javierfergo_comedia_07
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"Los guapos nunca se pelean. Sólo los feos. ¿Sabes por qué? Porque los guapos siempre ligan. Los otros están permanentemente frustrados".

La cuasi filosófica frase es de Juan Narváez, el autodenominado “hombre que nunca invita” o “el hombre que nunca da la mano” –que sustituye por un saludo militar-, que nos abre las puertas de su casa, que en realidad es la de varias generaciones. Sentados en una mesa pintarrajeada con sabor añejo donde quizás muchos bebieran su primer cubata y otros probaran por primera vez los labios de una chica, hablamos con el propietario de la sala La Comedia, la discoteca más veterana de Jerez y sin duda la más emblemática. 35 años la contemplan enclavada en la calle Clavel, una de las pocas que aún conservan olor a vino en una ciudad que olía a bodega por sus cuatro costados.

Y precisamente fue eso, una bodega, lo que antaño ocupó el lugar que hoy alberga la sala de fiestas. A finales de los 70, años antes incluso de la expropiación de Rumasa y la reconversión bodeguera, el negocio de la familia Narváez ya empezaba a decaer. Juan por entonces era vendedor de vinos en Reino Unido. Iba y venía y cerraba contratos gracias a su soltura con el inglés. “Los chavales de ahora siguen sin hablarlo bien, hablan como los indios”, afirma mientras suelta dos o tres frases en el idioma de Shakespeare.

Juan es un tipo cercano, afable y guasón. A ratos incluso con un punto de locura. Cuando le preguntamos la edad nos la dice rechistando, cual mujer presumida. “¿Para qué la quieres saber?” Entre idas y venidas a las islas británicas, Juan montó una distribuidora de bebidas y licores para, precisamente, venderle zumos… a una discoteca de la calle Sol.

- ¿Zumos, Juan?

- ¡Zumos, joé! ¡A una discoteca de punkis!

Juan no es amigo de las fotos. Dice que sale feo. Después de insistirle y de hacerle entender que es el protagonista del reportaje, se cambia el polo que lleva por una de sus coloridas y características camisas. “Yo fui el que introdujo en Jerez la moda de las camisas de flores”, apunta. Juan dice de hacerse una en la discoteca, frente al luminoso de La Comedia. Javi, el compañero gráfico, tira fotos más que suficientes incluso para una sesión de Victoria Secret, pero el hostelero pone pegas. “Qué mal salgo, se me ve la papada”. Ponte más lejos, Juan. Y Juan posa con su linterna hasta que le gusta una. “Pon esta”.“¿Sabes una cosa? Los 35 años se me han pasado volando. Yo abro un viernes y ya se me ha olvidado lo que ha pasado durante la semana. Aquí se sube el telón todos los días, no hay que mirar al pasado”, reflexiona Juan, de nuevo sentados en la sala más tranquila de La Comedia, la de la música alternativa, jarras de cerveza, míticos futbolines, billares desgastados y paredes repletas de firmas, nombres y dibujos. Colgados, decenas de carteles de los muchos grupos que han pasado por aquí a lo largo de tres décadas: María del Mal, Harry Octopus, Rey de Copas, Los Paramecios, Etilikos, The Vagos, El hombre burbuja, Hermanos Dalton… “Por aquí han pasado todos los grupos de Jerez”, afirma Juan, que sin embargo recuerda tiempos mejores. “Antes cualquiera te llenaba la discoteca, ahora ni trayendo a uno puntero. La gente ya no tiene un duro”.

Pero retomamos el relato de la historia. Cerrada la bodega y con la distribuidora montada, Juan y su hermano decidieron darle salida a ese inmenso inmueble apostando por un nuevo uso hostelero. Tras una profunda reforma nacería La Comedia, abriendo en un principio lo que es actualmente la discoteca. Sin embargo no abriría como tal, sino como café teatro. “No tuvimos mucha suerte. No había ni artistas ni clientes suficientes. Nos adelantamos al tiempo de los cafés teatro. Traíamos magos, humoristas… Esto estaba precioso con sus mesitas, sus sillas…”.

Hablamos de los primeros años de los 80. Tras el fiasco del café teatro, La Comedia fue transformándose poco a poco en lo que es ahora. Tras la apertura de la discoteca vendría la ampliación al patio y luego la reconversión de lo que había sido la planta embotelladora a la actual sala de futbolines, que además albergó una bolera, algo que pocos recuerdan. “Nos costó cinco millones de pesetas de la época”, recuerda resoplando.

Una clientela “plural y heterogénea”

- ¿Cómo es la noche, Juan?

- La noche es oscura. Hay noches buenas, noches malas y noches perras. Y cuando la gente no viene te entra un dolor de barriga... Abrimos a la 1 y me acuesto a las ocho. Tengo estrés crónico… Casi no sé lo que es una boda. He ido a muy pocas, porque siempre me han pillado trabajando.

En sus palabras notamos un cierto aire de cansancio. Y no lo niega. “La necesidad me obligó a trabajar en la noche. Vendía tanto con la distribuidora que teniendo esto fue lo mejor que vimos, pero la noche mata. Le recomiendo a todo el que quiera trabajar en la noche que se lo piense. De joven te recuperabas del fin de semana, pero ahora cuesta más. Y si me dicen hace 35 años de montar La Comedia diría que no. Pero le tengo que estar agradecido a la gente de Jerez lo bien que se ha portado conmigo”.

Es precisamente de eso, de su clientela, de lo que más presume Juan. “Siempre ha sido plural y heterogénea”. Además, desde su punto de vista, poco ha cambiado a pesar de los años. “Al final todas las generaciones, las de antes y las de ahora, quieren lo mismo: ligar, beber y divertirse. Eso no ha cambiado desde la Prehistoria”.Y es aquí cuando comienzan a surgir anécdotas. Como las de esos que le reprochan –y al contrario- el haber conocido en los muros de su negocio a las que posteriormente acabaron siendo sus esposas. “¿Yo un celestino? Bueno, si no hubiera sido yo habría sido otro. Yo lo único que he hecho es poner cuatro paredes y un tocadiscos, lo demás lo habéis hecho ustedes, les digo”. Luego están esos padres, antiguos clientes habituales en sus tiempos mozos, que lo llaman para pedirle que le eche un ojo a su hija o hijo. Lo de pillar a una parejita en los cuartos de baños en plena faena lo cataloga como algo “normal”.

- ¿Y los echas o qué?

- No hombre, qué voy a hacer, los dejo que disfruten los pobres…

Por La Comedia también ha pasado algún cliente ilustre como Pedro Almodóvar, aunque le cuesta recordar su nombre –“¿cómo se llama el que hace películas que empezó en la movida... el mariquita de los Óscar...?”- y otro habitual de los 80, Loquillo, al que Juan recuerda por venir con unos amigos “a tomar cubatas. Se ligó a una y le echó cinco polvos en el hotel Jerez”.

En el epílogo de la entrevista aparece la mujer de Juan, Amalia, pelo rubio platino, que viene de pasear al perro. Comenta que durante todos estos años ha figurado en un segundo plano en el negocio, “en el backstage, pero yo apoyo mucho, eh. Si no esto no iría para adelante”. “Como dicen los americanos con las mujeres de los presidentes. Ellas están present, but not there”, añade Juan al comentario de Amalia.

En la despedida, ya en la calle, Juan vuelve a hacernos el saludo militar para despedirnos. “Recuerda poner eso de que soy el que nunca da la mano”, señala con interés un tipo que a pesar del cansancio acumulado tras décadas en el negocio y unos números que ya no cuadran como antes, algo que nos volvería a comentar minutos antes, encara la vida con gran sentido del humor. Al mal tiempo buena cara. Ya lo dijo Juan. “El telón sube y baja todos los días”. Y en estos tiempos convulsos en que ese telón de la vida parece subir y bajar todos los días para representar una obra melodramática, toca decir que no, que la vida también puede ser una Comedia.

Sobre el autor:

Jorge Miró

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