Ilustración de la tapa de 'San Manuel Bueno, mártir', de Unamuno.
Ilustración de la tapa de 'San Manuel Bueno, mártir', de Unamuno.

La política, como la religión, precisa de un elevado número de dogmas, de ideas inmutables y sobretodo de fe, fieles y umbrales altos para la aceptación del cambio. Fíjese que hasta hace poco la Iglesia todavía era incapaz de reconocer su error por ejemplo de su condena a Galileo Galilei por su teoría heliocéntrica manteniendo una antihistórica e ingenua cerrazón en la defensa de la Tierra como centro del universo. Lo inmutable, lo permanente, el dogma por el dogma, la filosofía presocrática de Parménides, el escolastismo de Santo Tomás, el orden y la organización de Pablo de Tarso, y un sinfín de propuestas que llevan en su interior dos condiciones: que hay cosas que solo se explican por la fe y, otra, que ese principio de permanencia o de inmutabilidad al final es que todo puede cambiar para que no cambie nada.

En la política se necesitan personas de fe. Es más, yo diría que en el campo de la política lo que no es fe deja de ser política. La libertad de pensamiento, la heterodoxia pasan del campo de la política al común de lo que en sí misma es la vida: cambio, opinión, búsqueda de la verdad ―aunque esa verdad siempre será “mi” verdad―. La expresión máxima de lo dogmático lo expresan, se expresa ―y me voy a un lugar conocido o intuido― en las militancias de los Partidos, donde se ponen en juego las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Son los y las afiliadas a los partidos, normalmente los de izquierda, los más entusiastas en la exposición de esas virtudes para con el “constructo” Partido. Son personas dispuestas a adaptar sus esquemas mentales, sus opiniones, a la buena nueva que en cada momento les ofrece la nomenclatura, los dirigentes. Se es capaz de justificar lo injustificable hasta hace un rato, se admite pulpo como animal de compañía sin pestañear, y bien sabe Dios que eso es lo más sano y a la vez lo más ingenuo.

Lo más sano porque de lo contrario no se podría pertenecer a una cofradía que supone, en la mayoría de los casos, un espacio emocional ―se habla del “Partido” como si fuera verdaderamente la propia familia, de hecho se habla de la familia socialista, comunista, popular...―. Pero también, aparte de ser un clavo ardiendo que procura en muchos casos una vía de escape a la soledad, a la física y a la mental, es un espacio donde florece la ingenuidad, precisamente porque realmente creemos que lo que hacemos es lo mejor que podríamos hacer. Pensamos, y eso es mucho también de la religión, que es casi una obligación ser parte de “los elegidos” para llevar al resto el mantra de un futuro mejor; la política en la tierra y la religión en el cielo. ¡Qué sabe nadie!

Conozco a muchos políticos. Dirigentes, exdirigentes, futuros dirigentes, aspirantes a dirigentes…toda la fauna, con su macho Alfa y todo, y a todos se les presupone su buena fe ―¡otra vez la fe!― pero sobretodo conozco a gentes que desde un buen sentimiento, solo tienen en sus intereses servir a lo que creen que es o debe ser su misión mesiánica: ayudar a que esa tierra prometida por otros se haga una realidad. Son los apóstoles sin títulos, los de tercera, cuarta fila, los desarrapados, el vulgo. Y es ahí donde se hace carne el dogma, y si alguno cuestiona el dogma deja de ser parte de la cofradía, que para cuestionar ya están los Sumos Sacerdotes. Siempre recuerdo esa maravillosa novela de Miguel de Unamuno, San Manuel, bueno y mártir, ese cura tan piadoso, bueno en el sentido machadiano de la palabra, pero que tenía un secreto, algo inconfesable: No creía en Dios, aunque se afanaba diariamente en no perder a sus fieles.

Como en cualquier espacio en la vida, una cosa es predicar y otra bien distinta el dar trigo, y una cosa es, como en las oposiciones, el mérito y la capacidad, y otra bien distinta el mantenimiento del status quo, el cual requiere para su conocimiento y dijsfrute, un periplo de “iniciación” más exhaustivo que conseguir la condición de Masón. No todos pueden aspirar a llegar a disfrutar de las mieles del conocimiento, es más, incluso en los últimos años se ha creado una nueva clase social en esto de la política, la de aquellos que precisamente por su falta de pericia solo son apreciados por su incombustible sumisión a los jefes, sean políticos, obispos, y poder, algún día, ser ellos mismos los jefes y disponer de la vida y hacienda de otros ―hay una especie dentro de la fauna a la cual les gusta ser jefe, pero no para poner en práctica los postulados del dogma, sino por el simple hecho de mandar: ahora te quito de aquí, ahora pongo a éste, esto por mis huevos...― por tanto para crear esa guardia pretoriana, son ascendidos de nivel para que su inquebrantable fe en los de arriba se refuerza, aunque lo que se produce es un ―todavía más― reservorio pequeñísimo, una oligarquía de iniciados reducida pero bien protegida por otro número de ilustres ignorantes.

Muchas veces he pensado que la política es muy interesante, importante, pero no me gusta. Sus reglas del juego tienen trampas, y querer jugar es la crónica de una decepción anunciada. La decepción. Eso es lo que se produce cuando un elemento de la cadena es capaz de ver un poco más allá de lo que se les permite. Osar a compartir el “arcano”, o mejor dicho, querer compartirlo precisa de acudir precisamente a todo aquello que nos enseñó que no estaba bien. 

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