El 'club de la lucha' contra el 'bullying': "Me veo reflejado en ellos"

Daniel, 'The escorpionx', que fue víctima de acoso en el colegio y hasta cuando se fue a trabajar a Canarias, con 18 años, entrena tres veces en semana en Guadalcacín a una quincena de niños, jóvenes y adultos. Cardio, boxeo y artes marciales que han cambiado la vida de chicas como Rocío, a la que hasta hace un año hacían 'bullying': "Mi hija me decía que se quería morir, ahora es otra"

El club de la lucha contra el 'bullying'. Daniel, junto a parte del grupo de entrenamiento en Guadalcacín, en días pasados.
El club de la lucha contra el 'bullying'. Daniel, junto a parte del grupo de entrenamiento en Guadalcacín, en días pasados. JUAN CARLOS TORO

¿Pueden el deporte y las artes marciales prevenir el acoso escolar? La pregunta tiene tantas respuestas como páginas de expertos que defienden una cosa y la contraria. No se puede combatir la violencia con más violencia, dicen a un lado del ring. Y replican al otro lado: la violencia siempre seguirá ahí y se trata de, mediante inteligencia y técnica, prevenir, disuadir y tener la seguridad en una misma de que, llegado el caso, habrá plan b frente al ataque del abusón.

El acoso escolar ha crecido en los últimos años en la mayoría de las escuelas de primaria y secundaria de España. Entre marzo de 2020 y el pasado marzo de 2021, a pesar de la pandemia y los confinamientos, se produjeron 11.229 casos graves en el país, el 9% de ellos en Andalucía, según la ONG Bullying Sin Fronteras. Esta escalada cada vez más violenta e intensa, con el agravante del ciberbullying y la viralización de los abusos en redes sociales, se cobra alrededor de 200.000 suicidios anuales en todo el mundo entre jóvenes de 14 a 28 años, según un informe de la Organización Mundial de la Salud y Naciones Unidas.

"Ya no quiero volver a trabajar de seguridad en la noche: son juicios, peleas, la gente te pone a prueba, te quieren pegar cuando están encocados…"

A un lado del ring está Daniel. Al otro, Rocío. Se llevan 25 años entre ellos. Hace uno que empezaron a entrenar juntos. Rocío, de 14, veía a Dani, de 39, entrenar en un parque de Guadalcacín, un pueblecito (una ELA) casi al lado de Jerez. Un día probó. Su madre, Isabel, como sigue haciendo un año después, la acompañó y la vio entrenar. Alucinó. Hay que subrayar, para poner en contexto, que era una época en la que Rocío le decía a su madre que se quería morir. Ahogada por el acoso. Sin querer moverse del sofá. Debe ser terrible para una madre o un padre que su hijo, al que nunca quiso que le rozara el viento, le diga que se quiere morir. Y más, que se quiere morir porque sufre acoso en su escuela.

Doce meses después, Rocío es otra. Sigue siendo tímida y con no muchos amigos, pero es otra persona. Espigada, de ojos enormes y brillantes, con su pelo negro y tenso como un samurai, da vueltas y vueltas corriendo, o salta a la comba, o tira puños, junto a sus compañeros de entrenamiento. Quedan las tardes de lunes, miércoles y viernes: dos días en el polideportivo del pueblo; otro, al aire libre, junto a la Iglesia de la plaza de la Artesanía. Mientras unos chavales amenizan la clase con un altavoz portátil a tope de trap por obra de un tal Ele A El Dominio, los chicos y chicas, algunas con apenas siete años, sudan la camiseta.

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Rocío, la alumna aventajada de este entrenamiento.   JUAN CARLOS TORO
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Daniel, 'The scorpionx', sonríe quitándose los guantes de boxeo.   JUAN CARLOS TORO

No todos han sufrido lo que Rocío, no a todas las machacan en clase, física o mentalmente, pero todos comparten los beneficios que el deporte y las artes marciales les han traído a su día a día. También lo comparten dos de las madres que asisten a la clase. También un padre que empezó a llevar a su pequeña Lola, de 9 años, y ha acabado apuntándose con ella, “para también compartir más tiempo”. José Joaquín bromea con su mujer, Rocío, en un pequeño respiro del entrenamiento. “Al final, de verles a ellos me pico”, dice Rocío entre risas. Y añade sobre su pequeña Lola: “Ella ha ganado mucha confianza en sí misma, a la hora de relacionarse. Verla ahora corriendo y saltando a la comba… antes era impensable”, asegura. Asiente José Joaquín: “Ha perdido por lo menos seis kilos desde la vuelta al cole, y aunque ella por ahora no ha tenido problemas en clase, también la apunté con esa idea, que se pueda defender de abusones, que siempre en el colegio, ya sabes… Esto le da herramientas y seguridad”.

Volvamos a Rocío y a su madre, Isabel. “La semana pasada no pudo venir porque tuvo dentista y estaba como si le faltara algo”, dice la progenitora. Inspiración, sudoración. Rocío, en una pausa de la clase, da la razón a su madre: ejercitarse es ahora prioritario para ella. Y lanza que quiere ser policía o guardia civil. Asegura que lo que más le gusta de cada clase “son los combates” y mantiene que entrenar con Scorpionx la hace feliz. “Antes en el colegio se metían conmigo y desde que me he apuntado aquí estoy más segura, me va mejor y me siento mejor”. Antes se quería morir, ahora sueña con volver a entrenar cada semana.

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Daniel y Lola, en un combate.  JUAN CARLOS TORO

Como Rocío, el preparador físico que maneja a los chavales, Daniel Caro Gil, The escorpionx, sufrió acoso. Bullying en la escuela y bullying cuando con 18 años llegó a buscarse la vida a Vecindario, en Canarias. “Me pegaban hasta por hablar andaluz, decían que los peninsulares íbamos a quitarles el trabajo a los de las Islas… Sufrí mucho”, reconoce. Antes de eso, quemaba peluches, se escapaba del colegio, recuerda que era muy mal estudiante, pero recuerda también, y quizás una cosa llevaba a la otra, que le acosaban mucho, con los típicos insultos o físicamente. “No sé si yo por no haber tenido a un padre como guía me faltó eso, pero siempre estaba muy solo, con un balón o dibujando. La vida me ha hecho tener que defenderme como fuera. Yo no sabía lo que pasaba, yo no tenía una parte paternal, estaba perdido”.

Desde hace 22 años, cuando aún estaba en Canarias, su vida es el deporte y las artes marciales. “De lunes a domingo”, espeta con una verborrea tan ágil como su gancho de izquierda. “Mira, empecé a hacerme tatuajes”. Pigmentos por todo el cuerpo para reforzar su identidad. “Ahora mi vida es el entrenamiento, mi moto y entrenar a los chicos. Cuando veo que superan las cosas que traen yo soy feliz. Me veo reflejado en ellos”. La vida de Daniel cabría perfectamente en una temporada de una serie de Netflix. Ya veo la serie cuando los chicos se colocan las vendas de sujeción, cuando en medio de la plaza, ante la enorme cruz de la Iglesia, comienzan a dar vueltas al trote, con las luces anaranjadas de las farolas en el anochecer.

"También la apunté con esa idea, que se pueda defender de abusones, que siempre en el colegio, ya sabes… Esto da herramientas y seguridad"

“Id calentando tobillos, rodillas, las articulaciones… venga nos repartimos; cada uno trabajando en lo que está haciendo, se olvida de lo demás. ¡Tiempo!”. Daniel marca directrices al grupo, que llega hasta la quincena de chavales. “Hoy han venido menos porque a muchos les daba vergüenza salir en el periódico”, reconoce. José Antonio, de 23 años, ha sido de los últimos en apuntarse. Confiesa que esto le ha cambiado la vida. “Bufff, muchísimo. Antes estaba en una época muy mala, hasta pegaba a mis padres, estaba en un bucle, pero he salido; se lo recomiendo a todo el mundo. Yo veía a Scorpionx entrenar por las calles del pueblo y decidí que quería estar aquí. Estaba obeso y con esto, poquito a poco, pierdes kilos. Me ha ayudado física y mentalmente. He ganado seguridad al máximo. Me siento protegido, siento que puedo proteger a mi familia, a mi madre, mi abuela”. Le gustaría llegar a competir, mientras decide a qué dedica su futuro.

"Antes estaba en una época muy mala, hasta pegaba a mis padres, estaba en un bucle, pero he salido; se lo recomiendo a todo el mundo"

Cerca suya, Juan tiene 17 años. Mantiene que “me va bien en los estudios, he ganado mucha seguridad, he perdido kilos. Está muy bien, me gusta mucho”. “Sube, golpe… izquierda, gancho de derecha… golpe interno. Protege la cara. Codo. Patada. Cuatro directos. Directo. Gancho, gancho, esquiva, mete gancho… croché de izquierda, avanza, protege… ¡Eso es!”, vocifera el entrenador. En los primeros capítulos de la infancia de Daniel hay un niño frágil en un entorno hostil. Las zonas marginales donde se crio. No será mejor cuando lleguen los episodios dedicados a la adolescencia, ni cuando vuele solo a buscarse la vida a las Islas. “En Canarias decidí que, o me protegía, o me comían”. Entrenaba machacándose los nudillos contra un colchón. “Me salía hasta sangre”. Se hizo seguridad privada, volvió a la Península a los 12 años y luego se alistó tres años a la Legión. Antes de llegar a la actualidad, “he estado diez años de jefe de seguridad en el Don Tico —un antiguo prostíbulo junto al Aeropuerto de Jerez—. Todo lo que te cuente es poco”.

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José Joaquín empezó trayendo a su hija Lola. Ahora entrena con ella.   JUAN CARLOS TORO
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Rocío y Daniel, frente a frente.   JUAN CARLOS TORO

Allí decidió que quería salir del mundo de la noche. “Mi objetivo es entrenar a los chavales y me voy buscando las papas. Realmente, podría seguir trabajando de seguridad, pero ya no quiero volver: son juicios, peleas, la gente te pone a prueba, te quieren pegar cuando están encocados… Me han intentado agredir muchas veces”, relata. Su afán de superación se ha encontrado con unas ganas enormes de enseñar que parecen innatas. “Es educado y un motivador nato, no puedo decir nada malo; al revés, todo es positivo a la hora de tratar a los chicos”, dice Rocío, una de las madres que asisten al entrenamiento cada semana.

Daniel está en el centro de un ring que es la plaza central de Guadalcacín. Saltando a la comba, eléctrico. Los más pequeños se atrancan a veces, pero no paran de intentarlo una y otra vez hasta que el entrenador hace una pausa. Es cuestión de confianza y seguridad. El entrenador es cinturón negro, domina las artes marciales mixtas, el kickboxing, la capoeira… pero sobre todo defiende no hacer uso de la violencia. “De los niños me llena mucho ver cómo dan ese cambio en su vida, me veo reflejados en ellos, veo la superación. Pero sí dejo claro que no quiero peleones ni abusones aquí, lo que quiero es que si alguien viene a hacerte algo tú te defiendas. El plan es ponerlos a correr, saltar a la comba, hacer cambios de ritmo, saltos al banco, cardio…, y desde el primer día hacen combates conmigo. Tienen técnica, resistencia y saben defenderse. Son simulaciones para una situación real. Desfogan, sudan los malos rollos y ganan autoconfianza”.

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Entrenamiento en la plaza del pueblo, en días pasados.   JUAN CARLOS TORO

Daniel radiografía la realidad de muchos centros escolares: “El más fuerte sigue siendo el más respetado del colegio, intimidar sigue de moda. Y yo intento que tengan herramientas para defenderse. Lo que yo pasé lo pasa la mayoría”. Actualmente, no solo sufren agresiones los alumnos. Hace pocos días una docente en el IES Azahar de Sevilla acababa en el hospital con contusiones, lesión cervical y el labio rajado tras recibir un puñetazo de un alumno de 14 años al que le había pedido que se pusiera bien la mascarilla. “Antes de pegarme me ha escupido”, escribió la profesora para difundir la salvajada. “Yo dejo claro que hay que huir de la violencia, pero hay que saber defenderse. El tema es que si alguien te ve débil, lo aprovecha. Si le dices perdona, no quiero pelear, no quiero problemas, al final te come y es cuando tienes el problema. Si le plantas cara con seguridad de entrada lo normal es que se eche atrás, eso pasa en el colegio y en la vida real”.

Rocío cumple un año entrenando con Daniel. Es otra desde que empezó en este peculiar club de la lucha contra el bullying. Isabel, su madre, subraya que su hija “ha cambiado por completo, y que aunque es una niña tímida, aquí ha ganado muchísima seguridad. Estuvo mucho tiempo sufriendo acoso, se metían con ella y lo pasaba muy mal. Mamá, me quiero morir, llegó a decirme y después de un año aquí ha cambiado por completo. Ha ganado mucha seguridad, ahora se defiende y tiene herramientas para hacerlo”. Junto a un árbol, Isabel ve a su hija y al resto de compañeros avanzar en el entrenamiento. “Sube, golpe… izquierda, gancho de derecha… golpe interno. Protege la cara. Codo… Esquiva… ¡Eso es!”.

Sobre el autor:

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, experto en Urbanismo en el Instituto de Práctica Empresarial (IPE). Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Antes en Grupo Joly. Soy miembro de número de la Cátedra de Flamencología; hice la dramaturgia del espectáculo 'Soníos negros', de la Cía. María del Mar Moreno; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Asociación de la Prensa de Cádiz (APC) y de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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