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Inés Martínez, la jerezana detrás de las cejas de rostros conocidos o pacientes con cáncer: "Nunca he seguido las modas"

Ha construido durante más de una década su propio instituto de belleza a base de clientas que recomiendan su trabajo, entre ellas rostros conocidos como Niña Pastori o Lucía Sánchez

  • Inés Martínez, la jerezana que ha creado su propia técnica de cejas.

Hay profesiones que se aprenden en una escuela y otras que terminan convirtiéndose en una forma de mirar. Inés Martínez pertenece a las segundas. Lleva años trabajando con rostros, pero si hay una parte de ellos que conoce especialmente bien es la que está justo encima de los ojos. Las cejas son su especialidad, su sello y también el camino que ha terminado llevándola hasta una clientela que incluye a algunas caras conocidas de Jerez.

En su perfil de Instagram, donde reúne a más de 22.000 seguidores, se presenta como creadora de Full Pixel Brows, una técnica de sombreado que ha desarrollado a partir de su experiencia profesional. Su idea no pasa por dibujar unas cejas idénticas para todo el mundo, sino por conseguir ese punto que ella define entre lo natural y lo marcado, adaptado a cada rostro.

Y entre sus trabajos aparecen nombres conocidos. Beatriz Trapote, Lucía Sánchez, Niña Pastori o Marta Gilón forman parte de una clientela que ha ido llegando, según cuenta, de la manera menos impostada posible: una persona que habla bien de ella, otra que pregunta dónde se ha hecho las cejas y otra que acaba entrando por la puerta. "Ha sido por un boca a boca", resume ante lavozdelsur.es. Detrás de esa frase hay más de una década de trabajo y una historia que comenzó bastante lejos de las cejas perfectas de Instagram.

El consejo de un abuelo que le cambió los planes

Martínez no tenía previsto dedicarse a la estética. De hecho, cuando terminó sus estudios, tenía en la cabeza otro camino: quería estudiar Empresariales. Era buena estudiante y en su familia también había referentes relacionados con los negocios. Pero hubo una conversación que terminó cambiando sus planes.

  • Inés Martínez en su estética.
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Su abuelo, que era emprendedor y había tenido su propio negocio, estaba en sus últimos momentos de vida cuando pidió verla. Ella recuerda especialmente una idea que le transmitió entonces: debía estudiar algo que realmente le gustara porque el trabajo ocupa demasiadas horas de la vida como para dedicarlo a algo que no le haga feliz. "Tenía que ir a trabajar todos los días con una sonrisa y hacer algo que me encantara", recuerda.

Aquello le dio la vuelta a sus planes. Quería estudiar Estética, pero durante días no encontraba el momento de decírselo a su padre. Hasta que un día, durante una comida y sin haber preparado el discurso que llevaba tiempo ensayando mentalmente, soltó que quería estudiar aquello. "Empecé a llorar porque soy muy sentimental, muy sensible", cuenta. Su padre, lejos de ponerle obstáculos, le respondió que si era lo que quería, adelante, pero que tenía que intentar ser de las mejores.

Con 20 años y después de formarse, llegó su primer trabajo. Apenas había sido madre cuando decidió enviar un currículum. Fue el único que recuerda haber echado en su vida. La llamaron al día siguiente para hacer una prueba y terminó quedándose tres años en aquel centro.

De parecer una limpiadora a hacerse un nombre

El comienzo no fue precisamente glamuroso. "Las dos primeras semanas parecía una limpiadora en vez de una esteticista", cuenta. Era muy joven y los clientes todavía no tenían motivos para confiar en ella. Hasta que su entonces jefa, Eva, decidió darle una oportunidad con algo que acabaría marcando su trayectoria: las cejas.

Una clienta acudió al centro mientras la responsable estaba ocupada. Eva le propuso que Inés la atendiera. Ella aceptó. La mujer, además, se casaba aquel mismo año. Dos semanas después, Inés se encontró de nuevo con ella y pensó que quizá venía a contarle algún desastre. Ocurrió justo lo contrario: estaba encantada con el resultado.

  • Inés Martínez trabajando sus 'Full Pixel Brows'.
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Aquella reacción hizo que su jefa empezara a confiarle más clientas. Poco a poco, las cejas se convirtieron en una de sus principales señas de identidad, aunque también fue ampliando su formación y su experiencia. El maquillaje llegó incluso a llevarla hasta Canal Sur, donde trabajó como maquilladora en el programa Se llama copla, mientras mantenía su trabajo entre semana.

A partir de ahí comenzaron varios intentos de establecerse por su cuenta. Algunos no funcionaron. Pasó por distintos centros y llegó a trabajar en una peluquería llevando la parte de estética, pero tampoco terminó cuajando. Un día se vio de nuevo prácticamente empezando desde cero, hasta que sus propias clientas le animaron a quedarse en la zona.

Encontró dos locales disponibles y escogió uno. Allí, en Torres de Córdoba, cerca de la plaza del Caballo, lleva ya más de una década con su propio instituto de belleza. El recorrido hasta llegar allí, cuenta, tuvo bastantes más tropiezos de los que se ven cuando se mira únicamente el resultado final.

Famosas que confían en ella

La fama de su trabajo no llegó a través de una campaña ni de una estrategia para buscar rostros conocidos. El proceso fue bastante más cotidiano. En el caso de Lucía Sánchez, explica que la conoció cuando todavía trabajaba en una peluquería y otras personas ya le habían hablado de Inés.

El primer contacto llegó a través de un trabajo anterior que tenía su madre. Martínez se encargó de retirarlo y rehacerlo y, posteriormente, comenzó a trabajar también las cejas de Lucía. Con Beatriz Trapote la historia es todavía más larga. "Fui la primera persona que tocó la piel de Beatriz cuando llegó a Jerez", cuenta. De aquello han pasado más de 15 años y la relación profesional terminó convirtiéndose también en amistad.

  • Lucía Sánchez confía en Inés Martínez para sus cejas.
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Entre sus clientas conocidas menciona asimismo a Marta Gilón, mujer del chef Ángel León, aunque no tenga publicado su trabajo en redes. En su caso, también ha sido una fuente de recomendaciones. "Me ha mandado muchísima gente al verla a ella", explica.

La clientela masculina también ha ido ganando espacio. Hay tratamientos que todavía no aparecen en su perfil porque durante los últimos dos años ha estado centrada en desarrollar su propia técnica, pero asegura que cada vez atiende a más hombres que buscan mejorar el aspecto de sus cejas. El objetivo no cambia: corregir, diseñar y respetar las características de cada rostro.

Una ceja no sirve para todas las caras

Porque si algo ha cambiado durante los años que lleva trabajando es la moda. Hubo una época de cejas extremadamente finas, después llegaron las gruesas y durante un tiempo el laminado y las cejas muy peinadas ocuparon buena parte del escaparate estético. Inés ha visto pasar todas esas tendencias, pero asegura que nunca ha querido que dictaran su manera de trabajar.

Su criterio es otro. "Siempre he creído en la naturalidad del rostro, en lo que favorece a cada uno", explica. Puede haber una ceja algo más fina o algo más ancha, pero dentro de unos límites que permitan recuperar el pelo y no conviertan una moda pasajera en un problema permanente.

Esa filosofía también estuvo presente cuando se presentó en 2021 a su primer Campeonato de Micropigmentación. Recuerda que los jueces le señalaron precisamente que no buscaban un resultado excesivamente perfecto, sino que debía respetarse la naturalidad. Para ella fue una confirmación de una idea que ya formaba parte de su forma de trabajar: "Al final, la naturalidad es lo que gana".

  • El resultado de las cejas hechas por Inés Martínez, en una clienta.
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Tampoco es partidaria del laminado de cejas que obliga a mantener el pelo en una determinada posición. En su centro no lo han trabajado porque considera que, si una persona quiere llevar un día la ceja más despeinada y otro más peinada, existen fijadores para hacerlo sin modificar permanentemente su forma. "Lo que quiero es no dañar el pelo y no modificar tu forma natural", resume.

Cuando unas cejas también devuelven confianza

El diseño tiene además otra dimensión cuando la pérdida del pelo no responde a una cuestión estética. Martínez ha trabajado con personas con alopecia y con mujeres que han perdido las cejas durante tratamientos agresivos. Son casos que recuerda de una manera diferente porque, en ellos, el resultado no se mide únicamente frente a un espejo.

Hay una clienta que permanece especialmente presente en su memoria: Sonia, que con 23 años sufrió un cáncer de mama y perdió sus cejas. Inés cuenta que se convirtió en una gran amiga y que recuerda perfectamente verla antes de someterse a la quimioterapia.

"Me decía: 'Voy a darme la quimio", recuerda. Mientras atravesaba aquel proceso, la gente podía decirle que estaba guapa, que tenía bonitas las cejas. Para Martínez, conseguir que pudiera volver a reconocerse en el espejo tenía un significado diferente. "Para mí era increíble, era un logro", explica.

Después de tantos años viendo pasar tendencias y rostros por su cabina, sigue defendiendo que una ceja bien hecha no tiene que llamar la atención por sí misma. Puede levantar ópticamente la mirada, cambiar la expresión y conseguir un efecto parecido al de un lifting, pero sin dejar de parecer la ceja de quien la lleva.

Su trabajo ha terminado haciéndose reconocible entre clientas anónimas y algunas caras conocidas, pero la filosofía que sostiene unas y otras es prácticamente la misma. Escuchar qué quiere cada persona, aportar su criterio profesional y buscar un resultado que encaje con su rostro. Después de más de una década detrás de unas pinzas, un pincel o una máquina de micropigmentación, Inés Martínez sigue teniendo claro qué quiere que se vea cuando alguien sale de su centro: la persona, antes que la técnica.

Hay profesiones que se aprenden en una escuela y otras que terminan convirtiéndose en una forma de mirar. Inés Martínez pertenece a las segundas. Lleva años trabajando con rostros, pero si hay una parte de ellos que conoce especialmente bien es la que está justo encima de los ojos. Las cejas son su especialidad, su sello y también el camino que ha terminado llevándola hasta una clientela que incluye a algunas caras conocidas de Jerez.

En su perfil de Instagram, donde reúne a más de 22.000 seguidores, se presenta como creadora de Full Pixel Brows, una técnica de sombreado que ha desarrollado a partir de su experiencia profesional. Su idea no pasa por dibujar unas cejas idénticas para todo el mundo, sino por conseguir ese punto que ella define entre lo natural y lo marcado, adaptado a cada rostro.

Y entre sus trabajos aparecen nombres conocidos. Beatriz Trapote, Lucía Sánchez, Niña Pastori o Marta Gilón forman parte de una clientela que ha ido llegando, según cuenta, de la manera menos impostada posible: una persona que habla bien de ella, otra que pregunta dónde se ha hecho las cejas y otra que acaba entrando por la puerta. "Ha sido por un boca a boca", resume ante lavozdelsur.es. Detrás de esa frase hay más de una década de trabajo y una historia que comenzó bastante lejos de las cejas perfectas de Instagram.

El consejo de un abuelo que le cambió los planes

Martínez no tenía previsto dedicarse a la estética. De hecho, cuando terminó sus estudios, tenía en la cabeza otro camino: quería estudiar Empresariales. Era buena estudiante y en su familia también había referentes relacionados con los negocios. Pero hubo una conversación que terminó cambiando sus planes.

  • Inés Martínez en su estética.
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Su abuelo, que era emprendedor y había tenido su propio negocio, estaba en sus últimos momentos de vida cuando pidió verla. Ella recuerda especialmente una idea que le transmitió entonces: debía estudiar algo que realmente le gustara porque el trabajo ocupa demasiadas horas de la vida como para dedicarlo a algo que no le haga feliz. "Tenía que ir a trabajar todos los días con una sonrisa y hacer algo que me encantara", recuerda.

Aquello le dio la vuelta a sus planes. Quería estudiar Estética, pero durante días no encontraba el momento de decírselo a su padre. Hasta que un día, durante una comida y sin haber preparado el discurso que llevaba tiempo ensayando mentalmente, soltó que quería estudiar aquello. "Empecé a llorar porque soy muy sentimental, muy sensible", cuenta. Su padre, lejos de ponerle obstáculos, le respondió que si era lo que quería, adelante, pero que tenía que intentar ser de las mejores.

Con 20 años y después de formarse, llegó su primer trabajo. Apenas había sido madre cuando decidió enviar un currículum. Fue el único que recuerda haber echado en su vida. La llamaron al día siguiente para hacer una prueba y terminó quedándose tres años en aquel centro.

De parecer una limpiadora a hacerse un nombre

El comienzo no fue precisamente glamuroso. "Las dos primeras semanas parecía una limpiadora en vez de una esteticista", cuenta. Era muy joven y los clientes todavía no tenían motivos para confiar en ella. Hasta que su entonces jefa, Eva, decidió darle una oportunidad con algo que acabaría marcando su trayectoria: las cejas.

Una clienta acudió al centro mientras la responsable estaba ocupada. Eva le propuso que Inés la atendiera. Ella aceptó. La mujer, además, se casaba aquel mismo año. Dos semanas después, Inés se encontró de nuevo con ella y pensó que quizá venía a contarle algún desastre. Ocurrió justo lo contrario: estaba encantada con el resultado.

  • Inés Martínez trabajando sus 'Full Pixel Brows'.
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Aquella reacción hizo que su jefa empezara a confiarle más clientas. Poco a poco, las cejas se convirtieron en una de sus principales señas de identidad, aunque también fue ampliando su formación y su experiencia. El maquillaje llegó incluso a llevarla hasta Canal Sur, donde trabajó como maquilladora en el programa Se llama copla, mientras mantenía su trabajo entre semana.

A partir de ahí comenzaron varios intentos de establecerse por su cuenta. Algunos no funcionaron. Pasó por distintos centros y llegó a trabajar en una peluquería llevando la parte de estética, pero tampoco terminó cuajando. Un día se vio de nuevo prácticamente empezando desde cero, hasta que sus propias clientas le animaron a quedarse en la zona.

Encontró dos locales disponibles y escogió uno. Allí, en Torres de Córdoba, cerca de la plaza del Caballo, lleva ya más de una década con su propio instituto de belleza. El recorrido hasta llegar allí, cuenta, tuvo bastantes más tropiezos de los que se ven cuando se mira únicamente el resultado final.

Famosas que confían en ella

La fama de su trabajo no llegó a través de una campaña ni de una estrategia para buscar rostros conocidos. El proceso fue bastante más cotidiano. En el caso de Lucía Sánchez, explica que la conoció cuando todavía trabajaba en una peluquería y otras personas ya le habían hablado de Inés.

El primer contacto llegó a través de un trabajo anterior que tenía su madre. Martínez se encargó de retirarlo y rehacerlo y, posteriormente, comenzó a trabajar también las cejas de Lucía. Con Beatriz Trapote la historia es todavía más larga. "Fui la primera persona que tocó la piel de Beatriz cuando llegó a Jerez", cuenta. De aquello han pasado más de 15 años y la relación profesional terminó convirtiéndose también en amistad.

  • Lucía Sánchez confía en Inés Martínez para sus cejas.
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Entre sus clientas conocidas menciona asimismo a Marta Gilón, mujer del chef Ángel León, aunque no tenga publicado su trabajo en redes. En su caso, también ha sido una fuente de recomendaciones. "Me ha mandado muchísima gente al verla a ella", explica.

La clientela masculina también ha ido ganando espacio. Hay tratamientos que todavía no aparecen en su perfil porque durante los últimos dos años ha estado centrada en desarrollar su propia técnica, pero asegura que cada vez atiende a más hombres que buscan mejorar el aspecto de sus cejas. El objetivo no cambia: corregir, diseñar y respetar las características de cada rostro.

Una ceja no sirve para todas las caras

Porque si algo ha cambiado durante los años que lleva trabajando es la moda. Hubo una época de cejas extremadamente finas, después llegaron las gruesas y durante un tiempo el laminado y las cejas muy peinadas ocuparon buena parte del escaparate estético. Inés ha visto pasar todas esas tendencias, pero asegura que nunca ha querido que dictaran su manera de trabajar.

Su criterio es otro. "Siempre he creído en la naturalidad del rostro, en lo que favorece a cada uno", explica. Puede haber una ceja algo más fina o algo más ancha, pero dentro de unos límites que permitan recuperar el pelo y no conviertan una moda pasajera en un problema permanente.

Esa filosofía también estuvo presente cuando se presentó en 2021 a su primer Campeonato de Micropigmentación. Recuerda que los jueces le señalaron precisamente que no buscaban un resultado excesivamente perfecto, sino que debía respetarse la naturalidad. Para ella fue una confirmación de una idea que ya formaba parte de su forma de trabajar: "Al final, la naturalidad es lo que gana".

  • El resultado de las cejas hechas por Inés Martínez, en una clienta.
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Tampoco es partidaria del laminado de cejas que obliga a mantener el pelo en una determinada posición. En su centro no lo han trabajado porque considera que, si una persona quiere llevar un día la ceja más despeinada y otro más peinada, existen fijadores para hacerlo sin modificar permanentemente su forma. "Lo que quiero es no dañar el pelo y no modificar tu forma natural", resume.

Cuando unas cejas también devuelven confianza

El diseño tiene además otra dimensión cuando la pérdida del pelo no responde a una cuestión estética. Martínez ha trabajado con personas con alopecia y con mujeres que han perdido las cejas durante tratamientos agresivos. Son casos que recuerda de una manera diferente porque, en ellos, el resultado no se mide únicamente frente a un espejo.

Hay una clienta que permanece especialmente presente en su memoria: Sonia, que con 23 años sufrió un cáncer de mama y perdió sus cejas. Inés cuenta que se convirtió en una gran amiga y que recuerda perfectamente verla antes de someterse a la quimioterapia.

"Me decía: 'Voy a darme la quimio", recuerda. Mientras atravesaba aquel proceso, la gente podía decirle que estaba guapa, que tenía bonitas las cejas. Para Martínez, conseguir que pudiera volver a reconocerse en el espejo tenía un significado diferente. "Para mí era increíble, era un logro", explica.

Después de tantos años viendo pasar tendencias y rostros por su cabina, sigue defendiendo que una ceja bien hecha no tiene que llamar la atención por sí misma. Puede levantar ópticamente la mirada, cambiar la expresión y conseguir un efecto parecido al de un lifting, pero sin dejar de parecer la ceja de quien la lleva.

Su trabajo ha terminado haciéndose reconocible entre clientas anónimas y algunas caras conocidas, pero la filosofía que sostiene unas y otras es prácticamente la misma. Escuchar qué quiere cada persona, aportar su criterio profesional y buscar un resultado que encaje con su rostro. Después de más de una década detrás de unas pinzas, un pincel o una máquina de micropigmentación, Inés Martínez sigue teniendo claro qué quiere que se vea cuando alguien sale de su centro: la persona, antes que la técnica.

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