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Raúl Ruiz-Berdejo. Secretario local del PCE.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Como Gramsci, yo también odio a los indiferentes y el silencio cómplice tras el que se esconden. Les considero responsables de todo lo que nos está pasando y aborrezco la pasividad de la que presumen mientras el futuro se derrumba a nuestro alrededor. Y lo hago porque pienso que en su apatía descansa el origen del robo que se perpetra diariamente contra este pueblo.

Me apena verles hablar de libertad como si ésta se limitase a elegir entre distintas versiones de lo mismo o apelar a la democracia olvidando que ésta va más allá del ejercicio, cada vez más pervertido, de votar cada cuatro años. Es fácil cambiar de canal cuando no nos gusta lo que estamos viendo, distraer la mente con memeces varias en lugar de afrontar la oscura realidad que se cierne sobre nosotros. Se está mejor en la playa o en el campo que reivindicando un mundo más justo. El sistema lo sabe. Y lo aprovecha.

Es esa legión de zombies que acepta y repite lo que se les dice por la tele, que muestra más preocupación por el partido del domingo que por los datos del paro, el gran drama de este pueblo. Por eso a algunos nos chirrían las tripas cuando les vemos haciendo apología de su apatía, sentenciando que todos los políticos son iguales, que los sindicatos son instrumentos inútiles, que votar o manifestarse de cualquier otra manera no sirve para nada…

Pareciera que no fuera con ellos el drama que se vive en nuestras calles y que, en la mayoría de los casos, les afecta. Asumen con complacencia todo cuanto sucede, como si fuera el inevitable designio de un dios lejano e inaccesible. Esperan que la suerte cambie de bando como si eso pudiese ocurrir de forma fortuita. Y, en el mejor de los casos, utilizan las redes sociales para acallar sus conciencias y convencerse a sí mismos de que no son parte de los mismos problemas de los que se quejan y para solucionar los cuales nunca dieron un paso al frente.

Pero hay gente que sufre tras ese silencio cómplice, lágrimas de desesperación tras esa apatía financiada. Un dolor que, más temprano que tarde, les alcanzará también a ellos. Y alcanzará tal graduación que será imposible de anestesiar con fútbol y pamplinas. Será entonces, sólo entonces, cuando algunos despierten y quieran tomar partido. Pero quizá ese día ya sea demasiado tarde.

* El texto en cursiva es de Antonio Gramsci

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