La trebujenera Ana Vega en su casa, durante una entrevista con lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA.
La trebujenera Ana Vega en su casa, durante una entrevista con lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA.

La muerte se manifiesta en la pérdida de las funciones vitales, es una consecuencia terminal del fin del proceso de homeostasis en cualquier ser vivo. Por homeostasis entendemos la propiedad de los organismos vivos para autorregularse y adecuar, por ejemplo, su temperatura corporal a las condiciones externas. Es el equilibrio dinámico que nos permite seguir manteniendo un estado interno de estabilidad contrapesando así los cambios de nuestro entorno. Por poner por caso, es lo que permite que nuestro cuerpo no perezca de frío aunque el mercurio en la calle esté bajo mínimos. Eso es fisiológicamente lo que nos mantiene vivos, pero no es lo que nos hace vivir. Vivir de verdad. Ahora lo sé. 

Si hay algo que he aprendido con el paso de los años —van más de treinta ya— es que estar vivo y vivir son dos cosas muy diferentes. Un derrame cerebral, un síncope cardíaco agudo o un suceso violento abrupto nos quita la vida, pero es posible que para entonces llevásemos ya mucho tiempo sin vivir. Vivir es otra cosa. Uno de los personajes de la maravillosa serie de televisión Anillos de oro (TVE, 1983) lo definía bastante bien: “Aquello que hago cada vez que me miro al espejo y cada vez que respiro; y quiero que me guste. Eso es vivir”. No puedo estar más de acuerdo con aquella muchacha indómita y rebelde que rozaba la veintena. Vivir es mucho más. 

Aunque empecé a saberlo gracias a la pluma de Ana Diosdado, he terminado de darme cuenta estos días gracias a una de las mayores satisfacciones que me ha dado la profesión. Cuando estaba terminando la carrera descubrí el amor por enseñar, por enseñar periodismo, el amor por formar a los nuevos comunicadores. Una tarea que comporta grandes dotes de responsabilidad y de esfuerzo pero también no pocas alegrías. Años después tuve la oportunidad de charlar sobre el periodismo con unos alumnos muy especiales, de esos con un largo recorrido vital y mucha experiencia a las espaldas. Universidad de la Experiencia precisamente la llaman y tienen razón. Tener un alumno de 91 años fiel cada tarde y capaz de mirar con otros ojos a pesar de la centuria que se acerca; disfrutar del material con el que una alumna me obsequia para que conozca la prensa local del XIX; comprobar cómo el jubilado amante de las estadísticas enarbola un espíritu crítico envidiable; y disfrutar con las 86 historias de vida que me han rodeado estas tres semanas. Eso es vivir para mí y he de reconocer que me encanta.

Vivir es que toda una señora te dé las gracias por escucharla cuando abre con generosidad su pasado ante tus oídos. Vivir es tener curiosidad, querer aprender, cuestionar lo humano y lo divino. Ellos me lo han enseñado a mí. Por eso aunque el fallo orgánico múltiple sea el que nos mate, morimos de verdad cuando se extingue nuestra curiosidad. Y mientras duren nuestras ganas de saber, viviremos. Viviremos más que nunca.

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