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Los que amamos a Woody sobre todas las cosas estamos un poco de capa caída.

La primera vez que vi Annie Hall, tenía nueve años, un par más que los que cumplió la película cuando yo nací. En ese inaugural e incompleto visionado no entendí mucho, lo confieso. Pero ya empezaba a vislumbrar que aquella maravilla me dejaría huella. No puedo recordar cuántas veces la he gozado desde entonces, más de una docena seguro. Esa delicada y desternillante historia de amor me cautiva por mucho que la conozca. Y es que los años no pasan por ella. Cuando Alvy y Annie se encuentran, el amor y la neurosis se hacen uno de un modo mágico, nítido, imperecedero. Es como si se pudiera tocar la ternura con las yemas de los dedos y como si eso solo fuera posible a través de las manos de dos locos de remate. Se dice que la historia habla de la ruptura entre Allen y Keaton, quienes fueron pareja en la vida real. Tal vez sea eso lo que le aporta tanta verdad. 

Estas semanas los que amamos a Woody sobre todas las cosas estamos un poco de capa caída. Soportando con estoica entereza y esa media sonrisa fingida cada vez que alguien nos obsequia con los últimos titulares: “pues… lo van a juzgar por acoso de menores”, “¿sabes que el tío abusaba de la hijastra?”, “no me extraña… si se casó con la hija adoptiva”. Y así hasta el infinito. La cara de póker que se nos pone es muy ilustrativa. Resulta que hace un cuarto de siglo, el cineasta abusó presuntamente de la hija de su mujer, Mia Farrow. La niña, que contaba con siete añitos, alertó por entonces de los hechos. Estos se investigaron y, por lo visto, no se encontró culpable a Allen. Ahora, 25 años después y en medio de todo el revuelo mediático causado por el escándalo Weinstein y los movimientos de repulsa Me Too y Time’s Up, la niña vuelve a las portadas. Rememora su historia entre lágrimas y conmociona al mundo. 

Annie Hall es la mejor comedia de todos los tiempos. Hay bastante gente que comparte mi parecer, aunque tengo la impresión de que se me están muriendo. Sinceramente dudo que ciertas generaciones sean capaces de comprenderla. O de darse tiempo en intentarlo. Antes de adquirir su título definitivo, la cinta llegó a llamarse “Anhedonia”, en honor al trastorno psicológico que consiste en la incapacidad de disfrutar la vida. La productora no iba a permitir que se le colocase un nombre tan poco comercial pero si reflexionamos sobre la historia que nos brinda, el síndrome le viene que ni pintado. A fin de cuentas, el filme nos abre una ventana brillante a la insatisfacción crónica —amorosa y vital— del genio neoyorquino. Otro de los posibles nombres que se barajaron fue “Una montaña rusa llamada deseo”, en referencia doble a la mítica atracción que aparece en la película y a la inolvidable obra de Tennessee Williams, Un tranvía llamado deseo, a la que también rinde su particular homenaje. La indefensión sentimental nunca fue tan grande como en Annie Hall. Nunca una debilidad hizo a alguien tan gigante.

Jamás sabremos lo que pasó en aquella habitación hace más de 25 años. Cada vez estamos más lejos de saberlo, como los humanos nuevos de comprender el amor de Alvy y Annie. Separar al director del hombre en estos casos es imposible. Sobre todo cuando la obra de arte en cuestión bebe tanto de la flaqueza humana y es amor en estado puro. Woody es él en cada protagonista, en cada historia. Imposible no pensar en Alvy como un conocido. Mientras la justicia no diga lo contrario, lo seguiré invitando a la mesa. Sinceramente, no sé si podría acostumbrarme a vivir sin él o si sucumbiría a la anhedonia. Solo imploro que no haya sido capaz de merecerlo.

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