• Marta y Manuel, exinternos del CIS que denuncian lo que vivieron en su interior. -

reportajes

La vida en el Centro de Inserción de Jerez, contada por dos exinternos: "Vi la miseria más grande"

Manuel y Marta cumplieron el final de sus condenas en el CIS de la antigua N-IV y relatan una serie de situaciones que, dicen, están lejos de buscar la reinserción

“En el CIS de Jerez no se hace nada por la reinserción”, resumen Marta y Manuel, que no se llaman así, pero prestan sus testimonios de forma anónima por motivos obvios. Cometieron delitos, pisaron la cárcel y, antes de recobrar la libertad, pasaron por el Centro de Inserción Social (CIS) de la antigua N-IV, al final de la avenida Tío Pepe. 

De su etapa en el CIS no tienen muy buenos recuerdos. Y son muy críticos con lo que vieron y vivieron dentro de esas cuatro paredes. En sus casos, estuvieron entre dos y cuatro años en este centro destinado al cumplimiento de penas en régimen abierto. Es decir, que se puede salir a la calle para estudiar, trabajar o pasar tiempo con la familia.  

Manuel y Marta deciden hacer pública sus vivencias en el CIS de Jerez porque entienden que “la gente tiene que conocerlo”. Empiezan por la "falta de atención psicológica", y de seguimiento en general de estudio de los casos de unas personas que están a punto de retomar una vida en libertad, en un mundo que en muchas ocasiones ya no reconocen. 

  • Las manos de Marta y Manuel, exinternos.
  • -

“Eres una persona tirada a un patio”, lamenta Marta. Y añade: “Cuanto peor es el delito que has cometido, mejor te tratan. Si tu delito no es muy grave y no te drogas, como era nuestro caso, no te tratan igual”. Y hay frases que atribuyen a parte del personal, que lamentan por injusta: “De vez en cuando hay que mentir”. “Me trataban igual que a un yonqui, y me frustraba, porque sentía que me estaban tomando por tonta. Y los funcionarios no están acostumbrados a que nadie les rebata algo”, dice ella.

Aunque matizan que no todos los funcionarios actúan del mismo modo: “Había veces que algunos veían que teníamos razón, pero no podían hacer nada”. Desde lavozdelsur.es se ha trasladado a Instituciones Penitenciarias las acusaciones recogidas en este reportaje una semana antes de su publicación para conocer su versión, sin que haya llegado respuesta de momento. 

Aseguran que no vieron muchos controles de detección de drogas 

La denuncia más repetida por Marta y Manuel es la falta de controles de detección de drogas. “No he visto una prueba de estupefacientes en dos años y medio”, dice ella. “A mí en más de tres años no me hicieron ninguna”, aporta él. 

Cuentan que el criterio de actuación cuando se detecta un positivo es "arbitrario", según su testimonio. Y creen que, por su experiencia, no se realizan los controles necesarios. 

Manuel va más allá: “A nosotros, como saben que no consumimos y que tenemos la cabeza un poquito más espabilada, nos querían quitar de en medio”. Porque describen casos de drogadicción que, según ellos, son muy evidentes. 

  • Marta y Manuel, exinternos que denuncian lo vivido en el CIS de Jerez.
  • -

Unos días muy largos… e improductivos 

El día en el CIS empieza a las siete y media de la mañana con el recuento. A las ocho se desayuna, a la una se almuerza, posteriormente se sube a las habitaciones, hasta que se baja al patio sobre las cinco, se cena a las siete y desde las ocho a la celda de nuevo. “Son muchas horas sin hacer nada”, resume Marta. 

“Si tienes la suerte de trabajar, nada más que vuelves a dormir. Si no, estás tirado en un patio mañanas y tardes”, abunda la exinterna. Manuel es más gráfico: “Es lo más parecido a abrir las vallas de la granja y sacar a los animales fuera, y que se apañen”. 

O relatan que los “obligaban” a ir a la “escuela”, donde aprendieron poco. “A mí afortunadamente no me hacía falta, pero hay gente que no sabe leer ni escribir y da igual. He tenido que rellenar muchas instancias de otros internos para que puedan pedir unos días de permiso”, cuenta Marta. 

Ambos critican el régimen de búsqueda de empleo. “Abren las puertas de ocho de la mañana, hasta las ocho de la tarde. No se controla demasiado”, lamentan. Por eso piden que haya más contacto con posibles empresas que pueden dar trabajo a estos internos, en su camino hacia la reinserción. 

  • Manuel y Marta, tras la entrevista con lavozdelsur.es.
  • -

Mitos en torno a la vida penitenciaria 

“Los chabolos están llenos de humedades, vives con hongos, entre moscas”, señala Marta. “Las instalaciones están muy mal”, sostiene esta exinterna. Sobre la comida, dicen que es muy mejorable. “Las lentejas flotan en agua”, señalan a modo de ejemplo. Y describen encontronazos con trabajadores por querer comprar agua en el economato. “Una vez me dijeron que bebiera agua del grifo… con los hongos que tiene”, señala Marta. 

Y hablan de mitos: “De cara a la galería, cuando se habla de presos se piensa que todo es gratis. Que llega la hora de comer y tienes tres platos, con tu pan, tu fruta… olvídate”, dice Manuel. “No hay paro en prisión. Si has trabajado dentro, tienes paro como en cualquier trabajo. Pero si no, no tienes derecho”, añade. 

Ambos dicen que se toparon con muchos obstáculos cuando quisieron dar el salto a la vida laboral. Cuando lo consiguieron, la situación no mejoró. “Hubo una guerra personal, me pidieron todos los papeles de la empresa que monté, se me cuestionaba constantemente”, dice Marta, a la que cuenta que le pedían la ubicación y tenía visitas en su puesto de trabajo, algo que llegó a trasladar a la jueza de vigilancia penitenciaria.

Lamenta Marta, especialmente, las seis semanas que tuvo suspendidas las salidas porque le reclamaban una responsabilidad civil pendiente, que asegura que había abonado, lo que hizo que estuviera en el CIS durante todo un verano, periodo en el que el Juzgado baja su actividad. De nuevo acudió a la jueza, “pero ese tiempo no me lo devuelve nadie”. 

Permisos con criterios que cuestionan

Los entrevistados relatan que los permisos penitenciarios se conceden con criterios que no entienden. “Tardé un año y medio más en tener mi primer permiso respecto a la fecha en que podía haberlo disfrutado por buen comportamiento”, señala Manuel. “Se deniega por sistema, cuando la ley marca que puedes empezar a salir cuando cumples el primer cuarto de condena y tienes buen comportamiento", señala. El reglamento establece que "se podrán conceder" previo informe del equipo técnico y siempre que no exista mala conducta. Y habla de otro mito: "El buen comportamiento no te rebaja la condena".

En este régimen de semilibertad, se encontraron con situaciones de todo tipo. “Una vez pedí salir para ir a la Feria del Libro y me dijeron que era una locura, que me quería fugar”, cuenta Marta. Manuel tuvo que insistir mucho para poder salir y sacarse un carné de conducir. 

Y lamentan también que no les dejaran disfrutar de los días festivos completos, ya que en los puentes tenían que regresar a las ocho de la tarde, algo que fue motivo de nuevas broncas con trabajadores del CIS.

  • Los exinternos cuentan lo que vivieron durante su estancia en el CIS.
  • -

La celda como “zona de confort”

“En mi caso, la celda era mi zona de confort. En el patio las personas que te rodean son de lo peor. Cuando subes arriba, nadie te está molestando, a no ser que convivas con alguien problemático. Es triste decir esto, que estás mejor en la celda que en el resto del centro porque nadie te molesta”, reflexiona Manuel.

Cuenta que entre los internos hay distintos grupos, y ellos no encajaban. “Ella y yo no consumimos, tenemos una vida sana, tenemos objetivos…”, describe, lo que les hacía ser "distintos".

“Estamos hablando de una zona muy peligrosa, porque si no sabes andar bien, te hundes. Hay gente sana que acaba allí enganchada a la pastilla para dormir. Nosotros dos lo hemos pasado sin probarla”, agrega.

La falta de reinserción y el estigma 

Para los entrevistados, el problema es estructural. “Para mí no hay reinserción”, dice Marta. También hablan del estigma con el que cargan tras cumplir condena. “Esto es un pueblo, aquí hay mucho chisme”, lamenta la exinterna, que sin embargo no oculta este periodo de su vida, y lo habla sin tapujos. 

Manuel, ahora, no tolera “la mínima falsedad de nadie”. “Eso tiene consecuencias positivas y también negativas, porque hay quien no se lo toma bien”, dice, y añade: “No le agacho la cabeza a nadie, no le debo nada a nadie”.

“He visto la miseria más grande, la degradación total de las personas, por eso si no tienes una capacidad mental para estar por encima de todo eso y valorarte, nadie te va a ayudar”, agrega el exinterno.

Marta tiene un mensaje para quienes pueden pasar por lo que pasaron ellos. “Si en algún momento pudiera ayudar a alguien que está mal antes de llegar a entrar a prisión, sobre todo jóvenes que piensan que nunca van a hacerlo, lo haría”. Porque, insiste, “no hay voluntad de ayuda, ni de reinserción”. 

“En el CIS de Jerez no se hace nada por la reinserción”, resumen Marta y Manuel, que no se llaman así, pero prestan sus testimonios de forma anónima por motivos obvios. Cometieron delitos, pisaron la cárcel y, antes de recobrar la libertad, pasaron por el Centro de Inserción Social (CIS) de la antigua N-IV, al final de la avenida Tío Pepe. 

De su etapa en el CIS no tienen muy buenos recuerdos. Y son muy críticos con lo que vieron y vivieron dentro de esas cuatro paredes. En sus casos, estuvieron entre dos y cuatro años en este centro destinado al cumplimiento de penas en régimen abierto. Es decir, que se puede salir a la calle para estudiar, trabajar o pasar tiempo con la familia.  

Manuel y Marta deciden hacer pública sus vivencias en el CIS de Jerez porque entienden que “la gente tiene que conocerlo”. Empiezan por la "falta de atención psicológica", y de seguimiento en general de estudio de los casos de unas personas que están a punto de retomar una vida en libertad, en un mundo que en muchas ocasiones ya no reconocen. 

  • Las manos de Marta y Manuel, exinternos.
  • -

“Eres una persona tirada a un patio”, lamenta Marta. Y añade: “Cuanto peor es el delito que has cometido, mejor te tratan. Si tu delito no es muy grave y no te drogas, como era nuestro caso, no te tratan igual”. Y hay frases que atribuyen a parte del personal, que lamentan por injusta: “De vez en cuando hay que mentir”. “Me trataban igual que a un yonqui, y me frustraba, porque sentía que me estaban tomando por tonta. Y los funcionarios no están acostumbrados a que nadie les rebata algo”, dice ella.

Aunque matizan que no todos los funcionarios actúan del mismo modo: “Había veces que algunos veían que teníamos razón, pero no podían hacer nada”. Desde lavozdelsur.es se ha trasladado a Instituciones Penitenciarias las acusaciones recogidas en este reportaje una semana antes de su publicación para conocer su versión, sin que haya llegado respuesta de momento. 

Aseguran que no vieron muchos controles de detección de drogas 

La denuncia más repetida por Marta y Manuel es la falta de controles de detección de drogas. “No he visto una prueba de estupefacientes en dos años y medio”, dice ella. “A mí en más de tres años no me hicieron ninguna”, aporta él. 

Cuentan que el criterio de actuación cuando se detecta un positivo es "arbitrario", según su testimonio. Y creen que, por su experiencia, no se realizan los controles necesarios. 

Manuel va más allá: “A nosotros, como saben que no consumimos y que tenemos la cabeza un poquito más espabilada, nos querían quitar de en medio”. Porque describen casos de drogadicción que, según ellos, son muy evidentes. 

  • Marta y Manuel, exinternos que denuncian lo vivido en el CIS de Jerez.
  • -

Unos días muy largos… e improductivos 

El día en el CIS empieza a las siete y media de la mañana con el recuento. A las ocho se desayuna, a la una se almuerza, posteriormente se sube a las habitaciones, hasta que se baja al patio sobre las cinco, se cena a las siete y desde las ocho a la celda de nuevo. “Son muchas horas sin hacer nada”, resume Marta. 

“Si tienes la suerte de trabajar, nada más que vuelves a dormir. Si no, estás tirado en un patio mañanas y tardes”, abunda la exinterna. Manuel es más gráfico: “Es lo más parecido a abrir las vallas de la granja y sacar a los animales fuera, y que se apañen”. 

O relatan que los “obligaban” a ir a la “escuela”, donde aprendieron poco. “A mí afortunadamente no me hacía falta, pero hay gente que no sabe leer ni escribir y da igual. He tenido que rellenar muchas instancias de otros internos para que puedan pedir unos días de permiso”, cuenta Marta. 

Ambos critican el régimen de búsqueda de empleo. “Abren las puertas de ocho de la mañana, hasta las ocho de la tarde. No se controla demasiado”, lamentan. Por eso piden que haya más contacto con posibles empresas que pueden dar trabajo a estos internos, en su camino hacia la reinserción. 

  • Manuel y Marta, tras la entrevista con lavozdelsur.es.
  • -

Mitos en torno a la vida penitenciaria 

“Los chabolos están llenos de humedades, vives con hongos, entre moscas”, señala Marta. “Las instalaciones están muy mal”, sostiene esta exinterna. Sobre la comida, dicen que es muy mejorable. “Las lentejas flotan en agua”, señalan a modo de ejemplo. Y describen encontronazos con trabajadores por querer comprar agua en el economato. “Una vez me dijeron que bebiera agua del grifo… con los hongos que tiene”, señala Marta. 

Y hablan de mitos: “De cara a la galería, cuando se habla de presos se piensa que todo es gratis. Que llega la hora de comer y tienes tres platos, con tu pan, tu fruta… olvídate”, dice Manuel. “No hay paro en prisión. Si has trabajado dentro, tienes paro como en cualquier trabajo. Pero si no, no tienes derecho”, añade. 

Ambos dicen que se toparon con muchos obstáculos cuando quisieron dar el salto a la vida laboral. Cuando lo consiguieron, la situación no mejoró. “Hubo una guerra personal, me pidieron todos los papeles de la empresa que monté, se me cuestionaba constantemente”, dice Marta, a la que cuenta que le pedían la ubicación y tenía visitas en su puesto de trabajo, algo que llegó a trasladar a la jueza de vigilancia penitenciaria.

Lamenta Marta, especialmente, las seis semanas que tuvo suspendidas las salidas porque le reclamaban una responsabilidad civil pendiente, que asegura que había abonado, lo que hizo que estuviera en el CIS durante todo un verano, periodo en el que el Juzgado baja su actividad. De nuevo acudió a la jueza, “pero ese tiempo no me lo devuelve nadie”. 

Permisos con criterios que cuestionan

Los entrevistados relatan que los permisos penitenciarios se conceden con criterios que no entienden. “Tardé un año y medio más en tener mi primer permiso respecto a la fecha en que podía haberlo disfrutado por buen comportamiento”, señala Manuel. “Se deniega por sistema, cuando la ley marca que puedes empezar a salir cuando cumples el primer cuarto de condena y tienes buen comportamiento", señala. El reglamento establece que "se podrán conceder" previo informe del equipo técnico y siempre que no exista mala conducta. Y habla de otro mito: "El buen comportamiento no te rebaja la condena".

En este régimen de semilibertad, se encontraron con situaciones de todo tipo. “Una vez pedí salir para ir a la Feria del Libro y me dijeron que era una locura, que me quería fugar”, cuenta Marta. Manuel tuvo que insistir mucho para poder salir y sacarse un carné de conducir. 

Y lamentan también que no les dejaran disfrutar de los días festivos completos, ya que en los puentes tenían que regresar a las ocho de la tarde, algo que fue motivo de nuevas broncas con trabajadores del CIS.

  • Los exinternos cuentan lo que vivieron durante su estancia en el CIS.
  • -

La celda como “zona de confort”

“En mi caso, la celda era mi zona de confort. En el patio las personas que te rodean son de lo peor. Cuando subes arriba, nadie te está molestando, a no ser que convivas con alguien problemático. Es triste decir esto, que estás mejor en la celda que en el resto del centro porque nadie te molesta”, reflexiona Manuel.

Cuenta que entre los internos hay distintos grupos, y ellos no encajaban. “Ella y yo no consumimos, tenemos una vida sana, tenemos objetivos…”, describe, lo que les hacía ser "distintos".

“Estamos hablando de una zona muy peligrosa, porque si no sabes andar bien, te hundes. Hay gente sana que acaba allí enganchada a la pastilla para dormir. Nosotros dos lo hemos pasado sin probarla”, agrega.

La falta de reinserción y el estigma 

Para los entrevistados, el problema es estructural. “Para mí no hay reinserción”, dice Marta. También hablan del estigma con el que cargan tras cumplir condena. “Esto es un pueblo, aquí hay mucho chisme”, lamenta la exinterna, que sin embargo no oculta este periodo de su vida, y lo habla sin tapujos. 

Manuel, ahora, no tolera “la mínima falsedad de nadie”. “Eso tiene consecuencias positivas y también negativas, porque hay quien no se lo toma bien”, dice, y añade: “No le agacho la cabeza a nadie, no le debo nada a nadie”.

“He visto la miseria más grande, la degradación total de las personas, por eso si no tienes una capacidad mental para estar por encima de todo eso y valorarte, nadie te va a ayudar”, agrega el exinterno.

Marta tiene un mensaje para quienes pueden pasar por lo que pasaron ellos. “Si en algún momento pudiera ayudar a alguien que está mal antes de llegar a entrar a prisión, sobre todo jóvenes que piensan que nunca van a hacerlo, lo haría”. Porque, insiste, “no hay voluntad de ayuda, ni de reinserción”. 

Comentarios