En este mes de febrero en el que vuelve a cumplirse un año más del entierro casi en solitario del poeta que mejor entendió al pueblo español, Antonio Machado, y ya van 87 años de muerto y enterrado en Colliure, bien lejos de la Sevilla a la que soñaba con volver su madre; en este febrero en el que nació, hace 190 años, otro poeta sevillano, Gustavo Adolfo, que dejó para los restos aquella sentencia inapelable de qué solos se quedan los muertos; en este mes de febrero en que nos presentan, bien aseados, los papeles del golpe que a punto estuvo de derribar la democracia justo en la víspera de la muerte de Tejero, el de los tiros; en este mes de febrero en que el Gobierno anuncia que García Caparrós, el derribado por la Policía cuando colocaba una bandera andaluza en aquel balcón de Málaga mientras más de un millón de andaluces se manifestaba por nuestra autonomía, no es una víctima de terrorismo porque aquello no fue exactamente terror, dicen ahora, sino el desempeño de las fuerzas de seguridad de proteger a los ciudadanos –manda huevos, que dijo aquel ministro de Defensa-; en este mes de febrero, en fin, en que acabamos de darnos de bruces con que ya se han cumplido 17 años del asesinato de aquella chica de 17 años que se llamaba Marta del Castillo y de cuyo crimen ya poco sabremos, lo que sí sabemos con experimentada seguridad es que a los inocentes –santos o no- siempre les toca el perder. Y el silencio. Y la vergüenza de que pueda más el dinero que la dignidad.
Viene a ratificarlo este viernes, víspera del Día de Andalucía, con un libro que es una delicia y nada menos que presentando en la Casa de la Provincia su segunda edición, el escritor y también editor Eduardo J. Pastor, paradeño como los cinco asesinados en aquel cortijo de Paradas el 22 de julio de 1975, cuando Franco daba las últimas boqueás y esta sociedad de la que solo hace medio siglo parecía muy distinta a la de ahora se parecía por desgracia en alguna que otra cosa fundamental, como ese axioma de que los de arriba machaquen a los de abajo o ese otro de que, a la hora de la verdad, nadie se atreva con los verdaderamente poderosos.
El libro, publicado por su propia editorial –La Baja Andalucía- se titula someramente Inocentes, pero tiene un subtítulo que lo aclara todo: “Réquiem por cinco asesinados en el cortijo de Los Galindos”. La historia de aquel horroroso crimen tiene todos los ingredientes de un thriller y, de hecho, se han ido cocinando desde entonces a través de documentales, películas, libros y reportajes que, sin embargo, no han arrojado más luces que las que debieron haber arrojado las distintas investigaciones abiertas o cerradas a lo largo de estas cinco décadas, hasta que el caso prescribió legalmente en 1995 sin que se celebrara juicio, sin que se determinara culpabilidad alguna y santas pascuas. Para más inri, y aunque parezca cosa de broma, el sumario del caso se perdió en agosto de 2014 y nada más se ha sabido de su paradero.
Ya ni siquiera hacía falta que se perdiese, pues la misma bilis enrocada del caso más misterioso del último medio siglo en nuestra provincia de Sevilla se había encargado de quitar de en medio –con un sospechoso infarto- incluso al cura del pueblo de Paradas, Jesús Remírez Muneta, que murió, también misteriosamente, en noviembre de 1975 –como Franco- después de declarar a un periodista una frase que pudo condenarlo en el momento de pronunciarla: “Tengo mis cábalas, claro que sí. En trece folios escritos a mano. Tal vez cuando pase el tiempo los publique”. Por supuesto, también a esos trece folios se los tragó la tierra, que puede con todo. Por morir, murió envenenada hasta la perra de uno de los asesinados, el capataz del cortijo Manuel Zapata, aquella vieja perra llamada Tundra que vio y olfateó perfectamente todo lo que ocurrió y que nunca se supo.
El libro de Pastor maneja sobradamente todas las fuentes que se tenían hasta el momento –desde los documentales televisivos en Televisión Española y Canal Sur hasta las novelas de Alfonso Grosso, Los invitados, o de Víctor Fuente, La novela del crimen de Los Galindos, pasando, por supuesto, por la investigación del periodista Paco Gil Chaparro publicada definitivamente en 2024 por El Paseo Editorial, Los Galindos. El crimen de los silencios, o incluso aquel libro publicado en 2021 por el mismísimo hijo de los Marqueses de Grañina y Valparaíso, los amos del cortijo, titulado El crimen de los Galindos. Toda la verdad.
Sin embargo, esta última publicación, que cuenta además con muchas horas de conversaciones con paradeños que vivieron aquellos días desde el miedo, no tiene la vocación de sumarse a la ristra de investigaciones más o menos infructuosas, sino de construir un relato literario como homenaje a aquellas cinco personas (cuatro trabajadores del cortijo y la esposa de uno de ellos) que murieron, sin comerlo ni beberlo, a manos de unos asesinos.
Así lo señala Pastor en una “nota previa y aclaratoria” de este libro que fluye ante los ojos del lector como una cercana tragedia andaluza dividida en más actos de la cuenta, porque la obra arranca a las siete de la mañana de un día tan tórrido como cualquier 22 de julio en Paradas y termina –hora a hora como gota a gota de sangre- a las seis de la mañana de la jornada siguiente, aunque entretanto se vayan focalizando personajes, lugares, hechos comprobados, testimonios, versos, diálogos y hasta un puñado de bellísimas y significativas fotografías que aporta el paradeño Manuel Bascón Flores.
Fotos rotundas de un pueblo que merece paz. Nada de sangre ni de tremendismo por un pueblo que estuvo bien servido de ello desde el primer momento del crimen gracias a un periodismo ducho en investigar, cosiendo a preguntas, solo a los pobres pero que no se atrevía con el señor marqués, militar para más inri y rico solamente por el dinero de su esposa, y ni siquiera con su presunto administrador, porque ninguno de los dos, según se vuelve a recordar, soltó prenda en aquellos primeros momentos ni mucho después, hasta que murieron sin que nadie se atreviera a considerarlos siquiera sospechosos de algo, a pesar de que anduvieron como cualquier marqués por sus dominios antes y después del quíntuple crimen.
Al fin y al cabo, por allí anduvo, poniendo, quitando, borrando, manipulando y hasta moviendo cadáveres todo quisqui. Y no en vano la quinta víctima mortal, Zapata, del que luego se supo que había sido el primero en morir, apareció al tercer día por arte de permitida manipulación en el escenario del crimen que nadie controló, tres jornadas después de que las malas lenguas lo hubieran tachado, encima, de ser el posible asesino.
El libro de Pastor, en fin, rinde homenaje no solo a un pueblo que en algún espejismo pudo parecer de asesinatos pero que fue tan solo de asesinados, sino también a cinco muertos –el mencionado Zapata y su esposa, Juana Martín; el mecánico-tractorista José González y su mujer, Asunción Peralta; y el también tractorista Ramón Parrilla- que fueron enterrados frente al silencio de un pueblo mudo.
El homenaje de Pastor sella el duelo histórico de un pueblo, en fin, que ha asistido impotente al judicial, periodístico y hasta político mareo de la perdiz: “Todo eran papeles y más papeles, declaraciones y más declaraciones, pruebas periciales y más pruebas periciales. Pero al final, nada. Un callejón sin salida a deshoras. Cuántas notas marginales que nunca terminaban de entrar en el texto definitivo del sumario. Y el crimen prescribió ante la impunidad más canalla, pues la instrucción del caso puede tomarse como ‘el ejemplo de lo que no se debe hacer’”.
Bajo la presión del misterio, del luto, de la increíble falta de pericia y de la vergüenza histórica que se repite siempre contra los mismos, este último libro de Pastor, polifónico como todos los suyos, escrito a ras de tierra y con ese deje andaluz que lo empapa de sabor y de verdad de pucheros, alcayatas encaladas y silencios que dicen más que tantas resoluciones judiciales, es un imprescindible epílogo a tanta investigación para nada desde la certidumbre iluminada de la literatura. No comentan el error de perdérselo.



