cultura

La reseña de 'Divinas palabras', de Manuel Amaya Zulueta

'Divinas palabras', de Manuel Amaya Zulueta, imágenes de Roberto Sánchez Terreros, Colección A la ya te veré, N. 11, Pandora Ediciones, Sevilla, 2026

  • Portada de 'Divinas palabras', del blog lamiradaactual.blogspot.com.

Un sorprendente, complejo y sugerente volumen de la colección que dirige Pedro Tabernero. Un texto que somete la lectura a una “dulce brutalidad”, a un surrealismo extremo, casi beligerante, pero pleno de belleza y ternura en la mente del escritor Amaya Zulueta, y a la vez, el bálsamo pictórico, tan sensual como determinante, tan necesario singular de la mano del pintor Roberto Sánchez Terreros.

Amaya Zulueta cuenta con una prosa excepcionalmente trenzada, inteligente, prácticamente indetectable. Pero seamos honestos, en su haber el Premio Quiñones de Literatura por su novela El león de oro, finalista del Premio Internacional de novela “Luis Berenguer” y además, compañero de aventura y colección en el Premio José Luis Cano, con un poemario titulado El ala de la locura, entre otros. Un rasgo a tener en cuenta, ya que como afirma el propio autor, sus novelas lo son más de un poeta que de un narrador puro. Otro escritor y periodista indispensable como Alejandro Luque lo recoge muy bien en su artículo “Amaya Zulueta se revela como poeta en El ala de la locura” publicado en el diario El País.

De hecho, este libro que titula “Divinas palabras” representa su poética más genuina y sincera en modo narrativo. Una polifonía erudita que transcurre por la historia de la literatura. No olvidemos que su dedicación docente centrada fundamentalmente en la poesía, sería otra faceta de su inquietud literaria. El inicio de esta serie articulado de relatos, aborda paisajes literarios míticos y universales desde la España de Quevedo hasta la otra cara de la luna, pasando por Alfoz, su magia, las innovadoras pinturas negras de Goya o el indiscutible protagonista Ramón Valle-Inclán que se eleva como protagonista del relato. En este inicio, el autor nos invita a recorrer con él su museo literario desde la perspectiva de lector y espectador, Ovidio, Homero, Garcilaso, Góngora, Petrarca, Machado, Galdós, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Lorca y un largo etcétera y como gran amante de la literatura francesa, V.Hugo, Flaubert, Verlaine, Célan, Camus con otro contundente etcétera, así como los universales J. Austen, Tolstói, Dostoyevsky, N. Gordon, suma y sigue. También desde la visión del estudioso, a través de F.López Estrada o de su propia amistad con el historiador Manuel Tuñón de Lara.

La literatura es el espacio de la libertad por excelencia, pero además, para Amaya Zulueta es un templo sagrado que se visualiza a través -no ya de su amor por la escritura- sino de su pasión incondicional por todo lo concerniente al libro. Sin desmerecer un afán provocador que no esen absoluto incompatible con sus nobles propuestas escriturales. Nos quedamos con un marco inigualable, Pigalle, la identificación con el alma errante de Valle.-Inclán y alguna declaración: “ Soy el Gran Cabrón del Esperpento”.

La tarea del pintor no era fácil por la profusión de datos, la multiplicidad semántica, la extraordinaria riqueza léxica que el texto Divinas palabras encierra. Sin embargo, son muchos los desafíos que ha podido superar este magnífico pintor, especializado igualmente en orfebrería, diseño de tarjetas postales antiguas, decoración de muebles, y, de manera especial, la ilustración de libros, por ejemplo de la colección “Sevilla”, “Un gozo en mi pozo” (M.Machado), el propio Códice Tabernero con 225 ilustraciones, y ahora este volumen. El gran aporte de la pintura de Sánchez Terreros es la serenidad que transmite a través de sus colores. Un sosegado colorismo creativo y repleto de abstracción poética.

Divinas palabras resume un espíritu literario apasionado, culto y libre, vinculándose al trazo fantástico, surrealista en ocasiones, capaz de combinar lo figurativo y lo abstracto, lo simbólico y lo cotidiano. Alguna imagen, como por ejemplo, al principio en la página 12, representa una ilustración de colores vivos, atractivos y un estilo artístico detallado. Figuras articulados, por ser exactos marionetas, con predominios del verde y del azul claro parecen ser el telón de fondo de grabados fantasiosos cercanos a la literatura infantil, precisamente ante un texto vertiginoso con una avalancha de caléndulas, jaramagos, historias de sangre, palabras de cólera. Frente a este paradigma, el segmento opuesto, como botón de muestra, la ilustración de la página 17, de figuras estilizadas, líneas contorneadas prominentes, así como un intenso dramatismo que interpretan los descubrimientos latinos, la disputa contra el tiempo, ritos infantiles, en una ilustración donde lo simbólico, lo real y lo imaginario, ese estructura de la mente humana que dispuso Lacan en su tríada, son lisa y llanamente una verdadera obra de arte. Una tríada que se verá observado por un ojo central dispuesto de una mano poderosa.

En otras ocasiones, percibiremos símbolos universales de espiritualidad, anhelos de sabiduría, una búsqueda de la verdad cuando no un despertar interior. Surgen inevitables conexiones entre lo divino y lo terrenal, por ello, el número 7, las figuras geométricas, la presencia de serpientes, cruces, copas conforman los deseos de hallar respuestas, de crear un arcoíris que vaya marcando los ciclos de cambio, remitiendo siempre al origen, lo que el poeta Amaya Zulueta suscribe: “Ya que si Dios es la Palabra, y la poesía es la espléndida verbalidad, el poeta es el Acercado, el Avecinado a Dios”.

Sin olvidar, por otro lado, el terreno de los límites, expresado con una paleta de colores suaves, con figuras alargadas sosteniendo relojes que acentúan los enigmas de laberintos indudables.

Por consiguiente, complejidad, detalles, colores vibrantes y una narrativa visual excepcional nos hace leer este volumen como verdadero libro de arte.

 

Un sorprendente, complejo y sugerente volumen de la colección que dirige Pedro Tabernero. Un texto que somete la lectura a una “dulce brutalidad”, a un surrealismo extremo, casi beligerante, pero pleno de belleza y ternura en la mente del escritor Amaya Zulueta, y a la vez, el bálsamo pictórico, tan sensual como determinante, tan necesario singular de la mano del pintor Roberto Sánchez Terreros.

Amaya Zulueta cuenta con una prosa excepcionalmente trenzada, inteligente, prácticamente indetectable. Pero seamos honestos, en su haber el Premio Quiñones de Literatura por su novela El león de oro, finalista del Premio Internacional de novela “Luis Berenguer” y además, compañero de aventura y colección en el Premio José Luis Cano, con un poemario titulado El ala de la locura, entre otros. Un rasgo a tener en cuenta, ya que como afirma el propio autor, sus novelas lo son más de un poeta que de un narrador puro. Otro escritor y periodista indispensable como Alejandro Luque lo recoge muy bien en su artículo “Amaya Zulueta se revela como poeta en El ala de la locura” publicado en el diario El País.

De hecho, este libro que titula “Divinas palabras” representa su poética más genuina y sincera en modo narrativo. Una polifonía erudita que transcurre por la historia de la literatura. No olvidemos que su dedicación docente centrada fundamentalmente en la poesía, sería otra faceta de su inquietud literaria. El inicio de esta serie articulado de relatos, aborda paisajes literarios míticos y universales desde la España de Quevedo hasta la otra cara de la luna, pasando por Alfoz, su magia, las innovadoras pinturas negras de Goya o el indiscutible protagonista Ramón Valle-Inclán que se eleva como protagonista del relato. En este inicio, el autor nos invita a recorrer con él su museo literario desde la perspectiva de lector y espectador, Ovidio, Homero, Garcilaso, Góngora, Petrarca, Machado, Galdós, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Lorca y un largo etcétera y como gran amante de la literatura francesa, V.Hugo, Flaubert, Verlaine, Célan, Camus con otro contundente etcétera, así como los universales J. Austen, Tolstói, Dostoyevsky, N. Gordon, suma y sigue. También desde la visión del estudioso, a través de F.López Estrada o de su propia amistad con el historiador Manuel Tuñón de Lara.

La literatura es el espacio de la libertad por excelencia, pero además, para Amaya Zulueta es un templo sagrado que se visualiza a través -no ya de su amor por la escritura- sino de su pasión incondicional por todo lo concerniente al libro. Sin desmerecer un afán provocador que no esen absoluto incompatible con sus nobles propuestas escriturales. Nos quedamos con un marco inigualable, Pigalle, la identificación con el alma errante de Valle.-Inclán y alguna declaración: “ Soy el Gran Cabrón del Esperpento”.

La tarea del pintor no era fácil por la profusión de datos, la multiplicidad semántica, la extraordinaria riqueza léxica que el texto Divinas palabras encierra. Sin embargo, son muchos los desafíos que ha podido superar este magnífico pintor, especializado igualmente en orfebrería, diseño de tarjetas postales antiguas, decoración de muebles, y, de manera especial, la ilustración de libros, por ejemplo de la colección “Sevilla”, “Un gozo en mi pozo” (M.Machado), el propio Códice Tabernero con 225 ilustraciones, y ahora este volumen. El gran aporte de la pintura de Sánchez Terreros es la serenidad que transmite a través de sus colores. Un sosegado colorismo creativo y repleto de abstracción poética.

Divinas palabras resume un espíritu literario apasionado, culto y libre, vinculándose al trazo fantástico, surrealista en ocasiones, capaz de combinar lo figurativo y lo abstracto, lo simbólico y lo cotidiano. Alguna imagen, como por ejemplo, al principio en la página 12, representa una ilustración de colores vivos, atractivos y un estilo artístico detallado. Figuras articulados, por ser exactos marionetas, con predominios del verde y del azul claro parecen ser el telón de fondo de grabados fantasiosos cercanos a la literatura infantil, precisamente ante un texto vertiginoso con una avalancha de caléndulas, jaramagos, historias de sangre, palabras de cólera. Frente a este paradigma, el segmento opuesto, como botón de muestra, la ilustración de la página 17, de figuras estilizadas, líneas contorneadas prominentes, así como un intenso dramatismo que interpretan los descubrimientos latinos, la disputa contra el tiempo, ritos infantiles, en una ilustración donde lo simbólico, lo real y lo imaginario, ese estructura de la mente humana que dispuso Lacan en su tríada, son lisa y llanamente una verdadera obra de arte. Una tríada que se verá observado por un ojo central dispuesto de una mano poderosa.

En otras ocasiones, percibiremos símbolos universales de espiritualidad, anhelos de sabiduría, una búsqueda de la verdad cuando no un despertar interior. Surgen inevitables conexiones entre lo divino y lo terrenal, por ello, el número 7, las figuras geométricas, la presencia de serpientes, cruces, copas conforman los deseos de hallar respuestas, de crear un arcoíris que vaya marcando los ciclos de cambio, remitiendo siempre al origen, lo que el poeta Amaya Zulueta suscribe: “Ya que si Dios es la Palabra, y la poesía es la espléndida verbalidad, el poeta es el Acercado, el Avecinado a Dios”.

Sin olvidar, por otro lado, el terreno de los límites, expresado con una paleta de colores suaves, con figuras alargadas sosteniendo relojes que acentúan los enigmas de laberintos indudables.

Por consiguiente, complejidad, detalles, colores vibrantes y una narrativa visual excepcional nos hace leer este volumen como verdadero libro de arte.

 

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