Cádiz, en una imagen reciente.
Cádiz, en una imagen reciente. JUAN CARLOS TORO

Que cualquier día viene una ola y nos lleva a todos por delante, es algo que aquí en Cádiz lo tenemos claro. Un tsunami. Un maremoto. Y casi diría que cuando pase, como somos como somos, seguramente querremos ir a ver cómo viene la ola para hacernos un selfie e inmortalizar ese momento tan adrenalínico. O a lo mejor, hacemos caso a las autoridades, y al sentido común, y salimos disparados escaleras arriba para grabar desde la azotea un vídeo en el que se vea cómo sube el agua calle Sagasta para arriba a la vez que algunas barcas de La Caleta aparecen por los callejones de Cardoso con personal de Protección Civil en lo alto.

Fuera bromas, el caso es que esta semana vino el ministro Marlaska a presentar un plan de actuación para el caso de que hubiera un terremoto que conllevara el tan temido tsunami. Lo más impactante del plan es que nos dicen que tenemos entre 30 y 70 minutos para ponernos a salvo, que ya se sabe tiene que ser subiéndonos lo más alto posible en nuestras casas. Entre 30 y 70 minutos ¡y yo tardo dos horas en ducharme! Está bien que se hagan este tipo de planes y que se presenten en Cádiz porque la última vez que tuvimos un maremoto ni nos avisaron, ni nada por el estilo. Fue en el año 1755, y dicen los expertos que sería factible pensar que ya toca otro. Por tanto bienvenido el plan y el ministro.

En esta zona somos muy noveleros y parece como si estuviéramos deseando que realmente pasara algo; siempre hay alguien que te dice que en Cádiz se vive estupendamente porque nunca pasa nada, que es un sitio muy tranquilo ―eso cuéntaselo a uno de Teruel o de Soria―. Los agonías dicen que aquí ni terremotos, ni tsunamis, ni nada de nada, nunca pasa nada. ¿No pasa nada? Pues muy sencillo: lo que pasa es la vida ―aparte, claro está de esas menudencias históricas que todos conocemos―. Por eso será que vienen tantos turistas ―ahora menos obviamente― y por eso, tal y como he dicho tantas veces, cada vez somos más un parque temático que una ciudad como las demás. Nos dicen que si hay un tsunami nos coge de lleno, ¡pero no pasa nada! Nos dicen que es la ciudad con los alquileres más caros e insuficientes de Andalucía, ¡pero no pasa nada! Nos dicen que de invertir en traernos la facultad de Ciencias de la Educación y abandonar el cuchitril ese donde está ahora mismo, ¡pero no pasa nada! Y así un montón de cosas, casos y demás, ¡pero no pasa nada! Lo que nos faltaba es que llegara un tsunami.

Somos ―dicen― graciosos, buena gente, hospitalarios…y todos esos apelativos topicazos que nos han endilgado. Supongo que será así, y que realmente somos como dicen —siempre me gustaron esos versos de Machado que nos avisan: los ojos que ves, no son ojos porque los veas, son ojos porque te ven—. Lo que pasa es que se confunde el ser buena gente con ser carajote ―con perdón―, y da la impresión de que para que te hagan caso, te tomen en serio, hay que ser serio, antipático, grosero… y un poquito facha ―con perdón―. Por tanto, nuevamente, bienvenido el ministro Marlaska, bienvenido el plan antitsunami, pero a ver si vienen otros pero para invertir en el parque temático… digo en la ciudad.

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