acabar integrado en un tejido fabricado en la otra parte del mundo, con una etiqueta de "Made in Bangladesh", aunque fabricada para una conocida empresa textil española. Es decir, pasa algo similar al aceite de oliva embotellado en Italia, pero fabricado con aceituna española.
Vista aérea de algodón, ya recogido, a la espera de su transporte.
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JUAN CARLOS TORO
La próxima campaña empieza antes de sembrar
La campaña de 2026 deja motivos para el optimismo en cuanto a la producción. Si se cumplen las previsiones, Andalucía recogerá más algodón que el año pasado, pero esa buena noticia convive con otra certeza, y es que cada vez se cultivan menos hectáreas de este producto. Cada parcela que deja de sembrarse representa una decisión económica, una explotación que cambia de orientación o un agricultor que considera que el riesgo ya no compensa.
En Las Marismas de Lebrija, las montañas blancas y el movimiento incesante de los camiones muestran el vigor de una cosecha que apura sus últimos días. Fuera de la cooperativa, las fibras que quedan sobre la carretera recuerdan que el algodón sigue presente en el paisaje. La incógnita es cuántas hectáreas conservará en los próximos años, en un entorno donde cada vez más florecen las plantas solares y otros cultivos que cada año ganan más terreno, como el olivar.
Porque el futuro del algodón no se decide únicamente en las parcelas. También en Europa, en las ayudas que sostienen las explotaciones y en el precio que paga el mercado. Igualmente, en la capacidad de las cooperativas para mantener sus instalaciones y en la posibilidad de que la fibra andaluza encuentre un lugar reconocible en la industria textil.
La cosecha puede ser buena. Lo difícil es conseguir que también lo sea el negocio de seguir sembrando.
En la carretera que une Trebujena con Lebrija, el algodón no solo se divisa en el campo. Miles de pequeñas fibras blancas, que han escapado de los camiones que recolectan este cultivo, quedan pegadas al asfalto, prendidas en la vegetación que ocupa los márgenes de la vía o en las entradas de los caminos agrícolas.
Una de las muchas montañas de algodón que se concentran en la cooperativa de Las Marismas, de Lebrija.
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JUAN CARLOS TORO
También las hay desperdigadas por las calles del polígono industrial donde se encuentran las instalaciones de la Cooperativa Las Marismas, punto al que llega un gran porcentaje de todo el algodón que se recoge en la provincia de Sevilla. Es el rastro de una campaña que entra en su recta final, el camino que sigue un cultivo que, antes de convertirse en hilo y después en ropa, pasa por las manos del agricultor, por la caja de un camión y por las máquinas de una desmotadora.
A mediados de octubre, cuando realizamos este reportaje, el movimiento de tractores, camiones y personal demuestra que estos no son días cualquiera. En las parcelas, las máquinas avanzan entre las plantas recogiendo el algodón, mientras que en la cooperativa lebrijana las entradas y salidas de vehículos se suceden durante buena parte de la jornada. En el interior, el algodón se acumula en naves formando grandes montañas blancas que, vistas desde lejos, podrían pasar perfectamente por nieve. La imagen, para un neófito en la materia como el que suscribe, es espectacular.
Algodón, en balas, a la espera de ser tratado en la desmotadora.
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JUAN CARLOS TORO
La campaña de 2026 se ha producido después de una primavera y un verano favorables, con suficiente disponibilidad de agua tras las lluvias del pasado invierno y sin plagas que hayan afectado al cultivo. Pero el blanco que cubre las instalaciones de Lebrija no oculta que Andalucía cultive cada vez menos algodón. Y si bien la cosecha de este año es buena, el futuro del cultivo puede continuar reduciéndose en años venideros.
En cifras, Andalucía ha pasado de las 66.107 hectáreas de algodón de 2019 a las 45.630 en la campaña de 2026, lo que significa que en apenas siete años la superficie se ha reducido alrededor de un 31%. La previsión de producción de la Junta de Andalucía para este año, sin embargo, alcanza las 120.700 toneladas, un 7,3% más que en 2025.
Detrás de esa aparente contradicción de menor tierra cultivada pero mayor cantidad están las condiciones que se dan en cada campaña, los rendimientos de las parcelas y, sobre todo, la pregunta de si las cuentas le seguirán saliendo al agricultor el año que viene.
Una cosecha que llega a buen puerto
El algodón forma parte de la historia agrícola de Andalucía desde hace décadas. Su expansión se produjo especialmente a partir de los años cuarenta del pasado siglo y alcanzó grandes dimensiones en los años sesenta, cuando llegó a cultivarse una superficie de hasta 300.000 hectáreas, incluyendo zonas de secano. Hoy el cultivo se concentra principalmente en regadío y tiene su principal núcleo productivo en el valle del Guadalquivir.
La provincia de Sevilla encabeza la producción andaluza –que a la postre es también la nacional–, con aproximadamente un 50% del total. La previsión para 2026 le atribuye 89.330 toneladas, mientras que Cádiz, el otro gran productor andaluz, se sitúa en 21.470. Junto a estas dos provincias, la recolección en Andalucía se produce igualmente, aunque en menor medida, en Huelva, Córdoba y Jaén, mientras que fuera de las fronteras andaluzas, de manera muy testimonial, en la Región de Murcia.
Vista aérea de la caja de un camión, repleta de algodón.
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JUAN CARLOS TORO
Enrique González, que es presidente de Coalsa —Colectivo Algodoneras del Sur de Andalucía— y de Espalgodón, la interprofesional del sector, considera que la de 2026 está siendo una buena campaña. La recolección comenzó sobre el día 20 del pasado mes de septiembre y, a mediados de octubre, calculaba que ya se había recogido en torno al 70% del algodón, con previsión de terminar la recogida en el campo a finales de este mismo mes.
En las zonas más productivas del Bajo Guadalquivir, los rendimientos pueden situarse "entre los 4.500 y los 5.500 kilos por hectárea", aunque González señala que estas cifras varían "según la parcela, el manejo y las circunstancias de cada explotación".
La mecanización sigue cambiando profundamente la forma de recoger el algodón. De hecho, ahora hay nuevas máquinas que permiten compactar el algodón bruto en grandes bolas de alrededor de 2.500 kilos, protegidas con un plástico, que pueden permanecer temporalmente en la parcela hasta su traslado, lo que no solo facilita la logística, también reduce la dependencia inmediata de los camiones para retirar la producción.
José María López Rueda, 57 años y técnico de la cooperativa de Las Marismas, conoce bien esa transformación. Procede de una familia de agricultores, por lo que su relación con el algodón no comenzó en una oficina ni entre las máquinas de la cooperativa, sino en el campo, cuando todavía era un niño.
José María López, técnico de la cooperativa Las Marismas.
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JUAN CARLOS TORO
"De pequeñito, en la temporada nos quitaban del colegio para poder hacer la campañita", señala recordando una época en la que la recolección dependía de muchas manos, todo lo contrario a lo que pasa ahora, en la que la mano de obra humana ya escasea. "El algodón se recogía florón a florón. Los trabajadores llevábamos una especie de mochila para depositar las fibras y después se pesaban las sacas", añade José María para explicar lo que era "un trabajo minucioso", condicionado por el ritmo de cada persona y por la cantidad que pudiera recoger a lo largo de la jornada.
"El esfuerzo físico era enorme. Antes venía gente de todas partes a la marisma", cuenta López Rueda, que explica que algunos trabajadores se instalaban en barracones durante los meses de recolección. Eran tiempos en los que muchas familias vivían únicamente del campo y de enlazar una campaña con otra. Sin embargo, la llegada de las máquinas fue reduciendo esa necesidad de trabajadores.
Trabajo de recogida de algodón, en el campo.
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JUAN CARLOS TORO
Pero la transformación del sector algodonero no se limita a la manera de cosechar. También ha cambiado la manera de regar, de controlar las parcelas y de organizar las explotaciones. De hecho, el agricultor que antes se desplazaba a diario para comprobar una instalación puede hoy manejar buena parte de esas tareas gracias a la tecnología. "Hace 40 años tenías que estar cada dos horas mudando tuberías y ahora estás regando desde casa con el teléfono móvil", explica el técnico.
El precio de seguir sembrando
La de 2026, como está dicho, será una buena cosecha. Pero eso no significa necesariamente que sea una buena campaña para el bolsillo del agricultor. El rendimiento por hectárea es clave, pero el resultado final depende también de cuánto cuesta producir y del precio que se obtiene por el algodón.
Enrique González estima que el precio de esta campaña mejora "entre un 20% y un 25%" respecto al año pasado. Los anticipos que maneja el sector se sitúan aproximadamente “entre 45 y 50 céntimos por kilo de algodón bruto”, aunque la cantidad final depende de las condiciones de comercialización. González considera que el producto "debería pagarse mejor", pero recuerda que el mercado internacional – donde compiten con productores de otros países que operan con estructuras de costes y condiciones muy diferentes– "condiciona buena parte de los precios".Los datos de COAG ayudan a entender la presión económica que soportan las explotaciones. Entre 2015 y 2024 los costes de producción del algodón aumentaron un 41%, mientras que los ingresos apenas crecieron un 0,53%.
Enrique González, en una nave repleta de algodón.
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JUAN CARLOS TORO
José Luis Ibáñez, responsable del cultivo de algodón en esta organización agraria, advierte que el cultivo necesita "rendimientos elevados para que las cuentas salgan". En determinadas condiciones, la organización sitúa "en torno a los 3.000 o 3.500 kilos por hectárea" el nivel a partir del cual puede empezar a plantearse "una rentabilidad suficiente".
En algunas zonas del Bajo Guadalquivir, añade, las producciones pueden superar ampliamente esas cifras, pero no todas las parcelas tienen las mismas condiciones, ni todos los agricultores afrontan los mismos gastos.
La ayuda específica de la Política Agraria Común (PAC) es también fundamental para mantener el cultivo. En 2025, Ibáñez explica que esa ayuda se situó aproximadamente en 1.241,56 euros por hectárea. Para muchas explotaciones esta cuantía permite sostener las cuentas en un contexto de costes elevados y precios condicionados por el mercado mundial.
Las naves de la cooperativa acumulan miles de kilos de fibra.
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JUAN CARLOS TORO
El descenso de la superficie de cultivo –la de referencia en España se sitúa en las 48.000 hectáreas– tiene además consecuencias para estos fondos europeos. COAG calcula que no alcanzar ese umbral puede traducirse en una pérdida de alrededor de tres millones de euros de Europa. Así, la cuestión no es tanto saber cuánto algodón se recogerá este otoño, sino cuántos agricultores decidirán volver a sembrarlo la próxima primavera.
Cinco cooperativas para mantener una desmotadora
En Las Marismas de Lebrija, la campaña no termina cuando las cosechadoras abandonan las parcelas. Buena parte del trabajo comienza precisamente cuando el algodón llega a las instalaciones. Allí pasa por un proceso industrial que separa la fibra de la semilla y prepara el producto para su comercialización.
La desmotadora, explica Enrique González, trabaja durante la campaña prácticamente las 24 horas del día, mientras que la recepción del algodón se concentra en torno a 12 horas diarias. Este ritmo tan intenso de trabajo responde a la necesidad de procesar la producción en el menor tiempo posible para que el algodón pueda continuar su recorrido comercial.
Un técnico, trabajando con la desmotadora.
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JUAN CARLOS TORO
La planta lebrijana forma parte de Coalsa, una estructura creada en 2009 por la unión de una decena de cooperativas sevillanas, entre ellas Las Marismas, de Lebrija. Esta unión permitió mantener una infraestructura en un sector que había ido perdiendo instalaciones. De hecho, según Enrique González, de 28 desmotadoras que había antaño hoy quedan solo ocho. Además, añade González, "para las cooperativas, compartir recursos permite reunir producción y sostener una infraestructura que sería más difícil mantener de forma individual".
El proceso industrial que se lleva a cabo en las instalaciones lebrijanas separa la fibra de la semilla. Esta última encuentra salida en la alimentación animal, en concreto para vacas lecheras. Mientras tanto, la fibra, una vez procesada y prensada en grandes balas, queda preparada para enviarse en grandes contenedores al continente asiático e incorporarse a la cadena textil.
La desmotadora trabaja estos días en turnos de casi 24 horas.
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JUAN CARLOS TORO
Las instalaciones de Lebrija han vivido también momentos difíciles. El 15 de octubre de 2017 un incendio afectó a balas de algodón y a una nave de la cooperativa. El suceso obligó a revisar y reforzar las medidas de seguridad. A Enrique González aún se le hace un nudo en el estómago cuando recuerda ese día y de hecho su teléfono móvil guarda todavía las imágenes de ese fuego, que convirtió a la cooperativa, por unas horas, en un pequeño infierno.
Por eso, además de los sistemas contraincendios, se tiene muy presente el algodón sospechoso de poder salir ardiendo, que se separa fuera de las naves y, llegado el caso, incluso se quema de manera controlada fuera de las instalaciones de la cooperativa.
Un algodón que se exporta y apenas se reconoce
El algodón que se recoge en Andalucía, una vez separado y preparado, entra en una cadena comercial internacional en la que intervienen intermediarios y compradores de distintos países.
González calcula que alrededor del 90% del algodón andaluz se exporta, principalmente hacia mercados asiáticos como India, Bangladesh y China, además de otros destinos. La producción española, no obstante, representa una parte muy pequeña del mercado mundial, aproximadamente "entre el 1,5% y el 2%", según apunta González.
Enrique González, comprobando parte del algodón recogido.
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JUAN CARLOS TORO
Que la industria textil española no absorba directamente la producción de algodón nacional se debe, según Enrique González, a la escasez de instalaciones de hilatura y transformación del producto, lo que limita las posibilidades de cerrar en nuestro país una cadena que comienza con la siembra y termina en la confección. Por eso, en un mercado global como el actual, el algodón “se vende en función de sus características y de las condiciones comerciales, no necesariamente por su origen geográfico”.
Aun así, también apunta a que un algodón cultivado en las tierras del Bajo Guadalquivir puede acabar integrado en un tejido fabricado en la otra parte del mundo, con una etiqueta de "Made in Bangladesh", aunque fabricada para una conocida empresa textil española. Es decir, pasa algo similar al aceite de oliva embotellado en Italia, pero fabricado con aceituna española.
Vista aérea de algodón, ya recogido, a la espera de su transporte.
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JUAN CARLOS TORO
La próxima campaña empieza antes de sembrar
La campaña de 2026 deja motivos para el optimismo en cuanto a la producción. Si se cumplen las previsiones, Andalucía recogerá más algodón que el año pasado, pero esa buena noticia convive con otra certeza, y es que cada vez se cultivan menos hectáreas de este producto. Cada parcela que deja de sembrarse representa una decisión económica, una explotación que cambia de orientación o un agricultor que considera que el riesgo ya no compensa.
En Las Marismas de Lebrija, las montañas blancas y el movimiento incesante de los camiones muestran el vigor de una cosecha que apura sus últimos días. Fuera de la cooperativa, las fibras que quedan sobre la carretera recuerdan que el algodón sigue presente en el paisaje. La incógnita es cuántas hectáreas conservará en los próximos años, en un entorno donde cada vez más florecen las plantas solares y otros cultivos que cada año ganan más terreno, como el olivar.
Porque el futuro del algodón no se decide únicamente en las parcelas. También en Europa, en las ayudas que sostienen las explotaciones y en el precio que paga el mercado. Igualmente, en la capacidad de las cooperativas para mantener sus instalaciones y en la posibilidad de que la fibra andaluza encuentre un lugar reconocible en la industria textil.
La cosecha puede ser buena. Lo difícil es conseguir que también lo sea el negocio de seguir sembrando.
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