Cientos de niños han muerto asesinados en la guerra que EEUU ha provocado en Irán y alrededores. Víctimas colaterales, dirán en los grandes despachos donde se fabrican los gigantes eufemismos, donde no se habla de asesinato y donde no huele a esa sangre negra que es negra oscura y no tan roja como nos enseñan en el cine. Lo de víctimas colaterales es, en efecto, uno de los eufemismos más indeseables, más hipócritas y más indefendibles que la hipocresía institucional se atrevió a echarnos a la cara.
Son niños, inocentes, asesinados a sangre fría desde el poder máximo del mundo. Y esa indiferencia de cifras frías con que los tratan los telediarios va formando un nudo insoportable en las gargantas de quienes los vieron nacer, sonreír y soñar para nada.
Ya sé que también la injusticia asesina, que la pobreza mata, que el subdesarrollo asfixia, que la desigualdad ahoga para siempre. Y que, por lo tanto, hay muchos muertos que no computan en ninguna parte porque sus países no forman parte de ningún ránking. Pero es que los asesinaditos de los que hablamos han entrado, involuntariamente, en el perverso juego de los países que controlan el cotarro, en el visible fuego de las grandes potencias internacionales. Y hablamos de cientos de niños, a puñados, como los nuestros, que no saben ni dónde quedan esas potencias, que no han visto un mapa de los Estados Unidos y a los que, por supuesto, nadie les ha preguntado nunca nada, y menos acerca de cuestiones estratégicas mundiales por las que convienen unos muertos acá y otros allá para que el negocio siga funcionando.
La ilógica es perversa, porque no es ya solamente que la guerra sea, en efecto, un lugar donde jóvenes que no se conocen de nada y ni siquiera puedan odiarse se maten entre sí por la decisión de unos viejos que sí se conocen y se odian pero no se matan, sino que, muy por debajo de ellos, existen unos nadies que cuestan menos, mucho menos, que la bala que los mata.
Y lo más insoportable de todo es que, alrededor del mandamás que decide estas muertes que nada le importan, pululan, como moscas, pelotas a raudales que hacen sus interesadas cábalas, asumiendo naturalmente que esos nadies tienen que morir, necesariamente, sin que nadie se cuestione sus asesinatos.


