Fachada del bar Carmelo, en San Joaquín.
Fachada del bar Carmelo, en San Joaquín.

Si de lunes a viernes solemos intentar cuidar lo que comemos, la llegada del fin de semana suele ser sinónimo de excesos, aunque muchos se ven con un problema: el económico. La cartera manda y a menudo hay que tirar de restaurantes o bares de comida rápida, lo cual se suele relacionar con productos y comida de mala calidad. Pero nada más lejos de la realidad si se sabe a dónde acudir. He aquí un listado de cuatro clásicos de la hostelería de la hamburguesa, el sándwich y sus derivados que a un servidor raramente le han fallado cuando el hambre le apretaba tanto al principio como al final de una noche de fiesta y en momentos en que además el bolsillo pedía a gritos una tregua.

Carmelo’s Burguer Pizza (calle Sierra del Aljibe, 6)

Cocineros y camareros del Carmelo, en plena faena en una de sus noches de mucho trabajo.

De Lola Flores dijo el New York Times que ni cantaba, ni bailaba, pero que no se la perdiera nadie. De Carmelo –así a secas es como lo conoce todo el mundo– se podría decir lo mismo extrapolándolo al terreno gastronómico, porque es tan variada su carta que no tiene algo por lo que destaque, pero a su vez todo está rico y además a un precio para todos los bolsillos. Carmelo se encuentra desde los años 80 en San Joaquín, una barriada alejada de las diferentes zonas de marcha, lo cual no quita que muchos empiecen la noche aquí. Si a estos se les suma las numerosas familias que también vienen a degustar sus platos, es normal que siempre esté a rebosar de gente, lo que hace que muchos opten por encargar la comida y recogerla directamente en el local para no tener que esperar durante un buen rato a que se quede una mesa libre.

A pesar de su nombre, Carmelo es mucho más que hamburguesas y pizzas –para algunos las mejores de Jerez, algo en lo que sin embargo difiero–, pudiendo encontrar un variado surtido de patatas fritas, perritos calientes (ojo al jumbo completo, que incluye huevo frito) y sándwiches, además de sus platos estrellas, el arroz frito –con guisantes, trozos de tortilla francesa, zanahoria y jamón york en tiras- y la carne al Carmelo –pechuga de pollo en tiras con pimiento, cebolla y patatas fritas, y unas especias sabrosísimas–. Eso sí, aunque la plantilla de camareros y cocineros es amplía y trabaja rápido, lo pequeño del local y la gran cantidad de gente que acude en las horas punta, sobre todo los fines de semana, hace que a veces sea un suplicio no sólo coger mesa, también aparcar en los alrededores.

La Mezquita, (calle José Cádiz Salvatierra, Torres de Córdoba)

Manuel Aguilar, copropietario junto a su hermano Antonio de La Mezquita.

Desde 1985 siendo un referente de las tres ‘b’ (bueno, bonito y barato), la Mezquita se creó a la par que los edificios de las Torres de Córdoba, y de ahí su nombre, porque ¿qué hay más cordobés que la Mezquita? El bar, que en un principio nació como hamburguesería, fue adaptándose con el tiempo para ofrecer también desayunos y platos combinados en las horas del almuerzo y cena. Regentado en la actualidad por los hermanos Antonio y Manuel Aguilar, en abril del año pasado renovaron para mi sorpresa -positiva, claro– la carta, introduciendo una amplia selección de tapas -apunten las croquetas de verdura y queso de cabra, la pavía y su selección de ibéricos, procedentes de la vecina carnicería de los Nieves–.

Al tiempo, el bar ha mantenido sus hamburguesas de siempre –con alguna novedad como la “30 aniversario” (180 gramos de carne de buey, lechuga y cebolla frita) así como también sus clásicos sándwiches –este cronista se queda con el Mezquita, que de hecho es su plato preferido–. Su ‘temprano’ horario de cierre los fines de semana (a las 00:00), hace que La Mezquita sea un buen lugar para comenzar la noche y llenarnos el estómago previo paso al copiteo.

Pizzería Manila (José Cádiz Salvatierra, edificio Málaga 1)

Clientes comiendo en la pizzería Manila.

Si La Mezquita es un buen lugar para comenzar la noche, a apenas 200 metros de distancia, Pizzería Manila puede ser perfectamente el lugar donde acabarla gracias a su tardío horario de cierre (2 de la mañana y hasta las 3 los viernes y sábados). Manila es otro clásico por el que no pasan los años y aunque ya no lo frecuento tanto como cuando era un joven e inconsciente ‘botellonero’ – en la época en la que el botellón se permitía y practicaba en el vecino parque Scout– aún de vez en cuando me dejo caer por allí atraído por sus platos.

La colonia filipina en Jerez tiene aquí uno de sus bastiones –de ahí el nombre de su capital en la fachada– desde hace casi 25 años, y aunque reza como pizzería, para el que suscribe flojea precisamente en este plato, no sin embargo en sus sándwiches –a destacar el Club (ensalada de pollo, jamón, queso, bacon y huevo)– y hamburguesas, pero sobre todo en su cocina asiática, desde arroz frito y tallarines pasando por sus clásicos platos cocinados con pollo, cerdo y ternera. Por cierto. El sabor de la mayonesa que sirven, entiendo que casera, es digna de elogio.

El Sombrero (calle Rui López, 14)

Fernando, propietario del Sombrero, manos en la plancha cocinando sus deliciosas hamburguesas y sus 'sombreritos'.

Simplemente, un lugar de culto. El Sombrero –o el Sombrerito, como le decimos muchos- es el lugar perfecto cuando el hambre llama tu puerta a altas horas de la madrugada si es que has salido de marcha por el centro o has acabado en la cercana sala La Comedia. Abierto desde septiembre de 1990, nació llamándose ‘El chiringuito’ como bar de tapas y copas hasta que acabó transformándose en lo que es ahora, un pequeño establecimiento especializado en hamburguesas. ¡Y qué hamburguesas! Sin duda las mejores de Jerez, y para el que escribe este artículo, las mejores que ha probado nunca, y eso que incluso las ha degustado en algunos de los llamados templos de las hamburguesas de Nueva York, donde dicen que se hacen las mejores. El que su sabor sea tan especial se debe a la carne, pero en eso también tiene mucho que decir el propietario del negocio, Fernando, y en su gran manejo con la plancha.

Como plato previo a la hamburguesa puedes pedir el popular ‘sombrerito’, que no es más que salchichas envueltas en bacon frito, pero que también tienen un punto que quitan el sentío. En cuanto a los demás platos –sandwiches y perritos calientes, básicamente– me consta por terceros que están también muy ricos, pero sinceramente nunca los he probado habiendo hamburguesas de por medio. Lo redondea todo el encanto del local, pequeño y estrecho pero acogedor, los característicos y diversos sombreros que cuelgan de sus paredes y techos, y que a la postre le dan el nombre al local y, por qué no decirlo, hasta su tele, en la que antaño no faltaban las películas de Bruce Lee o Chuck Norris. Por cierto -y por desgracia-: el Sombrero sólo abre tres días a la semana: viernes, sábados y domingos a partir de las 9 y media de la noche.

Sobre el autor:

Jorge Miró

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