Aquel 21 de julio de 1972, Diego del Ojo tenía 15 años. Lo que vio ese día y los posteriores se le quedó para siempre en la retina. Porque estaba trabajando cuando a su pueblo, Lebrija, en la provincia de Sevilla, llegaron rumores de que había habido un accidente de tren.
A las 7.36 horas de ese día, cerca de la finca conocida como La Junquera, entre El Cuervo y Lebrija, chocaron un ferrobús de media distancia que iba de Cádiz a Sevilla, y un tren expreso que circulaba entre Madrid y Cádiz. Fallecieron 86 personas y hubo más de 150 heridos.
Por eso cuando se enteró de que en Adamuz, provincia de Córdoba, habían chocado dos trenes, se acordó inmediatamente de aquellos días. "Volví a mi adolescencia, porque fue muy fuerte", confiesa Diego del Ojo (Lebrija, 1957).
A Del Ojo no se le olvidará nunca una imagen: "¿Has visto alguna vez 86 ataúdes juntos? Yo los vi en el Patio de los Naranjos de la iglesia de Nuestra Señora de la Oliva de Lebrija. Encima de cada ataúd colocaban objetos personales, fotos, documentos, así los reconocían", recuerda.

Él fue uno de los primeros en llegar al lugar de los hechos, al entorno del kilómetro 86,200 de la línea ferroviaria que une Cádiz con Sevilla. "Casi no me atrevía a acercarme. Aquello era espantoso. Estuve 20 minutos y me vine corriendo, estaba muerto de miedo", asegura.
Recuerda Del Ojo que el accidente tuvo lugar cerca de donde unos trabajadores estaban pelando remolacha. "Contaban que el estruendo fue brutal, como una bomba", dice. Y que vaciaron los camiones en los que estaban cargando las hortalizas para poder trasladar a heridos y fallecidos, porque apenas había ambulancias disponibles.
"Los muertos estaban alineados, se intentaba sacar a los heridos, alguien decía que había encontrado a una persona viva, y al tirar se traía medio cuerpo... Era espantoso", abunda Diego del Ojo, que es dermatólogo y tiene su propia clínica en Jerez, Instituto Médico Siglo 21.
700 viajeros entre ambos trenes
El choque entre el expreso y el ferrobús tuvo lugar a tres kilómetros de la antigua estación de El Cuervo y a siete kilómetros de la estación de Lebrija.
El expreso, que circulaba a 90 kilómetros por hora y estaba remolcado por una máquina Alco serie 2100, tiraba de catorce vagones, en los que viajaban unas 500 personas. El ferrobús, que iba a 80 kilómetros por hora, llevaba a 200 personas en cuatro vagones. Ambos trenes frenaron, pero el impacto fue brutal.

El trayecto por ferrocarril entre Cádiz y Sevilla, en 1972, tenía un único sentido. Durante el trayecto, había tramos de vías secundarias con semáforos, donde esperaban trenes mientras circulaban otros, que venían en sentido contrario.
Una investigación posterior de Renfe determinó que el maquinista del ferrobús rebasó un semáforo en rojo y no esperó en la estación de El Cuervo, donde solían detenerse los trenes que se encontraban con tráfico en esta vía. El expreso y el ferrobús circularon por la misma vía hasta que se produjo el fuerte impacto.
El frágil ferrobús se llevó la peor parte, ya que sus vagones acabaron empotrados en el expreso, que avanzó 300 metros después del choque. Trabajadores agrícolas fueron los primeros en llegar al lugar del impacto, donde posteriormente Guardia Civil, Policía Armada y Cruz Roja colaboraron en el operativo desplegado.
"El ferrobús era un tren de cercanías, muy básico, una lata comparado con el expreso, que era enorme. Aquello fue un amasijo de hierro, sangre y cuerpos imposible de identificar", describe el doctor.

Hospitales colapsados y una iglesia como morgue improvisada
"El pueblo entero se volcó. La gente llevaba agua, mantas, comida, lo que podía", recuerda Diego del Ojo sobre Lebrija, que entonces tenía poco más de 21.000 habitantes.
"No había hospital ni centro de salud. Solo existía un ambulatorio con cuatro médicos, y el Hospital de la Caridad, que era más bien una residencia geriátrica. No había más infraestructura", dice el doctor Diego del Ojo.

"Al darse cuenta de la magnitud de la tragedia, empezaron a trasladar heridos a Jerez, a Sevilla, a El Puerto... Todos los hospitales se colapsaron", incide.
Porque con los medios de la época, en las postrimerías del franquismo, se hizo lo que se pudo. "Aquello fue durísimo. No se hacían autopsias todavía, y aunque se hicieran, era imposible hacer 87", dice el doctor lebrijano.
Aunque la imagen que se le viene una y otra vez a la cabeza, sobre todo desde que se produjo el trágico accidente ferroviario en Adamuz, es la de los ataúdes en la iglesia de su pueblo. "Eso no se me va a olvidar nunca. Nadie hablaba. Todo el mundo estaba en silencio. Lo peor era cuando llegaban las familias a reconocer a los fallecidos. No había estudios genéticos ni medios de identificación, los conocían por sus objetos personales", insiste."
"Ver aquellos ataúdes alrededor del Patio de los Naranjos me marcó profundamente. Me produjo una sensación similar a la que sentí años después cuando visité Auschwitz: silencio absoluto, incredulidad, respeto, miedo", incide.
Solidaridad tras la tragedia
"La solidaridad fue enorme. La gente llevaba lo poco que tenía. Por lo que he visto durante mi vida, siempre pasa igual: cuanto menos tiene la gente, más se vuelca", relata el doctor Diego del Ojo.
"España entonces tenía muy pocos recursos. No había centros de salud, no había reforma sanitaria, los colegios no tenían calefacción. Pero la solidaridad era innata, especialmente en Andalucía", considera el doctor, que conoció la noticia por el boca a boca.
En el 50 aniversario de la tragedia, en 2022, la Diputación de Cádiz produjo el documental El llanto de El Cuervo, con guion del periodista Pedro Ingelmo, que recoge testimonios de familiares y supervivientes del accidente.
Como a tanta gente, esta tragedia marcó a Diego del Ojo, pero aunque fue dura, la experiencia no le quitó las ganas de estudiar Medicina. Algo que tenía muy claro desde que los seis años, cuando padeció tuberculosis, y estuvo un año sin ir a clase. "Fue un contacto muy crudo con la muerte, me hizo consciente de lo frágil que es la vida".
Después estudió Medicina en Cádiz, hizo la especialidad de Medicina de Familia y Dermatología, un máster en gestión y la tesis doctoral. Hace catorce años que es profesor de Dermatología en la Facultad de Medicina de Cádiz, y 25 que tiene su propia clínica en Jerez. Ha representado a España en el Colegio Ibero-Latinoamericano de Dermatología, y a sus 69 años, está a punto de jubilarse. Pero ese día, el 21 de julio de 1972, no lo olvidará nunca.



