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El abuelo Íñigo, historia de un hombre bueno, según su nieto Eugenio: "Era mejor de lo que me habían contado"

El periodista Eugenio Camacho presenta 'La viña del milagro', la biografía de su abuelo Íñigo López de Carrizosa, aristócrata, empresario bodeguero pero, sobre todo, una persona siempre comprometida con los más desfavorecidos

  • Eugenio Camacho posa con 'La viña del milagro', biografía de su abuelo, junto a unas botas de vino en la plaza del Mamelón de Jerez. -

Eugenio Camacho (Jerez, 1973) tenía nueve años cuando murió su abuelo Íñigo a la temprana edad de 65. Fue un 26 de junio de 1982, precisamente el día en que el periodista jerezano cumplía años. Sus recuerdos de Íñigo López de Carrizosa son, por eso, "muy difusos", casi "en blanco y negro".

Lo recuerda en la bodega, en el comedor de su casa riéndose cuando llegaba de la guardería de las monjitas de Gracia y le cantaba las canciones que había aprendido. Lo recuerda también ya enfermo, después de una trombosis cerebral que le había afectado al habla.

El resto lo fue construyendo con lo que le contaron su madre, sus tíos y quienes lo conocieron. "Era un mito que necesitaba documentar, para comprobar que realmente era así", explica.

Hace menos de un año decide ponerse manos a la obra. Aparca dos proyectos editoriales que tiene entre manos para dedicarse a documentar, durante meses, la historia de su abuelo a través de cartas, fotografías, documentos y testimonios.

Lo que encuentra supera sus expectativas. "Ha sido el mayor regalo que me he hecho en mi vida profesional", reconoce para posteriormente añadir que "he descubierto que lo que yo pensaba de mi abuelo se quedaba muy corto. De manera documental, no he conocido una persona igual".

El resultado es La viña del Milagro (editorial Tierra de Nadie), una biografía que nació, en realidad, con una pretensión mucho más modesta: que sus propios hijos conocieran a su bisabuelo. "Ellos siempre lo escucharon en casa como un santo", cuenta. La palabra, de hecho, no la emplea solamente su familia. Cuando Íñigo muere, recuerda Eugenio, quienes acuden al velatorio —desde el obispo Rafael Bellido Caro hasta el padre Arteche, entonces prior de la Cartuja— repetían la misma expresión: "Ha muerto un santo".

Íñigo López de Carrizosa había nacido en Las Arenas, uno de los principales barrios del municipio de Getxo, en Vizcaya, aunque durante su infancia pasa prácticamente medio año en Bilbao y otros seis meses en Sevilla. Hijo póstumo del conde de Peraleja, llega posteriormente a Jerez junto a su madre y sus hermanos. Aquí se convierte en bodeguero y viticultor, pero también en una de las figuras fundamentales de la Congregación de los Luises, vinculada al recordado sacerdote Antonio de Víu.

  • Eugenio Camacho, en un momento de su entrevista con lavozdelsur.es.
  • -

Camacho, de hecho, conserva una dedicatoria manuscrita de este jesuita que resume la consideración que tenía hacia su abuelo: "A mi queridísimo Íñigo, pilar y fundamento de esta congregación".

Pero la faceta que más ha sorprendido al periodista no es la de bodeguero, sino la humana. A través de la Congregación de los Luises, las Hermanas de la Cruz y otras instituciones, Íñigo visita enfermos y presos y ayuda a personas necesitadas. Lo hace, además, sin buscar reconocimiento. Ni siquiera su mujer conoce algunas de esas obras.

Su "coherencia" es, precisamente, lo que más le ha impresionado durante la investigación a Eugenio. "Una persona con una fe enorme, pero una fe vivida". Una fe que, según explica, no consistía en predicar, sino en "dar ejemplo".

Uno de los descubrimientos más reveladores aparece en un pequeño papel que su abuelo guardaba en una cartera. De entre los cinco puntos que había anotado figuraban visitar enfermos, estar pendiente de las personas necesitadas y, especialmente, "no publicar nada" de lo que hacía.

Por eso, Camacho reconoce que a su abuelo "no le hubiese gustado para nada" este libro. "En vida hubiese sido inviable, imposible". La publicación tampoco busca un reconocimiento más de 40 años después de su muerte, responde a otra razón: "Entiendo que vidas y testimonios tan ejemplares y tan coherentes de personas que ya no están con nosotros deben ser conocidas por lo menos por su familia".

Una historia de Jerez

Pero lo que empezó como una historia meramente familiar, terminó convirtiéndose también en parte de la historia de Jerez.

La investigación lleva a Camacho hasta la bodega Barón de Algar, que hereda su abuelo y que dirige con la ayuda de su hermano Pepe y dos primos. Seguían así la tradición bodeguera de una familia vinculada al vino desde hace siglos. La bodega, situada en las calles Liebre y Moral, llega a tener presencia en el mercado británico con marcas como Fino La Liebre, Oloroso Salto al Cielo o Brandy Anfitrión.

  • Eugenio Camacho, en otro momento de la entrevista.
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La de Íñigo también es la historia de una generación que tiene que reconstruir sus negocios después de la Guerra Civil. "Jerez era mucho más que El Pantera", sostiene Camacho, reivindicando una parte de la sociedad jerezana que, a su juicio, ha quedado reducida, en ocasiones, a una "caricatura del señorito de Jerez", pero que hizo mucho por la ciudad y por su industria vinícola.

Su abuelo forma parte de una generación que pasa por la Escuela de Comercio y que termina dirigiendo bodegas, trabajando en la banca o en las industrias auxiliares del vino. "Mi abuelo fue en cierta forma lo que ahora se llama emprendedor", considera. "Con mucho esfuerzo, mucho trabajo, mucha inventiva y mucha generosidad sacó adelante su trabajo, su empresa y la economía local".

Un título que es una metáfora

El título del libro no procede directamente de una bodega, sino de una viña. A finales de los años sesenta Íñigo hereda una finca de unas 60 hectáreas en el pago de La Serrana y decide plantar allí las cepas que debían alimentar de uva a la bodega. Pero cuando termina la plantación llega una sequía tremenda que amenaza con echarlo todo a perder.

Sin embargo, en el momento de sembrar la última cepa, cae una tromba de agua, relata Camacho. Son los propios trabajadores quienes bautizan aquel terreno como "la viña del Milagro".

Para el autor, el nombre termina convirtiéndose en una metáfora perfecta de la vida de su abuelo. Especialmente porque la verdadera dimensión de Íñigo no aparece durante sus años de prosperidad, sino cuando todo comienza a derrumbarse, explica su nieto.

  • Camacho, entre botas de vino en la jerezana plaza del Mamelón.
  • -

La crisis bodeguera de los años setenta acaba llevándose por delante Barón de Algar y arrastra buena parte del patrimonio familiar. Íñigo muere en 1982 en una situación económica precaria. Y es entonces, afirma Eugenio, cuando se hace más visible su verdadera forma de entender la vida.

"A mi abuelo no lo encontramos tan claramente en la abundancia de una bodega que va muy bien, de una vida cómoda, de una familia de la aristocracia de Jerez y de la burguesía sevillana", señala. "A mi abuelo se le conoce cuando las cosas se le empiezan a torcer", y explica que incluso, en esa situación, siguió ayudando en todo lo que podía a los más desfavorecidos.

Y ahí aparece el verdadero hilo conductor del libro: "Los valores que permanecen cuando todos los demás se desmoronan". Según Camacho, cuando desaparecen el patrimonio y la estabilidad económica "lo único que verdaderamente permanece es lo que has dejado".

Un libro desde la fe

Investigar sobre su abuelo también ha reforzado en el periodista una serie de coincidencias familiares que él interpreta desde la fe. La más llamativa tiene que ver con su hija. Íñigo nace un 23 de julio. Muchos años después, ese mismo día, pero de 2023, su hija Mercedes es operada a vida o muerte en el Hospital Puerta del Mar, de Cádiz, tras sufrir una hemorragia cerebral. El TAC arrojaba una probabilidad de supervivencia del 3%, recuerda Eugenio. La operación sale adelante y, después de nueve días en coma, su hija despierta un 31 de julio, día de San Ignacio de Loyola, onomástica de su abuelo.

"Puede ser una coincidencia, igual que falleciera el día de mi cumpleaños, pero son señales que te conectan a algo que a mí personalmente me trasciende mucho".

  • Íñigo López de Carrizosa, en la contraportada del libro de su nieto Eugenio.
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Ahora, después de tantos meses "andando de su mano", Eugenio no piensa que el trabajo termine con la presentación del libro. De hecho, al preguntarle sobre qué hará ahora, es claro: "Predicar con el ejemplo de mi abuelo". Y añade que "la mejor forma de mantener viva su memoria para siempre es cada vez que tomo, como nieto suyo, una decisión coherente".

Íñigo tuvo 13 hijos. Su nieto, cuatro décadas después de su muerte, ha conseguido reunir las piezas de una vida que durante años permanecieron, principalmente, en la memoria de quienes lo conocieron.

"Era mucho mejor mi abuelo de lo que me habían contado", resume Eugenio Camacho.

Eugenio Camacho (Jerez, 1973) tenía nueve años cuando murió su abuelo Íñigo a la temprana edad de 65. Fue un 26 de junio de 1982, precisamente el día en que el periodista jerezano cumplía años. Sus recuerdos de Íñigo López de Carrizosa son, por eso, "muy difusos", casi "en blanco y negro".

Lo recuerda en la bodega, en el comedor de su casa riéndose cuando llegaba de la guardería de las monjitas de Gracia y le cantaba las canciones que había aprendido. Lo recuerda también ya enfermo, después de una trombosis cerebral que le había afectado al habla.

El resto lo fue construyendo con lo que le contaron su madre, sus tíos y quienes lo conocieron. "Era un mito que necesitaba documentar, para comprobar que realmente era así", explica.

Hace menos de un año decide ponerse manos a la obra. Aparca dos proyectos editoriales que tiene entre manos para dedicarse a documentar, durante meses, la historia de su abuelo a través de cartas, fotografías, documentos y testimonios.

Lo que encuentra supera sus expectativas. "Ha sido el mayor regalo que me he hecho en mi vida profesional", reconoce para posteriormente añadir que "he descubierto que lo que yo pensaba de mi abuelo se quedaba muy corto. De manera documental, no he conocido una persona igual".

El resultado es La viña del Milagro (editorial Tierra de Nadie), una biografía que nació, en realidad, con una pretensión mucho más modesta: que sus propios hijos conocieran a su bisabuelo. "Ellos siempre lo escucharon en casa como un santo", cuenta. La palabra, de hecho, no la emplea solamente su familia. Cuando Íñigo muere, recuerda Eugenio, quienes acuden al velatorio —desde el obispo Rafael Bellido Caro hasta el padre Arteche, entonces prior de la Cartuja— repetían la misma expresión: "Ha muerto un santo".

Íñigo López de Carrizosa había nacido en Las Arenas, uno de los principales barrios del municipio de Getxo, en Vizcaya, aunque durante su infancia pasa prácticamente medio año en Bilbao y otros seis meses en Sevilla. Hijo póstumo del conde de Peraleja, llega posteriormente a Jerez junto a su madre y sus hermanos. Aquí se convierte en bodeguero y viticultor, pero también en una de las figuras fundamentales de la Congregación de los Luises, vinculada al recordado sacerdote Antonio de Víu.

  • Eugenio Camacho, en un momento de su entrevista con lavozdelsur.es.
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Camacho, de hecho, conserva una dedicatoria manuscrita de este jesuita que resume la consideración que tenía hacia su abuelo: "A mi queridísimo Íñigo, pilar y fundamento de esta congregación".

Pero la faceta que más ha sorprendido al periodista no es la de bodeguero, sino la humana. A través de la Congregación de los Luises, las Hermanas de la Cruz y otras instituciones, Íñigo visita enfermos y presos y ayuda a personas necesitadas. Lo hace, además, sin buscar reconocimiento. Ni siquiera su mujer conoce algunas de esas obras.

Su "coherencia" es, precisamente, lo que más le ha impresionado durante la investigación a Eugenio. "Una persona con una fe enorme, pero una fe vivida". Una fe que, según explica, no consistía en predicar, sino en "dar ejemplo".

Uno de los descubrimientos más reveladores aparece en un pequeño papel que su abuelo guardaba en una cartera. De entre los cinco puntos que había anotado figuraban visitar enfermos, estar pendiente de las personas necesitadas y, especialmente, "no publicar nada" de lo que hacía.

Por eso, Camacho reconoce que a su abuelo "no le hubiese gustado para nada" este libro. "En vida hubiese sido inviable, imposible". La publicación tampoco busca un reconocimiento más de 40 años después de su muerte, responde a otra razón: "Entiendo que vidas y testimonios tan ejemplares y tan coherentes de personas que ya no están con nosotros deben ser conocidas por lo menos por su familia".

Una historia de Jerez

Pero lo que empezó como una historia meramente familiar, terminó convirtiéndose también en parte de la historia de Jerez.

La investigación lleva a Camacho hasta la bodega Barón de Algar, que hereda su abuelo y que dirige con la ayuda de su hermano Pepe y dos primos. Seguían así la tradición bodeguera de una familia vinculada al vino desde hace siglos. La bodega, situada en las calles Liebre y Moral, llega a tener presencia en el mercado británico con marcas como Fino La Liebre, Oloroso Salto al Cielo o Brandy Anfitrión.

  • Eugenio Camacho, en otro momento de la entrevista.
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La de Íñigo también es la historia de una generación que tiene que reconstruir sus negocios después de la Guerra Civil. "Jerez era mucho más que El Pantera", sostiene Camacho, reivindicando una parte de la sociedad jerezana que, a su juicio, ha quedado reducida, en ocasiones, a una "caricatura del señorito de Jerez", pero que hizo mucho por la ciudad y por su industria vinícola.

Su abuelo forma parte de una generación que pasa por la Escuela de Comercio y que termina dirigiendo bodegas, trabajando en la banca o en las industrias auxiliares del vino. "Mi abuelo fue en cierta forma lo que ahora se llama emprendedor", considera. "Con mucho esfuerzo, mucho trabajo, mucha inventiva y mucha generosidad sacó adelante su trabajo, su empresa y la economía local".

Un título que es una metáfora

El título del libro no procede directamente de una bodega, sino de una viña. A finales de los años sesenta Íñigo hereda una finca de unas 60 hectáreas en el pago de La Serrana y decide plantar allí las cepas que debían alimentar de uva a la bodega. Pero cuando termina la plantación llega una sequía tremenda que amenaza con echarlo todo a perder.

Sin embargo, en el momento de sembrar la última cepa, cae una tromba de agua, relata Camacho. Son los propios trabajadores quienes bautizan aquel terreno como "la viña del Milagro".

Para el autor, el nombre termina convirtiéndose en una metáfora perfecta de la vida de su abuelo. Especialmente porque la verdadera dimensión de Íñigo no aparece durante sus años de prosperidad, sino cuando todo comienza a derrumbarse, explica su nieto.

  • Camacho, entre botas de vino en la jerezana plaza del Mamelón.
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La crisis bodeguera de los años setenta acaba llevándose por delante Barón de Algar y arrastra buena parte del patrimonio familiar. Íñigo muere en 1982 en una situación económica precaria. Y es entonces, afirma Eugenio, cuando se hace más visible su verdadera forma de entender la vida.

"A mi abuelo no lo encontramos tan claramente en la abundancia de una bodega que va muy bien, de una vida cómoda, de una familia de la aristocracia de Jerez y de la burguesía sevillana", señala. "A mi abuelo se le conoce cuando las cosas se le empiezan a torcer", y explica que incluso, en esa situación, siguió ayudando en todo lo que podía a los más desfavorecidos.

Y ahí aparece el verdadero hilo conductor del libro: "Los valores que permanecen cuando todos los demás se desmoronan". Según Camacho, cuando desaparecen el patrimonio y la estabilidad económica "lo único que verdaderamente permanece es lo que has dejado".

Un libro desde la fe

Investigar sobre su abuelo también ha reforzado en el periodista una serie de coincidencias familiares que él interpreta desde la fe. La más llamativa tiene que ver con su hija. Íñigo nace un 23 de julio. Muchos años después, ese mismo día, pero de 2023, su hija Mercedes es operada a vida o muerte en el Hospital Puerta del Mar, de Cádiz, tras sufrir una hemorragia cerebral. El TAC arrojaba una probabilidad de supervivencia del 3%, recuerda Eugenio. La operación sale adelante y, después de nueve días en coma, su hija despierta un 31 de julio, día de San Ignacio de Loyola, onomástica de su abuelo.

"Puede ser una coincidencia, igual que falleciera el día de mi cumpleaños, pero son señales que te conectan a algo que a mí personalmente me trasciende mucho".

  • Íñigo López de Carrizosa, en la contraportada del libro de su nieto Eugenio.
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Ahora, después de tantos meses "andando de su mano", Eugenio no piensa que el trabajo termine con la presentación del libro. De hecho, al preguntarle sobre qué hará ahora, es claro: "Predicar con el ejemplo de mi abuelo". Y añade que "la mejor forma de mantener viva su memoria para siempre es cada vez que tomo, como nieto suyo, una decisión coherente".

Íñigo tuvo 13 hijos. Su nieto, cuatro décadas después de su muerte, ha conseguido reunir las piezas de una vida que durante años permanecieron, principalmente, en la memoria de quienes lo conocieron.

"Era mucho mejor mi abuelo de lo que me habían contado", resume Eugenio Camacho.

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