María de Alvarado tenía un billete para llegar a Madrid a las 8.50. Embarazada de treinta semanas, había subido al AVE 2061 con la inquietud que le había dejado Adamuz. La salida estaba prevista a las 6.05, pero el tren arrancó a las 6.08. Apenas había comenzado a moverse desde Sevilla Santa Justa cuando llegó la primera parada.
Después vendrían las reducciones de velocidad y los mensajes de Renfe: diez minutos de retraso, veinte, treinta y cinco. Desde su asiento en el vagón 2 escuchaba las preguntas de otros pasajeros y la explicación del revisor: estaban "saltando los sistemas de frenado".
A las 8.30 sintió un frenazo. El convoy reanudó la marcha y después volvió a frenar, esta vez de forma "muy brusca". Quedó detenido a unos 400 metros del lugar del accidente, de acuerdo con la distancia recabada inicialmente para esta crónica. María todavía no sabía qué había ocurrido. Entonces llamó su madre. "¿Ya has llegado? ¿Estás en Madrid?". Ella respondió que seguía en el tren, parada, sin conocer su ubicación. Su madre le dio la noticia: "No, María, es que ha habido un accidente, creo que estás detrás de un accidente".
En ese AVE viajaban agricultores que acudían a las protestas del campo andaluz, junto a pasajeros con compromisos profesionales y laborales. El recorrido habitual entre Sevilla y Madrid había terminado junto al escenario de una tragedia. Los retrasos y la falta de electricidad quedaron asociados al alivio de no haber avanzado más. Afirmar qué habría sucedido con otro horario exigiría una certeza que nadie puede ofrecer. Para quienes estaban dentro, bastaba con conocer la distancia que los separaba del siniestro.
"Solamente quería no entrar en pánico por el bebé"
Después de aquella llamada comenzaron a sonar más teléfonos. Los viajeros preguntaban por el accidente y María percibía desconcierto entre quienes estaban a bordo. "Nos enteramos antes por la tele que por los propios miembros de Renfe", recuerda. Pero también matiza: "Los trabajadores de Renfe daban la información que podían". El aire acondicionado siguió funcionando durante un tiempo tras la detención. Hasta que se cortó el suministro. "De repente, bum, todo se apagó".
Se escuchaban helicópteros. Empezaron a llegar vecinos en coches particulares con agua y comida. María observaba sus caras de preocupación desde un tren del que resultaba difícil salir: la altura hasta el suelo y una valla impedían una evacuación sencilla. Entonces alguien se acercó pidiendo médicos y asistencia para el convoy siniestrado. "Ahí fue cuando yo realmente supe que estábamos al lado". Vio a pasajeros dejar sus maletas y marcharse andando a ayudar.
Dentro había reacciones muy distintas: personas con pánico, otras muy nerviosas y un hombre que dormía. María procuró mantenerse serena. Evitó las noticias y las redes sociales; utilizaba el teléfono para decir a su familia que estaba bien. "Solamente quería no entrar en pánico por el bebé". A su alrededor estuvieron pendientes de ella por el embarazo. "La gente se volcó", agradece.
Un billete para llegar a las 9.09 horas
"Nuestro tren debería haber llegado a Madrid, según el billete, a las nueve y nueve minutos", explica Ramón. Calcula que acumulaban veintitantos minutos de retraso. Desde el amanecer habían advertido que algo no marchaba con normalidad: "Notábamos que el tren iba muy despacio, incluso en algunos sitios casi parados".
Tras superar Ciudad Real, el convoy se detuvo definitivamente. Ramón sitúa el punto cerca de la subestación eléctrica de "El Emperador", aproximadamente a diez kilómetros de Malagón. Por las redes sociales comenzaron a enterarse de lo sucedido en Toledo. Al reconstruir el viaje, recurre a la Providencia y a la suerte para explicar el significado que terminó dando a aquella demora.
La espera se prolongó durante horas. Casi seis. Sin electricidad ni aire acondicionado, el calor fue haciendo más difícil la permanencia en los coches. Había pasajeros sudando, nerviosos y con sed. Según su testimonio, inicialmente tampoco les permitían abrir las puertas. Desde la cafetería comenzaron a repartir agua y después refrescos. Ramón recuerda que también entregaron cerveza y pequeños botellines de champán. "La cuestión era beber líquido", resume. Las existencias disponibles se convirtieron en el recurso para atender a los viajeros mientras el convoy seguía inmóvil.
La tensión aumentó. Algunos ocupantes reclamaron que se abrieran las puertas y, según Ramón, finalmente quedaron abiertas ante la insistencia de los pasajeros. La mañana avanzaba dentro de un tren que había perdido la electricidad y cualquier posibilidad de cumplir el horario impreso en los billetes.
La fotografía y los avisos de Ramón
Fue durante aquella detención cuando Ramón se fijó en la vía contigua. "Aburrido, cuatro horas en el tren, pues al final te quedas mirando detalles", cuenta. Desde su ventanilla fotografió una aparente fisura vertical en un carril con la inscripción "BRITISH STEEL 89", marca que apunta a su fabricación británica en 1989, aunque no acredita cuándo fue instalado.

- Estado de la vía de alta velocidad entre Sevilla y MAdrid en la que se observa una fisura en un vial de 1989.
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Primero se planteó si sería una sombra. Después observó lo que identifica como otra raja en el segundo raíl de esa misma vía, menos visible por la falta de luz directa. Aquello le pareció suficientemente preocupante para avisar. Las fotografías documentan su observación; determinar la naturaleza y el alcance de las marcas requiere una inspección técnica. No hay elementos que permitan relacionarlas con el accidente.
Ramón mostró la imagen al supervisor del tren. Según relata, la examinó sin darle demasiada importancia. Más tarde, ya en Ciudad Real, acudió a un vigilante: "Se lo tomó un poco más en serio". El trabajador fotografió con su móvil la imagen que Ramón le enseñaba en el suyo y preguntó por la ubicación. "Le dimos el sitio exacto", asegura.
También publicó las fotografías para pedir que alguien trasladara el aviso a Adif o a las autoridades competentes. En ese mensaje reconocía sus límites: "No entiendo de trenes ni de vías, ni tan siquiera sé si es grave o no".
Una escalera para salir del tren
Sin electricidad, los baños dejaron de funcionar y algunas zonas del convoy acumulaban mucho calor. "Estábamos como en una ratonera allí arriba", describe María. Según relata, personal de Renfe y mantenimiento abrió un paso en la valla y colocó una escalera para que los pasajeros pudieran bajar. Los trabajadores permanecieron junto a ella, ayudándolos a entrar y salir mientras se organizaba la evacuación.
María recuerda la llegada de tres vehículos de la Guardia Civil y la rapidez con la que los agentes organizaron el traslado. El acceso de los autobuses era complicado, por lo que los viajeros tuvieron que caminar hasta un punto junto a la carretera. Por su embarazo, a ella la llevaron en un coche de la Guardia Civil. Esperó a la sombra hasta que le indicaron que subiera.
Durante la salida pasaron junto al accidente. "Un caos, un caos", recuerda de la escena. Al mismo tiempo, destaca el despliegue y la organización de los equipos que pudo ver: Guardia Civil, policía, ambulancias y UME. La trasladaron al punto de atención habilitado en un polideportivo, donde se reunían los evacuados y se preparaban los siguientes desplazamientos.
También Ramón terminó saliendo de su convoy. Una locomotora diésel lo remolcó hasta Ciudad Real, donde recibieron bocadillos, agua y barritas energéticas. Quienes quisieron continuar hacia Madrid pudieron hacerlo en autobús. Él y la mayoría de los agricultores de su grupo optaron por regresar a Sevilla.
María decidió volver por su cuenta. Allí supo que otra pasajera de su tren estaba embarazada de once semanas y ambas compartieron un taxi hacia Sevilla. Había salido aquella madrugada pendiente de una llegada a las 8.50. Horas después, tras dos frenazos, el apagón y la evacuación, regresaba acompañada de otra mujer que también había viajado con un embarazo a bordo. Madrid podía esperar.
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