Sol Bernal Rosso no necesita ver la pantalla para saber qué está pasando en sus vídeos. Tampoco necesita sostener un móvil para grabarlos. Desde que su marido le regaló unas gafas inteligentes Ray-Ban Meta, esta portuense ha encontrado una forma de enseñar a miles de personas algo que hasta ahora apenas aparecía en sus redes: cómo es recorrer una calle cuando la vista deja de ser una herramienta para orientarse. Sus vídeos se han convertido en una ventana a una realidad que despierta preguntas, sorpresa y, en ocasiones, una nueva manera de mirar el espacio público.
En las imágenes, Sol camina con su bastón, avanza por las aceras y se enfrenta a obstáculos que para otros pueden pasar inadvertidos. Quienes la siguen se preguntan cómo consigue grabar, cómo lee los comentarios o cómo sabe por dónde va. Ella responde a esas dudas, pero también aprovecha para enseñar todo lo que hay detrás de cada paso. Porque caminar con soltura no significa que el recorrido sea sencillo, y perder la vista no implica dejar de buscar recursos para desenvolverse con autonomía.

- Posando tras la entrevista con las gafas.
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- MANU GARCÍA
A sus 51 años, esta creadora de contenido lleva dos décadas adaptándose a una vida muy distinta a la que conocía. Perdió casi toda la visión cuando tenía 30, después de sufrir complicaciones graves derivadas de la diabetes tipo 1, una enfermedad con la que convive desde niña. Hoy comparte su experiencia con naturalidad, humor y una franqueza que conecta con quienes la descubren. Sus vídeos también dejan al descubierto una contradicción: mientras la tecnología abre nuevas posibilidades, las calles de su ciudad siguen sin estar preparadas para que una persona ciega pueda cruzarlas con seguridad.
Las gafas con las que enseña el mundo que no ve
La idea surgió cuando su marido le regaló las gafas inteligentes con las que ahora graba sus recorridos. Sol empezó a imaginar qué perspectiva podía ofrecer: la de una persona que camina con bastón y tiene que interpretar el entorno de otra manera. "Vi que eso no estaba en redes y pensé que podía ser una forma de enseñar el punto de vista de una persona ciega, las barreras que se encuentra por la calle y todo lo que va surgiendo", explica a lavozdelsur.es.

- Señal luminosa que indica que está grabando.
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- MANU GARCÍA
El resultado ha sorprendido incluso a la propia protagonista. Cada publicación despierta nuevas preguntas y pone sobre la mesa situaciones cotidianas que muchas personas nunca se habían planteado. La tecnología de las gafas permite registrar lo que tiene delante sin que necesite manejar un teléfono mientras camina. No significa que pueda improvisar cualquier trayecto ni que las dificultades desaparezcan: para grabar, como para desplazarse, necesita preparación.
@mismanojos La trampa de este recorrido es que me lo conozco demasiado bien #discapacidadvisual #discapacidad #ceguera #bajavision #accesibilidad @raybanmeta ♬ sonido original - Sol Rosso
"Lo que más sorprende a la gente es la soltura con la que voy por la calle, que camino recta", cuenta. Después llega la parte que no siempre se aprecia en pantalla: "Detrás hay muchas horas de práctica, muchas caídas, mucho ensayo y error. Hay un gran esfuerzo detrás de cada recorrido".
Sol no suele lanzarse a explorar sola un lugar que desconoce. Primero realiza el trayecto acompañada, memoriza referencias y aprende a identificar los puntos que pueden ayudarla a orientarse. Solo después se plantea hacerlo por su cuenta. Esa preparación es la que permite que sus vídeos parezcan tan naturales. Lo que para quien mira puede ser un paseo cualquiera, para ella es un ejercicio de memoria, concentración y confianza.

- Sol con su bastón y las gafas.
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- MANU GARCÍA
Cuando perder la vista significa aprenderlo todo otra vez
La pérdida de visión no llegó de un día para otro en una vida que ya estuviera preparada para asumirla. Sol tenía 30 años cuando las complicaciones de la diabetes acabaron dejándola prácticamente ciega. Hasta entonces trabajaba en un departamento comercial y conducía con frecuencia. Recuerda que empezó a notar cosas extrañas en los ojos, como si tuviera elementos que se movían delante de ellos, pero pensó que podía deberse al cansancio o al estrés.
El diagnóstico llegó cuando ya sufría complicaciones importantes. Durante una hospitalización por un problema intestinal que requirió una operación, le realizaron un chequeo completo. Los médicos le comunicaron que la afectación visual era grave y que podía perder la vista por completo en unos tres meses. Finalmente, el proceso se prolongó durante seis. "Fue durísimo. La sensación era de claustrofobia, porque yo quería ver, pero en realidad no veía", recuerda.
La diabetes tipo 1 la acompaña desde hace más de 35 años. Sol explica que entonces la educación diabetológica que recibió fue insuficiente para aprender a manejar una enfermedad que exige atención constante. Mantener la glucosa elevada durante mucho tiempo terminó provocándole distintas complicaciones crónicas: retinopatía diabética, insuficiencia renal, gastroparesia —una alteración que dificulta el vaciamiento del estómago— y neuropatía periférica, entre otras.

- Con las gafas puesta dispuesta a realizar un video.
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- MANU GARCÍA
Su visión actual es muy limitada. Conserva alrededor de un 2% de visión en un ojo, en forma de visión de tubo, mientras que en el otro no tiene visión útil. Puede distinguir algunos bultos, sombras o contrastes, aunque su percepción cambia según el día y las circunstancias. "La gente piensa que o eres ciega total o ves. Cuando dices que tienes un resto visual, te responden que entonces ves. Y no es así", explica.
Esa confusión también forma parte de lo que intenta aclarar en sus redes. La discapacidad visual no es igual para todas las personas, ni siquiera cuando comparten diagnóstico. En su perfil tiene publicado un vídeo con un simulador que ayuda a comprender lo limitado que resulta ese pequeño resto visual. Es una manera de responder a una pregunta recurrente y, al mismo tiempo, de desmontar una idea equivocada: conservar algo de visión no significa poder desenvolverse como una persona que ve con normalidad.
El bastón que le devolvió la calle
Aprender a vivir sin ver supuso reconstruir desde lo más básico. Sol se incorporó a la ONCE, donde recibió formación para desenvolverse de manera autónoma. Entre las figuras que destaca está el técnico rehabilitador, que le enseñó tareas cotidianas que hasta entonces realizaba sin pensar: barrer, colocar la pasta de dientes en el cepillo o cuidar de su aseo personal.
También tuvo que aprender a mantener aquellas facetas de su vida que seguían siendo importantes para ella. Se considera presumida, le gusta arreglarse y maquillarse, y no ha renunciado a hacerlo. Ha tenido que encontrar otras maneras de conseguirlo, con práctica y paciencia, igual que con el resto de actividades que antes dependían de la vista.
Pero salir a la calle con el bastón fue otra historia. Durante una etapa, la vergüenza y la dificultad para aceptar su nueva situación la llevaron a salir muy poco de casa. Le costaba caminar recta, se desviaba y chocaba con obstáculos. Había perdido visión en apenas seis meses y todavía estaba intentando comprender cómo iba a ser su vida a partir de entonces.
Hasta que decidió cambiar su manera de afrontar el miedo. "Un día cogí el toro por los cuernos y pensé: 'Sol, esto no te va a hundir'. ¿Y sabes qué pasó? Nada. No pasaba nada porque llevara el bastón por la calle", cuenta.
El bastón le dio seguridad y le permitió recuperar independencia. Ahora, precisamente, aparece en los vídeos que tanta curiosidad despiertan. Lo que durante años le costó aceptar se ha convertido en una herramienta para explicar su día a día y animar a otras personas a salir de casa. Recuerda especialmente el mensaje de una mujer que tenía miedo de utilizar el bastón en la calle y que, después de ver sus recorridos, se decidió a hacerlo.
"Cuando me contó que mis vídeos la habían motivado para salir, me hizo muy feliz", relata. También recibió el agradecimiento de un joven que, tras ver una publicación sobre las complicaciones de la diabetes, le dijo que había tomado conciencia de la importancia de cuidarse. Para Sol, saber que su experiencia puede ayudar a alguien es una de las razones para seguir compartiéndola.
El Puerto todavía tiene cruces que son una aventura
La popularidad en redes le ha traído otra consecuencia: cada vez más personas la reconocen por la calle. Le da vergüenza, admite entre risas, aunque los encuentros suelen ser agradables. La saludan, le cuentan que siguen sus vídeos o le escriben para decirle que se la han cruzado por algún lugar. Incluso durante un viaje a Madrid se encontró con una persona que la reconoció por su contenido.
Sin embargo, esa visibilidad también sirve para hablar de algo que no depende de la voluntad individual: la accesibilidad de las ciudades. Sol denuncia que El Puerto carece de semáforos sonoros que permitan a las personas con discapacidad visual saber cuándo pueden cruzar. Es una carencia que convierte un trayecto habitual en una situación de incertidumbre.

- Las gafas le ayudan en su día a día.
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- MANU GARCÍA
Uno de los puntos que más utiliza es el cruce de la calle Valdés con la plaza de toros. Allí, explica, pueden circular vehículos desde tres direcciones distintas. Sin una señal acústica, necesita pedir ayuda para saber cuándo es seguro atravesar la calzada. Agradece la disposición de las personas que se paran a orientarla, pero considera que la seguridad no debería depender de encontrar a alguien disponible en ese momento.
"En otras ciudades a las que viajo hay semáforos con señales acústicas y es una maravilla. Me da mucha pena que El Puerto no tenga nada de eso", señala. También critica el estado de algunas aceras, con losas levantadas y desniveles que enganchan el bastón. Cuando eso ocurre, el obstáculo puede provocar un golpe o hacer que pierda el equilibrio.
En Jerez encuentra algunas mejoras, aunque considera que tampoco está plenamente adaptada. Los centros históricos plantean dificultades por sus aceras estrechas, pero el problema no termina ahí. Los elementos que sobresalen a la altura de la cara son especialmente peligrosos porque el bastón rastrea el suelo, no el espacio que queda por encima de él. "Yo con el bastón voy buscando el suelo, pero ¿quién me rastrea la altura de la cara?", plantea.
Su reivindicación es concreta: semáforos accesibles, aceras en buen estado y calles diseñadas para que las personas con discapacidad visual puedan desplazarse sin exponerse continuamente a imprevistos. No pide que desaparezcan todas las dificultades de un día para otro, sino que se tengan en cuenta desde el principio.
Una vida que también se cuenta con humor
Sol no quiere que sus redes se conviertan únicamente en un escaparate de las dificultades. El humor forma parte de su manera de afrontar lo que le ha ocurrido y de contar las cosas. También reivindica que la discapacidad no tiene por qué borrar el resto de su personalidad: sigue siendo la mujer presumida a la que le gusta maquillarse, viajar y aprender.
Después de perder la vista, estudió Dietética y Nutrición, una formación que le permitió abrir una nueva etapa profesional. Durante un tiempo pasó consulta, hasta que los problemas derivados de la gastroparesia la obligaron a dejarla. Ahora participa también en encuentros y charlas sobre diabetes, donde comparte su experiencia y la importancia de contar con información adecuada para convivir con la enfermedad.
En sus redes, bajo el nombre de Sol Rosso y con el proyecto Mismanojos, combina esos contenidos con los recorridos grabados con sus gafas. No pretende presentar su vida como una historia de superación perfecta ni ocultar los días complicados. Prefiere explicar lo que le funciona, las barreras que encuentra y las herramientas que le permiten continuar.
"Todo suma, hasta lo malo", dice cuando se le pregunta qué más le gustaría que se conociera de su historia. Ahora, cada recorrido que comparte tiene dos destinos: el lugar al que consigue llegar después de memorizar el camino y confiar en su bastón y las pantallas de quienes la siguen, que aprenden cuánto trabajo hay detrás de un paseo aparentemente sencillo.
Sol no ve las reacciones como las vería cualquier otra persona, pero escucha las preguntas, recibe los mensajes y sabe que sus vídeos están abriendo conversaciones que antes apenas tenían espacio. Solo mantiene una petición que no debería necesitar hacerse viral para ser atendida: que las calles también permitan caminar con seguridad a quienes no pueden verlas.
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