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'Maestra Engracia', la historia de la mujer que dedicó casi cuatro décadas a enseñar en Guadalcacín

Esta salmantina llegó a la ELA de Jerez con 25 años y terminó dejando una huella imborrable en varias generaciones de alumnos. La nueva Casa de la Cultura lleva su nombre en homenaje a su trayectoria docente. "Nadie debería dedicarse a esta profesión si no ha querido a alguien", destaca

  • Engracia Santos García, delante de la nueva Casa de la Cultura de Guadalcacín que lleva su nombre. -

A finales del pasado mes de junio, Guadalcacín inauguraba su nueva Casa de la Cultura, un edificio situado en la plaza de la Artesanía equipado con instalaciones modernas que cuenta entre sus espacios con una biblioteca, una sala de exposiciones, un salón para usos múltiples, así como una sala de estudio, un aula de informática, una de música y otra de pintura.

Una instalación que lleva el nombre de Engracia Santos García, una maestra de las de toda la vida que dedicó la mayor parte de su vida profesional a la docencia en esta ELA de Jerez a la que llegó en 1974 cuando tenía 25 años, una hija de siete meses y otra que venía en camino. Aunque hace trece años que ya no ejerce en la docencia, varias generaciones siguen recordándola con muchísimo cariño y Salvador Ruiz, alcalde de Guadalcacín, impulsó que esta Casa de la Cultura llevase el nombre de Engracia, que aceptó muy gustosamente, pero con una única condición, que delante de su nombre fuese la palabra a la que estará unida eternamente: maestra

De un pueblo de Salamanca a Guadalcacín, alejándose del franquismo

"Lo de la Casa de la Cultura ha sido una ilusión tremenda para mí. Que después de trece años, el pueblo donde has trabajado y al que has dedicado tantísima ilusión y tantísimas cosas no solo se acuerde de ti, sino que incluso le pongan tu nombre a esta instalación, es algo muy especial. Cuando vengo, me demuestran mucho cariño, me paran por la calle. Sé que la memoria está ahí y es una ilusión tremenda que el Ayuntamiento haya sido capaz de recoger esas sensaciones", cuenta Engracia a lavozdelsur.es.

Nada más y nada menos que 39 años estuvo como docente en Gualdacín. Antes hizo su primer año en la enseñanza privada, "en algo que ya no existe en Jerez, en el Santo Ángel. En mi segundo año abrí San Telmo. Había una directora, pero estaba en otro colegio. O sea, yo era la única maestra que tenía oposiciones. Mis dos años siguientes fueron en una unitaria, en el campo, en la pedanía de El Portal. Después me vine aquí por cinco años obligatoriamente y de esos cinco años pasé a 39". 

  • Engracia, en la biblioteca de la nueva Casa de la Cultura de Guadalcacín.
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Nacida en un pueblo de la provincia de Salamanca, acabó en el sur de Andalucía tomando tierra de la política. Eran tiempos de dictadura franquista: "Yo había tenido a la policía detrás de mí durante todo el año que estuve en la Facultad de Letras. Mi padre trabajaba en el Ayuntamiento, entonces yo no me podía permitir el lujo de jugarme el trabajo de mi padre. Así que me fui y acabé en Jerez". 

En aquella época, la profesión de maestra, como relata Engracia, "estaba con el franquismo desprestigiada por completo, pero además muy intencionadamente. La primera intencionalidad era la de cargarse aquella escuela de la República que llevó la cultura a todos. No interesaba que la gente estuviera culturizada porque es mucho más difícil de manera. Así que lo primero que se eliminó fue a todo el magisterio y después lo de feminizar la profesión era una estrategia para restarle valor al ser un trabajo de mujeres, que en aquellos tiempos las mujeres estábamos como estábamos. Hacer que fuera un trabajo de mujeres era echarlo al olvido. No hacía falta subir mucho los salarios porque quien tenía que ganar la vida era el hombre y lo nuestro era un trabajo menor". 

Tras aquellos primeros años como docente, esta salmantina acabó desembarcando en el ahora conocido como CEIP Tomasa Pinilla, un centro con marcada presencia de la mujer entonces, durante la estancia de Engracia y actualmente bajo la dirección de Eva Durán. "El primer director fue un hombre, pero luego le sustituyó Carmen Fatou, que fue la primera directora. El peso lo hemos llevado las mujeres. No debería ser raro, aunque por entonces sí lo era". 

Los matices de ser 'maestra rural'

Ser maestra y encima en una zona rural tiene sus connotaciones y matices. "Conoces a todo el mundo, no solo a los alumnos, también a toda la familia. Sabemos de qué pie cojeamos y si uno es muy exigente y el otro es de aquella manera. Tiene sus pros y sus contras, pero yo no he visto tantas contras. Hay muchos maestros y de otras profesiones que no quieren vivir en el sitio donde trabajan porque todo el mundo sabe lo que haces. A mí no me ha importado nunca. He vivido con la gente y no me ha importado ir a la tienda y que me preguntasen por su hijo o que me parasen por la calle para decirme que su hijo no había ido a clase por tal motivo. Yo nací también en un pueblo y eso seguramente ayuda a poner las cosas en perspectiva". 

Esa cercanía que se da en los centros educativos rurales, en los colegios de pueblo, precisamente, es uno de los aspectos que Engracia considera fundamentales en la educación: "Naturalmente, la educación es todo más cercano. Y también se aprovecha mucho esa cercanía para entender mejor al alumnado y a los padres. Y una vez que tú entiendes mejor, puedes motivar mejor", explica.

  • Una imagen de la docente en la sala de estudios de la Casa de la Cultura Maestra Engracia Santos García.
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Esa relación entre escuela, familias y municipio también se trasladó durante años a numerosas iniciativas que fueron mucho más allá de las aulas. El colegio y el Ayuntamiento caminaron de la mano en actividades como la mítica Carrera Popular de Guadalcacín, una experiencia que Engracia recuerda como un ejemplo de las posibilidades que ofrece una entidad local cuando existe colaboración. "Siempre hemos ido de la mano", señala. Y en esa relación también encontró una de las razones por las que decidió mantenerse al margen de la política. "A mí en alguna ocasión alguien me propuso meterme en política. Ni hablar. Un maestro en un pueblo no debe estar en política porque tienes que trabajar con todos". 

Durante sus años en Guadalcacín, Engracia procuró mantener una relación cordial con los distintos representantes políticos, independientemente de quién estuviera al frente del Ayuntamiento. Considera que esa colaboración es especialmente importante en localidades pequeñas, donde determinadas gestiones pueden resultar mucho más sencillas. "Si tú quieres utilizar un espacio deportivo, nadie te va a poner problemas, no tienes más que decirlo. Si quieres organizar un festejo, el que sea, por ejemplo la carrera popular, la organizamos el primer año partiendo de la nada, solamente contando con los maestros", explica. La implicación del Ayuntamiento permitía después coordinar aspectos como el corte de las calles o la presencia de Cruz Roja. "Hay cosas que se facilitan mucho desde un ayuntamiento local", resume.

Una profesión que necesita recuperar reconocimiento

La conversación lleva inevitablemente a analizar la situación actual de la enseñanza y la percepción social de una profesión que, según Engracia, ha perdido parte del reconocimiento que tuvo en otros momentos. La antigua maestra considera que en los últimos años existe un creciente malestar entre docentes, tanto de Primaria como de Secundaria, debido a las dificultades que encuentran en las aulas y también a la creciente carga administrativa. "Una administración que exige mucha documentación, mucho papeleo, hace que el tiempo que se dedica a eso no se pueda dedicar a lo realmente importante", lamenta. A ello se suma la complejidad de trabajar con adolescentes, una etapa que conoce especialmente bien después de tantos años de experiencia. "Hay que conectar con ellos, y conectar con ellos no es fácil si no se les aprecia, si no se les quiere", sostiene.

Engracia recuerda una frase que le dijo en su día una compañera y que, con el paso del tiempo, ha terminado convirtiéndose casi en una filosofía profesional: "Nadie debería dedicarse a esta profesión si no ha querido a alguien". No se refiere únicamente a la vocación entendida como una llamada inicial hacia la enseñanza, sino a la capacidad de comprender al alumnado y ponerse en su lugar. Incluso recuerda cómo algunos compañeros cambiaron su manera de relacionarse con los estudiantes después de convertirse en padres. "Han empezado a ver las cosas de otra manera. Lo que tú piensas respecto a tu hijo lo trasladas inmediatamente", explica.

  • Engracia Santos García dedicó 39 años de su vida docente a Guadalcacín. 
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Sin embargo, Engracia evita responsabilizar únicamente a los docentes de las dificultades actuales. Considera que la sociedad ha cambiado mucho y la educación no siempre ha podido avanzar al mismo ritmo. "Tenemos valores distintos, y hay valores que deberían ser compartidos. Pero cuánto se tiende a enfrentarnos en vez de a colaborar", reflexiona. Para ella, recuperar esa colaboración entre familias, profesores, instituciones y alumnos resulta esencial para afrontar los problemas que existen actualmente en las aulas.

Profesionalidad por encima de vocación

También distingue entre vocación y profesionalidad. A su juicio, no es imprescindible que una persona haya sentido desde niña una llamada hacia la enseñanza para convertirse en una buena maestra o profesor. "Yo he conocido a compañeros que no tenían vocación, que se han dedicado a la enseñanza porque no han encontrado otro camino que les gustara más, pero eran muy buenos profesionales. Cuando uno es buen profesional, hace las cosas bien para el alumnado, para los compañeros, con todo el mundo", añade.

La profesionalidad, insiste, implica asumir la responsabilidad del trabajo y hacerlo correctamente, incluso cuando la vocación no haya sido el motivo inicial para elegir una carrera. Engracia cree que, además, las nuevas generaciones se enfrentan a decisiones profesionales en las que cada vez pesa más la estabilidad laboral o las salidas profesionales. "Cuando los jóvenes y las jóvenes eligen qué carrera quieren estudiar, en muchas ocasiones están pensando en las salidas que tiene lo que van a estudiar, más que en lo que voy a disfrutar aprendiendo", explica.

En el caso de la enseñanza, considera que esa elección resulta todavía más complicada cuando quienes podrían sentir interés por la profesión observan las dificultades a las que se enfrentan los docentes. "Es muy difícil tener vocación cuando los ejemplos que tú estás viendo son cómo tu profe está sufriendo, cómo lo está tratando el alumnado, cómo lo están tratando los padres. Es muy difícil que eso te guste", reflexiona.

  • Otra imagen de Engracia, en la puerta de la Casa de la Cultura de Guadalcacín que lleva su nombre.
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A pesar de todo, si pudiera volver atrás, Engracia no cambiaría el camino que emprendió hace más de cinco décadas. Haber trabajado en centros pequeños y, especialmente, haber desarrollado prácticamente toda su trayectoria en Guadalcacín, es algo que considera una enorme fortuna. "He tenido la enorme suerte de estar en centros pequeños. Conoces a todo el mundo y las relaciones son relaciones humanas", explica. En centros grandes, reconoce, la relación entre compañeros y con el alumnado puede ser mucho más distante. "Yo, de verdad, no lo hubiera cambiado. Si me hubiera visto obligada, lo habría tenido que hacer, pero estoy muy contenta con lo que he hecho", asegura.

Y esa última idea enlaza directamente con el nombre que desde finales de junio preside la nueva Casa de la Cultura de Guadalcacín. Engracia quiere que quienes entren en el edificio y se encuentren con su nombre sepan, por encima de cualquier otra cosa, quién fue y qué hizo. Por eso puso una condición al aceptar el reconocimiento: que delante de su nombre apareciera la palabra "maestra". Así se lo transmitió al alcalde de Guadalcacín: "Le dije a Salvador que quería que figurara delante del nombre 'maestra', porque eso es lo que me he sentido siempre", detalla. 

27 años como directora en el Tomasa Pinilla y en La Campiña

Engracia ejerció durante 27 años el cargo de directora, primero en el Tomasa Pinilla y después en el IES La Campiña, pero nunca permitió que esa responsabilidad eclipsara aquello que consideraba verdaderamente importante. "La dirección es necesaria, es imprescindible, hay que hacer el papeleo, pero un director no puede perder de vista lo que es la docencia", sostiene.

Su lugar, en realidad, siempre estuvo en el aula. "El tiempo feliz de mi horario laboral era el tiempo que le dedicaba a la docencia, a las clases", confiesa. Por eso quiere que las generaciones futuras que pasen por la Casa de la Cultura sepan que aquel nombre corresponde a una mujer que dedicó 39 años de su vida profesional a enseñar en Guadalcacín.

  • Engracia ha dejado huella en varias generaciones de estudiantes de Guadalcacín.
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También hay una reflexión detrás de esa elección. Engracia recuerda que el actual colegio Tomasa Pinilla no lleva delante de su nombre la palabra que identifica a la persona que fue. "Me dolió que no se llamase colegio Maestra Tomasa Pinilla. No sabes quién es. Cuando pase el tiempo, esta mujer, ¿qué hizo?, ¿qué fue?", plantea. Ella sí ha querido evitar esa incertidumbre. "Si tiene que figurar mi nombre, que figure con mi profesión, la que yo tanto quería", concluye.

Y quizá sea precisamente esa palabra, maestra, la que mejor resume la historia de Engracia Santos García: una mujer que llegó a Guadalcacín muy joven y que terminó convirtiendo esta ELA de Jerez en el lugar donde desarrollaría casi cuatro décadas de su vida profesional. Ahora, 52 años después de su llegada, su nombre forma parte de uno de los espacios culturales más importantes del pueblo. No como un homenaje a una antigua maestra y directora, sino como reconocimiento a una docente que hizo de la cercanía, la educación y las relaciones humanas una forma de entender su profesión.

A finales del pasado mes de junio, Guadalcacín inauguraba su nueva Casa de la Cultura, un edificio situado en la plaza de la Artesanía equipado con instalaciones modernas que cuenta entre sus espacios con una biblioteca, una sala de exposiciones, un salón para usos múltiples, así como una sala de estudio, un aula de informática, una de música y otra de pintura.

Una instalación que lleva el nombre de Engracia Santos García, una maestra de las de toda la vida que dedicó la mayor parte de su vida profesional a la docencia en esta ELA de Jerez a la que llegó en 1974 cuando tenía 25 años, una hija de siete meses y otra que venía en camino. Aunque hace trece años que ya no ejerce en la docencia, varias generaciones siguen recordándola con muchísimo cariño y Salvador Ruiz, alcalde de Guadalcacín, impulsó que esta Casa de la Cultura llevase el nombre de Engracia, que aceptó muy gustosamente, pero con una única condición, que delante de su nombre fuese la palabra a la que estará unida eternamente: maestra

De un pueblo de Salamanca a Guadalcacín, alejándose del franquismo

"Lo de la Casa de la Cultura ha sido una ilusión tremenda para mí. Que después de trece años, el pueblo donde has trabajado y al que has dedicado tantísima ilusión y tantísimas cosas no solo se acuerde de ti, sino que incluso le pongan tu nombre a esta instalación, es algo muy especial. Cuando vengo, me demuestran mucho cariño, me paran por la calle. Sé que la memoria está ahí y es una ilusión tremenda que el Ayuntamiento haya sido capaz de recoger esas sensaciones", cuenta Engracia a lavozdelsur.es.

Nada más y nada menos que 39 años estuvo como docente en Gualdacín. Antes hizo su primer año en la enseñanza privada, "en algo que ya no existe en Jerez, en el Santo Ángel. En mi segundo año abrí San Telmo. Había una directora, pero estaba en otro colegio. O sea, yo era la única maestra que tenía oposiciones. Mis dos años siguientes fueron en una unitaria, en el campo, en la pedanía de El Portal. Después me vine aquí por cinco años obligatoriamente y de esos cinco años pasé a 39". 

  • Engracia, en la biblioteca de la nueva Casa de la Cultura de Guadalcacín.
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Nacida en un pueblo de la provincia de Salamanca, acabó en el sur de Andalucía tomando tierra de la política. Eran tiempos de dictadura franquista: "Yo había tenido a la policía detrás de mí durante todo el año que estuve en la Facultad de Letras. Mi padre trabajaba en el Ayuntamiento, entonces yo no me podía permitir el lujo de jugarme el trabajo de mi padre. Así que me fui y acabé en Jerez". 

En aquella época, la profesión de maestra, como relata Engracia, "estaba con el franquismo desprestigiada por completo, pero además muy intencionadamente. La primera intencionalidad era la de cargarse aquella escuela de la República que llevó la cultura a todos. No interesaba que la gente estuviera culturizada porque es mucho más difícil de manera. Así que lo primero que se eliminó fue a todo el magisterio y después lo de feminizar la profesión era una estrategia para restarle valor al ser un trabajo de mujeres, que en aquellos tiempos las mujeres estábamos como estábamos. Hacer que fuera un trabajo de mujeres era echarlo al olvido. No hacía falta subir mucho los salarios porque quien tenía que ganar la vida era el hombre y lo nuestro era un trabajo menor". 

Tras aquellos primeros años como docente, esta salmantina acabó desembarcando en el ahora conocido como CEIP Tomasa Pinilla, un centro con marcada presencia de la mujer entonces, durante la estancia de Engracia y actualmente bajo la dirección de Eva Durán. "El primer director fue un hombre, pero luego le sustituyó Carmen Fatou, que fue la primera directora. El peso lo hemos llevado las mujeres. No debería ser raro, aunque por entonces sí lo era". 

Los matices de ser 'maestra rural'

Ser maestra y encima en una zona rural tiene sus connotaciones y matices. "Conoces a todo el mundo, no solo a los alumnos, también a toda la familia. Sabemos de qué pie cojeamos y si uno es muy exigente y el otro es de aquella manera. Tiene sus pros y sus contras, pero yo no he visto tantas contras. Hay muchos maestros y de otras profesiones que no quieren vivir en el sitio donde trabajan porque todo el mundo sabe lo que haces. A mí no me ha importado nunca. He vivido con la gente y no me ha importado ir a la tienda y que me preguntasen por su hijo o que me parasen por la calle para decirme que su hijo no había ido a clase por tal motivo. Yo nací también en un pueblo y eso seguramente ayuda a poner las cosas en perspectiva". 

Esa cercanía que se da en los centros educativos rurales, en los colegios de pueblo, precisamente, es uno de los aspectos que Engracia considera fundamentales en la educación: "Naturalmente, la educación es todo más cercano. Y también se aprovecha mucho esa cercanía para entender mejor al alumnado y a los padres. Y una vez que tú entiendes mejor, puedes motivar mejor", explica.

  • Una imagen de la docente en la sala de estudios de la Casa de la Cultura Maestra Engracia Santos García.
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Esa relación entre escuela, familias y municipio también se trasladó durante años a numerosas iniciativas que fueron mucho más allá de las aulas. El colegio y el Ayuntamiento caminaron de la mano en actividades como la mítica Carrera Popular de Guadalcacín, una experiencia que Engracia recuerda como un ejemplo de las posibilidades que ofrece una entidad local cuando existe colaboración. "Siempre hemos ido de la mano", señala. Y en esa relación también encontró una de las razones por las que decidió mantenerse al margen de la política. "A mí en alguna ocasión alguien me propuso meterme en política. Ni hablar. Un maestro en un pueblo no debe estar en política porque tienes que trabajar con todos". 

Durante sus años en Guadalcacín, Engracia procuró mantener una relación cordial con los distintos representantes políticos, independientemente de quién estuviera al frente del Ayuntamiento. Considera que esa colaboración es especialmente importante en localidades pequeñas, donde determinadas gestiones pueden resultar mucho más sencillas. "Si tú quieres utilizar un espacio deportivo, nadie te va a poner problemas, no tienes más que decirlo. Si quieres organizar un festejo, el que sea, por ejemplo la carrera popular, la organizamos el primer año partiendo de la nada, solamente contando con los maestros", explica. La implicación del Ayuntamiento permitía después coordinar aspectos como el corte de las calles o la presencia de Cruz Roja. "Hay cosas que se facilitan mucho desde un ayuntamiento local", resume.

Una profesión que necesita recuperar reconocimiento

La conversación lleva inevitablemente a analizar la situación actual de la enseñanza y la percepción social de una profesión que, según Engracia, ha perdido parte del reconocimiento que tuvo en otros momentos. La antigua maestra considera que en los últimos años existe un creciente malestar entre docentes, tanto de Primaria como de Secundaria, debido a las dificultades que encuentran en las aulas y también a la creciente carga administrativa. "Una administración que exige mucha documentación, mucho papeleo, hace que el tiempo que se dedica a eso no se pueda dedicar a lo realmente importante", lamenta. A ello se suma la complejidad de trabajar con adolescentes, una etapa que conoce especialmente bien después de tantos años de experiencia. "Hay que conectar con ellos, y conectar con ellos no es fácil si no se les aprecia, si no se les quiere", sostiene.

Engracia recuerda una frase que le dijo en su día una compañera y que, con el paso del tiempo, ha terminado convirtiéndose casi en una filosofía profesional: "Nadie debería dedicarse a esta profesión si no ha querido a alguien". No se refiere únicamente a la vocación entendida como una llamada inicial hacia la enseñanza, sino a la capacidad de comprender al alumnado y ponerse en su lugar. Incluso recuerda cómo algunos compañeros cambiaron su manera de relacionarse con los estudiantes después de convertirse en padres. "Han empezado a ver las cosas de otra manera. Lo que tú piensas respecto a tu hijo lo trasladas inmediatamente", explica.

  • Engracia Santos García dedicó 39 años de su vida docente a Guadalcacín. 
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Sin embargo, Engracia evita responsabilizar únicamente a los docentes de las dificultades actuales. Considera que la sociedad ha cambiado mucho y la educación no siempre ha podido avanzar al mismo ritmo. "Tenemos valores distintos, y hay valores que deberían ser compartidos. Pero cuánto se tiende a enfrentarnos en vez de a colaborar", reflexiona. Para ella, recuperar esa colaboración entre familias, profesores, instituciones y alumnos resulta esencial para afrontar los problemas que existen actualmente en las aulas.

Profesionalidad por encima de vocación

También distingue entre vocación y profesionalidad. A su juicio, no es imprescindible que una persona haya sentido desde niña una llamada hacia la enseñanza para convertirse en una buena maestra o profesor. "Yo he conocido a compañeros que no tenían vocación, que se han dedicado a la enseñanza porque no han encontrado otro camino que les gustara más, pero eran muy buenos profesionales. Cuando uno es buen profesional, hace las cosas bien para el alumnado, para los compañeros, con todo el mundo", añade.

La profesionalidad, insiste, implica asumir la responsabilidad del trabajo y hacerlo correctamente, incluso cuando la vocación no haya sido el motivo inicial para elegir una carrera. Engracia cree que, además, las nuevas generaciones se enfrentan a decisiones profesionales en las que cada vez pesa más la estabilidad laboral o las salidas profesionales. "Cuando los jóvenes y las jóvenes eligen qué carrera quieren estudiar, en muchas ocasiones están pensando en las salidas que tiene lo que van a estudiar, más que en lo que voy a disfrutar aprendiendo", explica.

En el caso de la enseñanza, considera que esa elección resulta todavía más complicada cuando quienes podrían sentir interés por la profesión observan las dificultades a las que se enfrentan los docentes. "Es muy difícil tener vocación cuando los ejemplos que tú estás viendo son cómo tu profe está sufriendo, cómo lo está tratando el alumnado, cómo lo están tratando los padres. Es muy difícil que eso te guste", reflexiona.

  • Otra imagen de Engracia, en la puerta de la Casa de la Cultura de Guadalcacín que lleva su nombre.
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A pesar de todo, si pudiera volver atrás, Engracia no cambiaría el camino que emprendió hace más de cinco décadas. Haber trabajado en centros pequeños y, especialmente, haber desarrollado prácticamente toda su trayectoria en Guadalcacín, es algo que considera una enorme fortuna. "He tenido la enorme suerte de estar en centros pequeños. Conoces a todo el mundo y las relaciones son relaciones humanas", explica. En centros grandes, reconoce, la relación entre compañeros y con el alumnado puede ser mucho más distante. "Yo, de verdad, no lo hubiera cambiado. Si me hubiera visto obligada, lo habría tenido que hacer, pero estoy muy contenta con lo que he hecho", asegura.

Y esa última idea enlaza directamente con el nombre que desde finales de junio preside la nueva Casa de la Cultura de Guadalcacín. Engracia quiere que quienes entren en el edificio y se encuentren con su nombre sepan, por encima de cualquier otra cosa, quién fue y qué hizo. Por eso puso una condición al aceptar el reconocimiento: que delante de su nombre apareciera la palabra "maestra". Así se lo transmitió al alcalde de Guadalcacín: "Le dije a Salvador que quería que figurara delante del nombre 'maestra', porque eso es lo que me he sentido siempre", detalla. 

27 años como directora en el Tomasa Pinilla y en La Campiña

Engracia ejerció durante 27 años el cargo de directora, primero en el Tomasa Pinilla y después en el IES La Campiña, pero nunca permitió que esa responsabilidad eclipsara aquello que consideraba verdaderamente importante. "La dirección es necesaria, es imprescindible, hay que hacer el papeleo, pero un director no puede perder de vista lo que es la docencia", sostiene.

Su lugar, en realidad, siempre estuvo en el aula. "El tiempo feliz de mi horario laboral era el tiempo que le dedicaba a la docencia, a las clases", confiesa. Por eso quiere que las generaciones futuras que pasen por la Casa de la Cultura sepan que aquel nombre corresponde a una mujer que dedicó 39 años de su vida profesional a enseñar en Guadalcacín.

  • Engracia ha dejado huella en varias generaciones de estudiantes de Guadalcacín.
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También hay una reflexión detrás de esa elección. Engracia recuerda que el actual colegio Tomasa Pinilla no lleva delante de su nombre la palabra que identifica a la persona que fue. "Me dolió que no se llamase colegio Maestra Tomasa Pinilla. No sabes quién es. Cuando pase el tiempo, esta mujer, ¿qué hizo?, ¿qué fue?", plantea. Ella sí ha querido evitar esa incertidumbre. "Si tiene que figurar mi nombre, que figure con mi profesión, la que yo tanto quería", concluye.

Y quizá sea precisamente esa palabra, maestra, la que mejor resume la historia de Engracia Santos García: una mujer que llegó a Guadalcacín muy joven y que terminó convirtiendo esta ELA de Jerez en el lugar donde desarrollaría casi cuatro décadas de su vida profesional. Ahora, 52 años después de su llegada, su nombre forma parte de uno de los espacios culturales más importantes del pueblo. No como un homenaje a una antigua maestra y directora, sino como reconocimiento a una docente que hizo de la cercanía, la educación y las relaciones humanas una forma de entender su profesión.

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