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Manu San Félix, un explorador con 15.000 inmersiones en el mar: "Huyo del tono apocalíptico; pero vienen tiempos duros para el planeta"

El biólogo marino, fotógrafo y explorador de National Geographic ha participado en el Blue Zone Forum InnovAzul de Cádiz, donde ha destacado el "milagro" del agua en nuestro planeta, cuyos mares y océanos, afirma, siguen siendo grandes desconocidos

  • Manu San Félix, biólogo marino y explorador de National Geographic, posando para lavozdelsur.es tras su entrevista. -

Pregunta. Usted que pasa tantísimas horas bajo el agua, ¿cómo se siente cuando tiene que ponerse delante de un auditorio para dar una ponencia? ¿Le es cómodo?

Respuesta. Ahora me siento comodísimo. He aprendido a base de horas. Soy muy tranquilo, no soy miedoso, pero nunca entendí por qué, cuando tenía que hablar en público, se me ponía el corazón a mil. Desde hace años estoy cómodo. Para hablar tengo que sentir que creo en lo que digo y encontrar mi mensaje. Intento comunicar de una forma coloquial, huir de meter muchos datos y, sobre todo, tener la sensación de que entretengo. Si veo que la gente se está durmiendo o aburriendo, me desmotiva muchísimo. Intento ser natural y hablar como si estuviera con un grupo de amigos.

P. ¿Qué sería Manu San Félix sin el mar?

R. Me encanta la naturaleza. Paso muchísimo tiempo en el océano, pero el monte y la montaña también me han gustado siempre. Cuando estoy sumergido soy feliz, pero también lo soy en el bosque. Creo de verdad que la naturaleza te da un montón sin que te des cuenta. Con la familia me voy a pasar el día a un sitio bonito, llevamos el bocadillo de tortilla de patata y vuelves feliz. Vivimos en un mundo injusto, lleno de desigualdades, y la naturaleza es superjusta: subimos al monte y todos recibimos lo mismo, aunque uno lleve una chaqueta de 3.000 euros y otro una de Decathlon de 50. Eso es maravilloso.

P. ¿De dónde le viene esa conexión con el mar, siendo un hombre que creció entre Madrid y el País Vasco?

R. En el País Vasco pasaba los veranos en Lekeitio. Eran veranos de casi cuatro meses. Tengo recuerdos de cuando tenía tres o cuatro años, de estar en el piso de mis padres y coger los tapones blancos de las botellas de sidra, ponérmelos en la boca y andar por el pasillo. Ahora lo pienso y hasta me resulta un poco misterioso.

  • San Félix, en un momento de su entrevista con lavozdelsur.es.
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P. ¿Ya buceaba entonces?

R. Desde pequeño iba al agua con gafas y tubo. Yo era un tirillas y lo que me sacaba del agua era el frío. También pescaba con una caña de bambú y un tenedor sujeto con cinta aislante en la punta. Así empecé. Y luego soy de la generación que creció viendo a dos genios: Félix Rodríguez de la Fuente y Jacques Cousteau. Cousteau nos abrió la puerta del mundo submarino. Durante siglos, el ser humano prácticamente no había visto lo que ocupaba el planeta. Ellos me condicionaron absolutamente. Yo quería ser como Cousteau; Félix también me encantaba, pero siempre me tiró más la parte marina.

P. ¿Cómo pasó de aquella afición infantil a trabajar con National Geographic?

R. Yo era biólogo, estaba haciendo el doctorado y conseguir trabajo era imposible. Mi director de tesis, que sigue siendo mi maestro y mi mentor, me dijo que me fuera a Formentera porque tenía un amigo que iba a montar un centro de buceo. Me levanté una mañana y dije: "Me voy a Formentera". Compré una furgoneta de segunda mano, metí la Vespa y me fui. Era 1992 ó 1993 y aquello era otro mundo. Internet estaba arrancando, no había redes sociales y Formentera era una isla que mucha gente ni siquiera sabía dónde estaba. Me fui con la que era mi novia, que sigue siendo mi mujer, para vivir del buceo, tener una familia y desconectarme del mundo.

P. ¿Y qué ocurrió allí?

R. Estaba todo el día metido en el agua, buceando, enseñando a bucear o haciendo fotografías. Del 1 de enero al 31 de diciembre. No fui consciente de en lo que me estaba convirtiendo. De hecho, cuando entré en National Geographic me llamaban Underwater Machine, la máquina submarina. Luego, un día descubrí que había un concurso de fotografía, el Wildlife Photographer of the Year, en Londres. Envié una diapositiva por correo postal, en un sobre pequeñito, y al cabo del tiempo me dijeron que había ganado. Al año siguiente participé en el Festival Mundial de Imagen Submarina de Antibes, en Francia, y gané el Golden Diver. Yo no era muy consciente de la repercusión que tenían aquellos premios. Seguía viviendo en mi mundo, con mi mujer y mis hijos.

P. ¿National Geographic se fijó en usted por esos reconocimientos?

R. Enric Sala (biólogo marino y explorador de National Geographic) me siguió la pista. Vino a Formentera, conectamos muy bien y me propuso participar en una expedición de un proyecto que estaban empezando. Yo pensé que no me seleccionarían, que habría miles de americanos mejores que yo. Pero al final me dijo que quería que fuera.

  • Manu San Félix, en un momento de su ponencia.
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P. ¿Cómo recuerda aquella primera expedición?

R. Fue en 2009, en la Polinesia francesa. Para mí National Geographic era algo casi imposible. De joven me colaba en el Vips para leer la revista, porque no tenía dinero para comprarla. Llegué al barco y estaba rodeado de americanos famosísimos de la revista. Yo pensaba: "¿Qué hace aquí este español?". Recuerdo que entonces Enric Sala se acercó y me dijo que tenía que contarme algo. Me explicó que no podía sacar fotografías durante el viaje, que solo podía grabar. Le pregunté por qué y me dijo que Brian Skerry, un fotógrafo muy conocido, había pedido que no me dejaran hacer fotos.

P. Ya veía que le iba a eclipsar.

R. Yo me quedé sorprendido, pero me lo tomé bien. Lo curioso es que en aquel viaje nos hicimos muy amigos Brian y yo. Así fue como entré en National Geographic. Yo pensaba que iba a hacer aquella expedición y punto, y al final se abrió una etapa que me ha permitido vivir experiencias extraordinarias.

P. En su ponencia en Cádiz hablaba de la importancia del agua y de que tenemos un auténtico milagro como planeta. ¿Somos conscientes de lo que tenemos?

R. Es un milagro. Si piensas que esa pequeña canica azul es, hasta donde sabemos hoy, el único planeta con vida, te das cuenta de lo extraordinario que es. Podemos hablar del oro, del petróleo o de cualquier otro recurso, pero el agua es otra cosa. Es un milagro.

P. Después de tantos años bajo el agua, ¿qué le ha enseñado el océano?

R. Es como ir cada día a la universidad del mar. Te da un montón de lecciones, sobre todo de humildad. Hace unos días, en las Azores, el barco tuvo que alejarse para dejarme solo entre tres cachalotes machos. Cuando estás ahí, te das cuenta de que no eres nada. Cada día que vas al océano o a la naturaleza es una cura de humildad y de realidad.

  • Fotos a San Félix, durante su ponencia en el Blue Zone Forum InnovAzul, de Cádiz.
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P. En la charla también habló de la inteligencia de los animales. ¿Qué ha aprendido de ellos?

R. Hace 30 ó 40 años decir que los animales eran inteligentes casi era una herejía. Parecía que la inteligencia pertenecía exclusivamente al ser humano. Nosotros pensamos que ser inteligente es tener capacidad para fabricar cosas. Pero he observado a los animales durante muchos años y he reflexionado sobre ello. Los cachalotes tienen un sistema de comunicación complejísimo, que todavía estamos intentando comprender. Se sabe que tienen una forma de comunicación muy sofisticada. También ves la importancia que tiene la familia para especies como los cachalotes o las orcas. No puedes estar seguro de todo lo que observas, porque hoy parece que cualquier afirmación necesita datos para demostrarla, pero la percepción que tienes después de tantos años es que son muy inteligentes. No es una inteligencia igual que la nuestra; es distinta, está en otra frecuencia.

P. En la ponencia comentaba que el mar le servía para desconectar de un mundo que cada vez parece que está más cabreado.

R. Yo creo que tenemos que reconectar más con la naturaleza. Me encanta el fútbol, pero me gusta verlo y disfrutarlo, no estar cabreado si mi equipo pierde. Y eso pasa con el fútbol, con la política y con muchas otras cosas. A veces me miro y pienso: "Yo no estoy así de enfadado". Igual es porque tomo una cucharada de naturaleza como medicina. Me da paz y, sobre todo, humildad. Desarrollar la humildad creo que te ayuda a vivir menos enfadado.

P. Hablemos del Mediterráneo. Usted ha seguido su evolución durante décadas. ¿Cómo está?

R. Yo huyo del tono apocalíptico, pero está fatal. No tiene nada que ver con lo que era cuando empecé a bucear. Mi primera inmersión fue en 1982 y he visto cómo se está literalmente muriendo el Mediterráneo.

P. ¿Qué propone para intentar revertir esa situación?

R. Estamos trabajando en un proyecto en la bahía de Talamanca, en Ibiza. Es un proyecto con rigor científico, pero también con mucho sentido común. Lo que queremos es protegerlo para que las personas, la sociedad que tiene el mar lejos y está desconectada de él, puedan ver cómo vuelve a recuperarse. Que la gente lo palpe y compruebe que protegerlo es una bomba en términos de disfrute y calidad de vida y, sobre todo, que es bueno para la pesca.

P. Porque la protección del mar suele interpretarse como una amenaza para los pescadores.

R. Yo soy pro pescadores. Siempre se entiende que proteger es ir contra la pesca, pero tenemos que demostrar que no es así. En Talamanca queremos recuperar los caballitos de mar, las sepias, los pulpos y la posidonia. Imagina que conseguimos convertir esa bahía urbana en un aula viva. Que la gente pueda ir y decir: "¡Guau, mira lo que hay aquí!". Y que después se pueda hacer lo mismo en otros lugares. La idea es crear un modelo, una receta que pueda servir a otras organizaciones. Imagínate una ONG de Cádiz que quiera hacer algo parecido. Me gustaría poder decirle cómo hacerlo y ayudarla a ponerlo en marcha.

  • El biólogo, en otro momento de la entrevista.
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P. ¿Cómo piensa financiarlo?

R. Quiero generar una alianza con empresas del sector privado. Es un proyecto de una ONG y necesitamos financiación para hacerlo realidad y multiplicarlo. Estoy hablando con empresas y con personas que tienen capacidad para ayudar. Para mí, lo importante es que hagamos algo bueno, porque es bueno para todos.

P. ¿Nota verdadero interés en el mundo empresarial?

R. Hay mucho interés. Normalmente, quienes están al frente de las empresas son personas con una formación magnífica y buenos valores, aunque cada una defienda su negocio. Yo soy un biólogo un poco atípico porque soy pro mundo de la empresa, por una razón muy sencilla: creo que el liderazgo de la sociedad está en las empresas. Tienen una capacidad económica, pero también una capacidad enorme para trasladar mensajes a la gente. A veces, en reuniones con ONG, alguien dice que es antisistema o que determinada empresa lo hace mal. Y yo digo que vale, muy bien, pero yo soy antinada. Soy protodo. Si una empresa lo está haciendo mal, con más razón quiero trabajar con ella. ¿Qué pasa, que solo vamos a hablar con quienes consideramos perfectos? Yo me miro y estoy lleno de defectos.

P. ¿Hasta qué punto influye el turismo masivo en lugares como Ibiza?

R. Influye, porque cada actividad genera impactos, pero hay que mirar las cosas con perspectiva. Si retrocedes 50 años, vivir en Formentera era duro. Cuando llega el turismo, trae oportunidades y mejora muchas cosas. No se trata de criticarlo todo, sino de analizar lo que ha pasado. Antes, limitar los barcos en determinados lugares de Baleares podía parecer absurdo porque había muy pocos. Ahora puede haber cientos o miles. Hay que administrar los recursos, igual que hacemos en tierra. Un lugar que era una joya ya no brilla como antes, y tenemos que preguntarnos qué podemos hacer para recuperarlo. Muchas veces es una cuestión de sentido común.

P. En Cádiz también tenemos problemas con especies invasoras, como el alga asiática. ¿Qué está pasando?

R. Los problemas con las especies invasoras aparecen en muchos lugares. Estamos cambiando un planeta que es exclusivo, un milagro. Lo estamos calentando y estamos modificando su composición, y empiezan a suceder cosas que nos sorprenden. Una especie que antes no podía vivir aquí ahora encuentra unas condiciones distintas y puede establecerse. Hay que coger el toro por los cuernos, pero tenemos que ser más rápidos. Somos lentos. No quiero transmitir un mensaje apocalíptico ni asustar, pero creo que viene una época muy dura. Cuando ves arrecifes muertos y observas cómo están cambiando los veranos, te preocupas.

P. Usted ha señalado también el crecimiento de la población mundial como uno de los grandes problemas.

R. Es un asunto del que casi nadie habla. Imagina que mañana empezamos a hacerlo todo fenomenal: dejamos de emitir CO₂, pescamos bien y reciclamos todo. Pero la población sigue creciendo hasta los 15.000 millones de personas. Hay que tener en cuenta la presión que eso supone sobre el planeta y sus recursos.

  • Manu San Félix, posando para lavozdelsur.es.
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P. ¿Qué le queda por hacer a aquel chaval que veía los documentales de Cousteau y Félix Rodríguez de la Fuente? ¿Ha cumplido sus sueños?

R. Sí. He conseguido tener una familia, tres hijos, darles una buena educación y vivir dignamente haciendo lo que era mi pasión. Desde ese punto de vista, he cumplido mi sueño. Mi hijo es biólogo como yo y trabaja conmigo en National Geographic. Es un crack en el agua y me encanta verlo. Pero eso no quiere decir que haya sido fácil. La vida es dura y ganarse el dinero también. Hay mucha competición. Hay que tener un sueño, pero hay que ponerse el mono de currar.

P. ¿Qué les dice a los jóvenes que quieren dedicarse a algo que les apasiona?

R. Que se formen, que trabajen y que no piensen que todo va a ser sencillo. A mi hijo le dije que terminara la carrera. Después podía dedicarse a lo que quisiera, pero quería que tuviera ese título porque estudiar también te forma la cabeza. Él me da mil vueltas en muchas cosas: habla inglés mucho mejor que yo, maneja la cámara mejor que yo y se mueve por el mundo con una facilidad que yo no tenía a su edad. Pero le decía que hay una cosa en la que yo le ganaba: el hambre. Y sigo teniéndola. Algunos piensan que porque tengo 62 años ya no tengo ganas, pero se equivocan. Sigo teniendo pasión y ambición.

Pregunta. Usted que pasa tantísimas horas bajo el agua, ¿cómo se siente cuando tiene que ponerse delante de un auditorio para dar una ponencia? ¿Le es cómodo?

Respuesta. Ahora me siento comodísimo. He aprendido a base de horas. Soy muy tranquilo, no soy miedoso, pero nunca entendí por qué, cuando tenía que hablar en público, se me ponía el corazón a mil. Desde hace años estoy cómodo. Para hablar tengo que sentir que creo en lo que digo y encontrar mi mensaje. Intento comunicar de una forma coloquial, huir de meter muchos datos y, sobre todo, tener la sensación de que entretengo. Si veo que la gente se está durmiendo o aburriendo, me desmotiva muchísimo. Intento ser natural y hablar como si estuviera con un grupo de amigos.

P. ¿Qué sería Manu San Félix sin el mar?

R. Me encanta la naturaleza. Paso muchísimo tiempo en el océano, pero el monte y la montaña también me han gustado siempre. Cuando estoy sumergido soy feliz, pero también lo soy en el bosque. Creo de verdad que la naturaleza te da un montón sin que te des cuenta. Con la familia me voy a pasar el día a un sitio bonito, llevamos el bocadillo de tortilla de patata y vuelves feliz. Vivimos en un mundo injusto, lleno de desigualdades, y la naturaleza es superjusta: subimos al monte y todos recibimos lo mismo, aunque uno lleve una chaqueta de 3.000 euros y otro una de Decathlon de 50. Eso es maravilloso.

P. ¿De dónde le viene esa conexión con el mar, siendo un hombre que creció entre Madrid y el País Vasco?

R. En el País Vasco pasaba los veranos en Lekeitio. Eran veranos de casi cuatro meses. Tengo recuerdos de cuando tenía tres o cuatro años, de estar en el piso de mis padres y coger los tapones blancos de las botellas de sidra, ponérmelos en la boca y andar por el pasillo. Ahora lo pienso y hasta me resulta un poco misterioso.

  • San Félix, en un momento de su entrevista con lavozdelsur.es.
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P. ¿Ya buceaba entonces?

R. Desde pequeño iba al agua con gafas y tubo. Yo era un tirillas y lo que me sacaba del agua era el frío. También pescaba con una caña de bambú y un tenedor sujeto con cinta aislante en la punta. Así empecé. Y luego soy de la generación que creció viendo a dos genios: Félix Rodríguez de la Fuente y Jacques Cousteau. Cousteau nos abrió la puerta del mundo submarino. Durante siglos, el ser humano prácticamente no había visto lo que ocupaba el planeta. Ellos me condicionaron absolutamente. Yo quería ser como Cousteau; Félix también me encantaba, pero siempre me tiró más la parte marina.

P. ¿Cómo pasó de aquella afición infantil a trabajar con National Geographic?

R. Yo era biólogo, estaba haciendo el doctorado y conseguir trabajo era imposible. Mi director de tesis, que sigue siendo mi maestro y mi mentor, me dijo que me fuera a Formentera porque tenía un amigo que iba a montar un centro de buceo. Me levanté una mañana y dije: "Me voy a Formentera". Compré una furgoneta de segunda mano, metí la Vespa y me fui. Era 1992 ó 1993 y aquello era otro mundo. Internet estaba arrancando, no había redes sociales y Formentera era una isla que mucha gente ni siquiera sabía dónde estaba. Me fui con la que era mi novia, que sigue siendo mi mujer, para vivir del buceo, tener una familia y desconectarme del mundo.

P. ¿Y qué ocurrió allí?

R. Estaba todo el día metido en el agua, buceando, enseñando a bucear o haciendo fotografías. Del 1 de enero al 31 de diciembre. No fui consciente de en lo que me estaba convirtiendo. De hecho, cuando entré en National Geographic me llamaban Underwater Machine, la máquina submarina. Luego, un día descubrí que había un concurso de fotografía, el Wildlife Photographer of the Year, en Londres. Envié una diapositiva por correo postal, en un sobre pequeñito, y al cabo del tiempo me dijeron que había ganado. Al año siguiente participé en el Festival Mundial de Imagen Submarina de Antibes, en Francia, y gané el Golden Diver. Yo no era muy consciente de la repercusión que tenían aquellos premios. Seguía viviendo en mi mundo, con mi mujer y mis hijos.

P. ¿National Geographic se fijó en usted por esos reconocimientos?

R. Enric Sala (biólogo marino y explorador de National Geographic) me siguió la pista. Vino a Formentera, conectamos muy bien y me propuso participar en una expedición de un proyecto que estaban empezando. Yo pensé que no me seleccionarían, que habría miles de americanos mejores que yo. Pero al final me dijo que quería que fuera.

  • Manu San Félix, en un momento de su ponencia.
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P. ¿Cómo recuerda aquella primera expedición?

R. Fue en 2009, en la Polinesia francesa. Para mí National Geographic era algo casi imposible. De joven me colaba en el Vips para leer la revista, porque no tenía dinero para comprarla. Llegué al barco y estaba rodeado de americanos famosísimos de la revista. Yo pensaba: "¿Qué hace aquí este español?". Recuerdo que entonces Enric Sala se acercó y me dijo que tenía que contarme algo. Me explicó que no podía sacar fotografías durante el viaje, que solo podía grabar. Le pregunté por qué y me dijo que Brian Skerry, un fotógrafo muy conocido, había pedido que no me dejaran hacer fotos.

P. Ya veía que le iba a eclipsar.

R. Yo me quedé sorprendido, pero me lo tomé bien. Lo curioso es que en aquel viaje nos hicimos muy amigos Brian y yo. Así fue como entré en National Geographic. Yo pensaba que iba a hacer aquella expedición y punto, y al final se abrió una etapa que me ha permitido vivir experiencias extraordinarias.

P. En su ponencia en Cádiz hablaba de la importancia del agua y de que tenemos un auténtico milagro como planeta. ¿Somos conscientes de lo que tenemos?

R. Es un milagro. Si piensas que esa pequeña canica azul es, hasta donde sabemos hoy, el único planeta con vida, te das cuenta de lo extraordinario que es. Podemos hablar del oro, del petróleo o de cualquier otro recurso, pero el agua es otra cosa. Es un milagro.

P. Después de tantos años bajo el agua, ¿qué le ha enseñado el océano?

R. Es como ir cada día a la universidad del mar. Te da un montón de lecciones, sobre todo de humildad. Hace unos días, en las Azores, el barco tuvo que alejarse para dejarme solo entre tres cachalotes machos. Cuando estás ahí, te das cuenta de que no eres nada. Cada día que vas al océano o a la naturaleza es una cura de humildad y de realidad.

  • Fotos a San Félix, durante su ponencia en el Blue Zone Forum InnovAzul, de Cádiz.
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P. En la charla también habló de la inteligencia de los animales. ¿Qué ha aprendido de ellos?

R. Hace 30 ó 40 años decir que los animales eran inteligentes casi era una herejía. Parecía que la inteligencia pertenecía exclusivamente al ser humano. Nosotros pensamos que ser inteligente es tener capacidad para fabricar cosas. Pero he observado a los animales durante muchos años y he reflexionado sobre ello. Los cachalotes tienen un sistema de comunicación complejísimo, que todavía estamos intentando comprender. Se sabe que tienen una forma de comunicación muy sofisticada. También ves la importancia que tiene la familia para especies como los cachalotes o las orcas. No puedes estar seguro de todo lo que observas, porque hoy parece que cualquier afirmación necesita datos para demostrarla, pero la percepción que tienes después de tantos años es que son muy inteligentes. No es una inteligencia igual que la nuestra; es distinta, está en otra frecuencia.

P. En la ponencia comentaba que el mar le servía para desconectar de un mundo que cada vez parece que está más cabreado.

R. Yo creo que tenemos que reconectar más con la naturaleza. Me encanta el fútbol, pero me gusta verlo y disfrutarlo, no estar cabreado si mi equipo pierde. Y eso pasa con el fútbol, con la política y con muchas otras cosas. A veces me miro y pienso: "Yo no estoy así de enfadado". Igual es porque tomo una cucharada de naturaleza como medicina. Me da paz y, sobre todo, humildad. Desarrollar la humildad creo que te ayuda a vivir menos enfadado.

P. Hablemos del Mediterráneo. Usted ha seguido su evolución durante décadas. ¿Cómo está?

R. Yo huyo del tono apocalíptico, pero está fatal. No tiene nada que ver con lo que era cuando empecé a bucear. Mi primera inmersión fue en 1982 y he visto cómo se está literalmente muriendo el Mediterráneo.

P. ¿Qué propone para intentar revertir esa situación?

R. Estamos trabajando en un proyecto en la bahía de Talamanca, en Ibiza. Es un proyecto con rigor científico, pero también con mucho sentido común. Lo que queremos es protegerlo para que las personas, la sociedad que tiene el mar lejos y está desconectada de él, puedan ver cómo vuelve a recuperarse. Que la gente lo palpe y compruebe que protegerlo es una bomba en términos de disfrute y calidad de vida y, sobre todo, que es bueno para la pesca.

P. Porque la protección del mar suele interpretarse como una amenaza para los pescadores.

R. Yo soy pro pescadores. Siempre se entiende que proteger es ir contra la pesca, pero tenemos que demostrar que no es así. En Talamanca queremos recuperar los caballitos de mar, las sepias, los pulpos y la posidonia. Imagina que conseguimos convertir esa bahía urbana en un aula viva. Que la gente pueda ir y decir: "¡Guau, mira lo que hay aquí!". Y que después se pueda hacer lo mismo en otros lugares. La idea es crear un modelo, una receta que pueda servir a otras organizaciones. Imagínate una ONG de Cádiz que quiera hacer algo parecido. Me gustaría poder decirle cómo hacerlo y ayudarla a ponerlo en marcha.

  • El biólogo, en otro momento de la entrevista.
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P. ¿Cómo piensa financiarlo?

R. Quiero generar una alianza con empresas del sector privado. Es un proyecto de una ONG y necesitamos financiación para hacerlo realidad y multiplicarlo. Estoy hablando con empresas y con personas que tienen capacidad para ayudar. Para mí, lo importante es que hagamos algo bueno, porque es bueno para todos.

P. ¿Nota verdadero interés en el mundo empresarial?

R. Hay mucho interés. Normalmente, quienes están al frente de las empresas son personas con una formación magnífica y buenos valores, aunque cada una defienda su negocio. Yo soy un biólogo un poco atípico porque soy pro mundo de la empresa, por una razón muy sencilla: creo que el liderazgo de la sociedad está en las empresas. Tienen una capacidad económica, pero también una capacidad enorme para trasladar mensajes a la gente. A veces, en reuniones con ONG, alguien dice que es antisistema o que determinada empresa lo hace mal. Y yo digo que vale, muy bien, pero yo soy antinada. Soy protodo. Si una empresa lo está haciendo mal, con más razón quiero trabajar con ella. ¿Qué pasa, que solo vamos a hablar con quienes consideramos perfectos? Yo me miro y estoy lleno de defectos.

P. ¿Hasta qué punto influye el turismo masivo en lugares como Ibiza?

R. Influye, porque cada actividad genera impactos, pero hay que mirar las cosas con perspectiva. Si retrocedes 50 años, vivir en Formentera era duro. Cuando llega el turismo, trae oportunidades y mejora muchas cosas. No se trata de criticarlo todo, sino de analizar lo que ha pasado. Antes, limitar los barcos en determinados lugares de Baleares podía parecer absurdo porque había muy pocos. Ahora puede haber cientos o miles. Hay que administrar los recursos, igual que hacemos en tierra. Un lugar que era una joya ya no brilla como antes, y tenemos que preguntarnos qué podemos hacer para recuperarlo. Muchas veces es una cuestión de sentido común.

P. En Cádiz también tenemos problemas con especies invasoras, como el alga asiática. ¿Qué está pasando?

R. Los problemas con las especies invasoras aparecen en muchos lugares. Estamos cambiando un planeta que es exclusivo, un milagro. Lo estamos calentando y estamos modificando su composición, y empiezan a suceder cosas que nos sorprenden. Una especie que antes no podía vivir aquí ahora encuentra unas condiciones distintas y puede establecerse. Hay que coger el toro por los cuernos, pero tenemos que ser más rápidos. Somos lentos. No quiero transmitir un mensaje apocalíptico ni asustar, pero creo que viene una época muy dura. Cuando ves arrecifes muertos y observas cómo están cambiando los veranos, te preocupas.

P. Usted ha señalado también el crecimiento de la población mundial como uno de los grandes problemas.

R. Es un asunto del que casi nadie habla. Imagina que mañana empezamos a hacerlo todo fenomenal: dejamos de emitir CO₂, pescamos bien y reciclamos todo. Pero la población sigue creciendo hasta los 15.000 millones de personas. Hay que tener en cuenta la presión que eso supone sobre el planeta y sus recursos.

  • Manu San Félix, posando para lavozdelsur.es.
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P. ¿Qué le queda por hacer a aquel chaval que veía los documentales de Cousteau y Félix Rodríguez de la Fuente? ¿Ha cumplido sus sueños?

R. Sí. He conseguido tener una familia, tres hijos, darles una buena educación y vivir dignamente haciendo lo que era mi pasión. Desde ese punto de vista, he cumplido mi sueño. Mi hijo es biólogo como yo y trabaja conmigo en National Geographic. Es un crack en el agua y me encanta verlo. Pero eso no quiere decir que haya sido fácil. La vida es dura y ganarse el dinero también. Hay mucha competición. Hay que tener un sueño, pero hay que ponerse el mono de currar.

P. ¿Qué les dice a los jóvenes que quieren dedicarse a algo que les apasiona?

R. Que se formen, que trabajen y que no piensen que todo va a ser sencillo. A mi hijo le dije que terminara la carrera. Después podía dedicarse a lo que quisiera, pero quería que tuviera ese título porque estudiar también te forma la cabeza. Él me da mil vueltas en muchas cosas: habla inglés mucho mejor que yo, maneja la cámara mejor que yo y se mueve por el mundo con una facilidad que yo no tenía a su edad. Pero le decía que hay una cosa en la que yo le ganaba: el hambre. Y sigo teniéndola. Algunos piensan que porque tengo 62 años ya no tengo ganas, pero se equivocan. Sigo teniendo pasión y ambición.

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