Verano del 21 (II)

Gracias a la interrupción del chatarrero me sacudo la silla antiergonómica, muy tipista, eso sí, sevillana castellanizada, y me bajo al jardín de la vieja piscina fuera de servicio y vacía, donde me espera una de esa sillas de lona de playa de las de toda la vida

Incendio en Nerva (Huelva), en una imagen de archivo. FOTO: UME
Incendio en Nerva (Huelva), en una imagen de archivo. FOTO: UME

Por la calle principal, se van armando las terrazas que han conquistado un gran espacio a los coches con paletts puestos de pie como si fueran biombos, mientras suena José Luis Perales, … y sales a la calle buscando amor… Mucha gente, la mayoría, va con mascarilla, aunque no es obligatorio. Ya antes de la pandemia esta calle era peatonal a partir de la una; ahora se vuelve muy adecuada aquella decisión municipal. La gente hace cola fuera hasta que desde detrás del mostrador llaman al siguiente; es la panadería más moderna del pueblo, una panadería más alemana que española y, sin embargo, absolutamente castellana, con sus hogazas, sus barras, sus baguettes francesas y su ambigú, en un lado, prolongado en una terraza exterior. Europa, costumbres europeas, ventanales de luz, chascarrillos, el cupón de los ciegos y lotería de Navidad ¡en agosto!

Una mujer camina al tiempo que revuelve en su bolso. Habla con ella misma, habla conmigo, que dónde estará la llave. Le pregunto que si no la encuentra, seguimos caminando, ahora juntos: “no, y es que se roza, y la persiana no deja de subir y bajar”. Ante nosotros está ya su lencería, con una persiana que se ha vuelto loca hasta que, triunfadora, la mujer saca la llave y me dice: “¡aquí está, por fin!”. La persiana se queda quieta y ella sigue caminando mientras me dice adiós dos o tres veces, con su barra de pan debajo del brazo.

El perchero de mi casa de veraneo, una casa que conozco desde hace…, muchos años, pero que por primera vez es mi casa de veraneo. Como decía, al perchero llegó primero mi sombrero, nada más entrar. Luego, dos días más tarde, el pañuelo de cuello, un fular ligero que empecé a usar durante las noches frías de este lugar a más de mil metros de altitud. Entonces, el suéter de ella, colgado por la capucha, y luego la hamaca ligera que no encuentra sus dos árboles a propósito. Se sumaron los zapatos, como en Japón o en Alemania. Todo en una sucesión de actos de toma de uso y posesión temporal de la casa: una manera de hacerla nuestra de a poquitos.

La voz del chatarrero, anunciando su llegada, nos sorprende mientras buceo en la vida y la música de Bruno Gelber y ella se adentra en esa mirada japonesa que ofrece Tokio Blues. Norwegian Wood sobre la actual modernidad. Gracias a la interrupción del chatarrero me sacudo la silla antiergonómica, muy tipista, eso sí, sevillana castellanizada, y me bajo al jardín de la vieja piscina fuera de servicio y vacía, donde me espera una de esa sillas de lona de playa de las de toda la vida. Las pinceladas de Buenos Aires no son lo más importante para Leila Guerriero, pero me hacer recordar una ciudad que nunca visité, aunque leí con fruición y dejé que mis amigos me relataran, como el magnífico guitarrista Miguel Pesce, varado allá por la pandemia desde que empezó. En Buenos Aires, quien puede y sale a Europa vive la imposibilidad de viajar con melancolía, como un impedimento y una afrenta. Con la desesperación de quien se baja al subte y se suspende el servicio en ese momento, en un día de lluvia, no llega a una cita importante y el taxi que ha tomado para llegar puntual queda atrapado por el tránsito enloquecido del centro. La pandemia, sin embargo, muchos porteños la viven como si hicieran yoga.

El chatarrero se anuncia a los gritos y no poca gente sale con alguna cosa que entregarle. Luego vendrá el que vende la fruta, también armado con su megáfono y cargado de tomates y otras cosas. El sábado, la terraza del bar se llena hasta la bandera, y el domingo más. Todo el mundo viene con su coche y casi todo el mundo aparca a lo silvestre: los que llegaron primero tienen que partir los últimos.

La vida cotidiana, así, es un puro no hacer nada, abandonados a la biblioteca, al paisaje, a los sargazos del lago tenebroso pero bello, a la confusa belleza de las bocanadas de humo del incendio cercano que, por suerte, los bomberos forestales y la UME pudieron poner bajo control en pocas horas, aunque tras una noche toledana. No terminamos de tomarnos en serio la destrucción de nuestra única morada, La Tierra, y no vamos a tener escapatoria en ningún lugar del Planeta.

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