La visión tan nítida de los paisajes de Joaquín Terán nos asoma siempre a un horizonte entre tanto vacío. Un lugar donde posar la mirada es un acontecimiento en la pintura de hoy.
La crítica contemporánea me hace recordar aquella cita de Tolstoi, “Hay quienes cruzan un bosque y solo ven leña para el fuego”. La inercia intelectual, la fuerza de la costumbre de definir, de clasificar en tendencias, estilos, influencias, al fin y al cabo disecar con ideas, encerrar la mariposa entre las hojas del libro, evita entregarnos a la obra, en un modo seguro de que la belleza no nos haga vulnerables.
Cuando me asomo a la pintura, no lo hago con el ánimo de acotar, de clausurar lo percibido, no intento dar explicaciones ni buscar significados, sino trato de hacer vivir lo sentido, lo acontecido más que lo captado. Un destello cuanto mayor, más inexplicable, que nos hace perder pie en la razón y nos abisma en la mirada, capaz entonces de barruntar el inasible aliento de la belleza.
La visión tan nítida de los paisajes de Joaquín Terán nos asoma siempre a un horizonte entre tanto vacío. Un lugar donde posar la mirada es un acontecimiento en la pintura de hoy. Su trazo nos conduce por una senda, solitaria, con muchos rasgos biográficos: arboledas frondosas frente al arbusto desubicado, perspectivas brumosas, nubarrones desapacibles que presagian la tormenta… contenido en que es fácil reconocerse, pero que no nos detiene en su forma, su esencialidad llama hacia adentro. De esos surcos en la tierra, las huellas que contienen las semillas, los ojos escapan, la mirada se pierde y nos eleva a unos celajes capaz de limpiarnos de nuestro propio reflejo y llevarnos a que la obra nos acontezca.
Pasamos entonces en estas pinturas, con suma facilidad, del pensar al contemplar, ver sin vernos, y esto es porque más que mostrar la encarnadura temporal de las cosas, manifiesta, lo que de espiritual hay en ellas. No sería la primera vez que cito a Amiel, “el paisaje es un estado del alma”, para referirme a la pintura de Joaquín Terán, sus pinceladas crean silencio, nos acallan. Sumergiendo nuestra mirada en la escucha, encontrándonos en el mismo brotar de su propio misterio. Lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo, eso que Wittgenstein llamó lo místico.
Una mística que no se reduce a la experiencia religiosa, a la interiorización de ojos cerrados, sino que hace sagrado lo cotidiano, abriéndonos los ojos, a una dimensión más allá de lo óptico. Aparece entonces la frondosidad del paisaje, “las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos” La luz, el color, pero también el sonido, la fragancia, lo táctil de ese amor que permanece al que llamamos nostalgia.
Desde luego, para los que vivimos al margen de las chatarrería de novedades, los que supimos ver hace tiempo que el emperador iba desnudo, por más que se disfrazara con mamarrachos elevados a la cresta de los ismos, los que descreyeron de los reputados marchantes y galeristas bursátiles, los hastiados de los meros diseñadores de la época, corta y pegas plásticos y demás presuntos rupturistas de la nada, cada exposición de Terán es un acontecimiento que celebramos. Aún queda quienes nos asoman al destino de la pintura grande, a la obra que nos trasciende, y nos hace sentir ese destello que enciende nuestra alma.
'Otros paisajes', de Joaquín Terán, puede verse en Sala Barbablanca entre el 16 de marzo y el 8 de abril, de lunes a viernes de 17 a 21:00 horas.
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